23 mayo 2018

Shoegaze 14: el género mixturado (II). LOS PLANETAS

Los Planetas son sin duda la banda con querencias shoe más importante de habla castellana. Desde sus inicios en Medusa Ep han mostrado una cara próxima a los sonidos de Shields, Slowdive y los más rugosos The Jesus and Mary Chain y Spacemen 3. Pero para mí su obra más significativa (y también la más escorada a los océanos de distorsión con permiso de su largo de debut, Super 8) fue su séptimo Lp, La leyenda del espacio (2007).
Resultado de imagen de La leyenda del espacio
Lo es porque en él aplicaron toda su experiencia y talento sónico para aproximar el rock distorsionado al flamenco en una experiencia musical simplemente pionera. Nunca antes una banda había interseccionado universos tan distantes como la masa noise de Loveless con los palos mástradicionales del flamenco en un disco completo: bulerías saturadas de fuzz, alegrías con toque indie rock, tientos escapados de mares de guitarras que ni Mogwai... Casi una hora de música, trece canciones que no bajan el pistón y unen intensidad, ensayo, experimento, acierto y sonido solar en algo inaudito.
Sumamos algunas de las canciones más rotundas de una banda prolija en canciones rotundas, como la cósmica "Ya no me asomo a la reja" (fandango de más de seis minutos con crescendos emo difíciles de superar) o "Reunión en la cumbre", donde un Eric superlativo a la batería emula palmas con las baquetas (en una canción que no parte originalmente de un palo flamenco) y J desgrana una letra revanchista y enigmática marca de la casa (¿canción política? también)
Obra maestra del shoegaze mixturado, absolutamente.
Aquí interpretando dos temas con muy buen sonido para televisión(aunque algo saturado), con intro del insigne Miguel Ríos incluida)

22 mayo 2018

Metido en un crowdfunding

Sí, hace mucho tiempo que este blog no habla de cómics. Principalmente porque ya sabrás, tengo Serie de Viñetas, blog especializado para el grupo Gente Digital, y porque se me puede rastrear en diversos medios hablando de viñetas.
Pero es buena la ocasión para comentarlo: uno de mis proyectos (coproducción codo con codo con Gerardo Vilches) es CuCo, la revista de estudios sobre historieta para cuyos gastos presentamos anualmente un micromecenazgo. Por tercer año consecutivo, lanzamos la tercera campaña en Verkami estos días. El fin es transparente y no lucrativo: calculamos una cantidad de dinero que sea la estrictamente necesaria para poder cubrir los gastos técnicos de CuCo, Cuadernos de cómic y así lograr el coste cero del proyecto, y poder seguir adelante con él muchos años. Y OFRECEMOS, CLARO, RECOMPENSAS.
En esta ocasión, tenemos como recompensas una serigrafía exclusiva y limitada de Albert Monteys, una de las firmas más prestigiosas del cómic nacional (El Jueves, Orgullo y Satisfacción, ¡Universo!, largo etc.) y dos libros teóricos que merecen mucho la pena. Si queréis saber más, pinchad en este enlace.
Y gracias a los ya mecenas (en este momento han colaborado 21 personas) y a los futuros

18 mayo 2018

Shoegaze 13: el género mixturado (I)

A partir de la disolución del shoegaze, tanto en una óptica experimental (se lo lleva por delante el post rock) como en sus posibilidades comerciales (pese a que algunas bandas ofrecían un shoegaze melódicamente chispeante y apto para la radiofórmula inglesa, incluso como respuesta a la "era grunge", el Brit pop no dejó sitio para nada más), tenía que quedar un barbecho en el que como siempre en música, las modas y los ciclos, se volvería a cultivar.
El siglo XXI trajo el nu-gaze, esto es, una oleada de cachorros que repescan el género. No hay demasiada luz en esta hornada: los inicios de M83 son igual de ampulosos que su reconversión stadium-vintage, y bandas como Serena-Maneesh o A Place to Bury Strangers pueden ser adrenalínicas, pero no aportan gran cosa más allá del ejercicio de estilo.
Todo lo contrario que Jesu, el proyecto de Justin Broadrick tras abandonar el combo de metal experimental Godflesh.

Justin Broadrick, black emperor del post-shoegaze
Jesu, el disco de 2004, cruza los ritmos graníticos del postmetal con los pantanos sonoros del shoegaze en obras que son trenzados espesos, asfixiantes pero serenos. La voz narcótica desarrolla melodías a cámara lenta mientras las guitarras distorsionadas se expanden como lava oscura. Con Jesu el ruido adquiere matices de opacidad, de camposanto y de atmósfera irrespirable. Su debut homónimo ha sido la mejor muestra de que el shoegaze puede servir para avanzar en el lenguaje musical, no solo como trasnochado ejercicio de estilo "noventero". Y que el tratamiento shoegaze de las guitarras puede reflejar estados de ánimo abatido y angustia. Un disco pesado en el mejor de los sentidos, un bosque enmarañado de sonidos hirientes más cercanos al angst de Swans o el metal extremo de Neurosis que a los floripondios sonoros de Lush, para entendernos.
Y además, tenemos un plus: Broadrick ha resucitado a Godfleh hace poco, y su último disco retoma este discurso de guitarras líquidas y hervidas en un proyecto de metal industrial. Llegaremos a él, sin duda, pero es otra historia.

09 mayo 2018

Shoegaze 13, vinieron para matarlo

En el panorama de los últimos noventa el shoegaze era una moda pasada. Se ha hablado del brit pop. Es evidente que esa ola lo engulló todo en Inglaterra, pero yo creo que para el gaze, tendencia poco comercial incluso en su momento de mayor esplendor, el verdadero punto de agotamiento ya lo estamos viendo. Fue el post-rock. Porque el ansia experimental de las bandas de guitarras distorsionadas tenía en las posibilidades, mucho más abiertas, de ese subgénero un campo en el que crecer a base de movimientos hacia los laterales. Es evidente pese a los rasgos personales de cada proyecto, que la fórmula shoegaze es bastante ceñidita: melodías ensoñadoras, voces frágiles y montañas de ruido gracias a una extensa pedalera de distorsión. El post-rock era un cajón de sastre en el que incorporar otras ideas, texturas e intenciones.
Y si además una de sus bandas fetiche abrebaba de los manantiales de Loveless con una finura que pocos "shoes" alcanzaron, tememos prácticamente escrito un acta de defunción para el género en su vertiente más inmobilista.
Esa banda se llama Mogwai. El arma homicida fue su primer disco: Young team, de 1997.
Mogwai' 97: prealopecia post-rock
En ese largo CD la música se mueve entre las síncopas comatosas de Slint, el detallismo lírico de Bark Psychosis, el desapego vocal de Tortoise (como estos, Mogwai son mayormente una banda de rock instrumental, aunque con una aproximación a lo vocal muy interesante) y las nubes parasitarias de My Bloody Valentine en crescendos eyaculatorios. Y consigue una corporeidad sonora abrumadora. Pero no es un disco shoegaze. Es otra cosa, entre cuyos ingredientes asoman generosas capas de tormentas y algunos paisajes de electricidad estática con querencia al score imaginario. Caracteres fabulosamente bien misturados que encantaron al mismísimo Kevin Shields (remember, alma y cerebro de My Bloody Valentine) y desarrollaron un lenguaje imitado hasta la saciedad por bandas de las cuatro esquinas del planeta, España incluida.
Que los directos del combo escocés fuesen una experiencia de volumen extremo, en ocasiones difícil de soportar sin tapones (personalmente recuerdo su live en el FIB de 2001 como algo extremo, brutal), terminó de ubicar a Mogwai en el podio de los grandes nombres del rock de cambio de siglo.
Un sonido único que hizo escuela y quizá causó la hibernación del shoegaze. Hasta la aparición del nu-gaze, porque en el rock todo es cíclico.

03 mayo 2018

SHOEGAZE 12. La cara oculta del shoegaze.

A mediados de los noventa surgía en un diálogo o juego de espejos entre Estados Unidos y Gran Bretaña una nueva vía musical, bautizada post-rock. Verdadero cajón de sastre que, partiendo de Loveless y del Spiderland, de Slint, lanzó al rock hacia terrenos de experimentación y estilos cruzados. Había bandas escoradas hacia el hardcore (Rodan), otras evocaban la electrónica (Laika), otros ej jazz y el rock progresivo (Tortoise)... y otros tenían un pie en el shoegaze.
Flying Saucer Attack fueron saludados como post, posiblemente por su mirada libérrima hacia las estructuras sonoras, y sobre todo por su enorme originalidad a la hora de mezclar opuestos. Su mejor disco es Further, de 1995, en el que ahondaron en la mezcla entre el folk vaporoso y sentido de un Nik Drake y las cortinas de ruido de My Bloody Valentine pasadas por el acabado agreste de The Jesus and Mary Chain.
Un paisaje natural y brumoso (como la portada del disco) de sonidos misteriosos, incandescentes pero serenos, ahogando melodías bucólicas. Una rambla de psicodelia folk que lentamente se veía inundada por olas de distorsión lo-fi, grabaciones de baja calidad. Con tan poco salía de todo, de la enorme imaginación sonora de Dave Pearce y su nutrida pedalera, caja de Pandora de un universo paralelo de ecos, distorsiones y ruido blanco. El resultado eran capas de introspección y misterio, letanías folk sin renunciar a atmósferas semi abstractas como la espectral apertura del disco, "Rainstorm Blues", o la coda final que inunda "For silence", en arrebato ruidista . Experimentaciones a pecho descubierto custodiadas por perlas de noise-folk y psicodelia rural (así lo llamaban, con cachondeo) como "In the light of time".

En la línea que cruza shoegaze y post rock hubo otros nombres notables, como Seefeel (ya han pasado por esta serie), los primeros Main (proyecto de Robert Hamson, un referente del underground noise de los ochenta) o Bowery Electric (que desde Estados unidos amalgamaban trip-hop y ritmos digamos urbanos con guitarras licuadas y tempos amnióticos), pero FSA son sin duda los más celebrados representantes del post rock más cercano al shoegaze, dueños de un sonido especial, intenso y único pese a sus claros referentes.
La banda por cierto sigue más o menos en activo como proyecto unipersonal (en sus mejores momentos se presentaron como dúo con la aportación de Rachel Brook)

25 abril 2018

Shoegaze 11: mueve tus caderas.

Ya Loveless cerraba (y antes el Glider EP en 1990 abría) con "Soon", fornicio glorioso de ruido extremo y dancefloor. El shoegaze nació, por así decirlo, con querencia a la pista de baile y a la electrónica. Y hubo bandas que exploraron ese terreno.
La mejor, Seefeel. Quique es, además, un debut de esos que se meten en listas de "best debut album". No es para menos. "Versentir" (menudo nombre más descriptivo) fusionaron en perfecto equilibrio la electrónica de su tiempo (Amphex Twin siempre en la cima) y los pasajes más etéreos, menos agresivos de "Loveless". La argamasa resultante es una hipnótica fusión de sonidos alrededor de ritmos cíclicos, hipnóticos, entre los que a veces se cuelan voces desde el cielo. Sus posteriores pasos se adentraron en el bosque electro, sin perder calidad y riesgo.
En 1993 con discos como este nacía el post rock. Alejando la licuefacción sónica del rock y llevándola a una pista de baile donde nadie baila, solo escucha atenta, extática. Y como manda el género post, esto no es una sucesión ortodoxa de canciones sino un todo que es mucho más que la suma de sus partes. Hay que escucharlo entero, sin pausa, para sentir. Y ver.

21 abril 2018

Rhodes, el fenómeno

Es curioso cómo la prensa especializada en clásica ventila a Rhodes achacando carencias técnicas y manierismos varios. Supongo que con razón en ese análisis. Que Rhodes no es una Maria Joao Pires, un Daniel Barenboin, ni siquiera un Lang Lang (quien puede parecerse mucho a Rhodes en su gusto por romper ciertos muros de metacrilato).
El asunto a calibrar está en si un músico puede aproximarse a la clásica con actitud musical contemporánea, esa que ha elevado, con justicia, a Bob Dylan, Lou Reed y John Lydon a los altares (no siendo ni grandes músicos ni grandes cantantes). Y creo que en ese sentido el fenómeno Rhodes es interesante (o importante) porque por primera vez se rompen ciertos muros que es muy pertinente romper.

Es verdad que en Rhodes no cuenta el facto "composición" que eleva a los ejemplos "rock" que citaba arriba, pero hay que admitirlo, consigue algo que muy pocos consiguen en la clásica: la más preciosista destreza técnica e interpretativa no liga con el siglo XXI si se acompaña de maneras dieciochescas (salvo en un reducido grupo que, admítelo, no dejan de ser unos frikis de lo suyo, aunque lo suyo revista Aaaalta Cultuuuura). La clásica no se mueve, en tanto que espectáculo (¿qué otra cosa es una sinfónica en directo?) desde hace demasiado. Y la endogamia clásica ni quiere verlo, ni repararlo, ni admitirlo como problema. Pero la clásica es emocionante y maravillosa. No sus formas "de academia" sino esa música acojonante. Ahí Rhodes gana por goleada, sin estridencias (no hace el saltimbanqui en escena, gracias al cielo), con ironía (monologuista, signo de los tiempos) y en formato píldoras, muy asequible a todos. El beneficio, ganar acólitos a patadas, es muy superior al daño, interpretaciones justas o controvertidas.

Shoegaze 10: España/Perú

En España hubo algo de shoegaze.
Un nombre en concreto elevó el género a cotas de notable elegancia, con una producción que echaba la casa por la ventana y que superaba la tónica habitual en el indie nacional, afecto al lo-fi más por presupuesto/falta de recursos/inexperiencia, que por convicción.
En cielo de océano (1993) no es "lo-", más bien brilla como una joya pulida, y supone una propuesta elegante, entre lo audiobello que pondrían bastantes años más tarde tan de moda Sigur Rós, y atmósferas de un misterio oscuro. Por descontado, todo empapado por mucho ruido desde su arranque, "Un bosque en al memoria" repleto de feedback, sintetizadores y susurros andróginos.
No fueron los únicos por estos lares, pero sí los más personales, y además no sabían estar quietos: cada nuevo trabajo supuso un golpe de volante, hasta derivar en la electrónica y la separación, o nuevos grupòs como Ciëlo, entre otras historias.
Antes, Mario y Coco (fatalmente fallecido hace una década) habían alumbrado con neones de luz fría el camino de baldosas amarillas sónicas. Paisaje III (marcado por lo electrónico ya, quizá mejor disco que este, quizá menos shoegaze pero igualmente psicodélico y flotante), como la gran banda nacional del género o subgénero (pues aunque oriundo de Perú, el dúo estaba instalado en Madrid). Tanto que fueron repescados para compilatorios internacionales, o incluso remezclados por nombres como Autechre, Scanner, Scorn o Seefeel (a estos pronto les tendremos por aquí).


18 abril 2018

SHOEGAZE 9: Slouvaki, ¿un canon?

El segundo disco de Slowdive es lo que podríamos llamar joya redescubierta.
Una banda que en su día navegó, a ojos de la prensa, por el medio de la corriente sin destacar en exceso, pero siendo vista como claro prototipo del género por su mezcla angélica de sonidos líquidos y efluvios cósmicos. Si Ride eran la cara más rock, el pulso rocoso, ellos la más dream, el hálito etéreo.
Creo que fue necesaria una reunión para actuar en los festivales alternativos (con directos absolutamente sólidos ya en pleno siglo XXI) y sobre todo un reencuentro con el estudio discográfico en 2017 para que muchos se cayesen del guindo. Slowdive fueron importantes por la perfección de su propuesta dentro del género.

Antes de que la coyuntura actual decidiese abrazarlos Slouvaki, de 1993, ya era enarbolado como uno de los mejores discos de shoegaze. En el segundo largo de Slowdive encontramos una música que bebe tanto de Byrds como de My Bloody Valentine, y sublima ante todo una sonoridad sensual y sexual como pocos discos del género han conseguido (acaso uno, Loveless, imbatible en este repaso: Loveless es el mayor orgasmo de la historia del rock, vale, pero Slouvaki es el cigarrillo de después).
El disco abunda en joyas, brinda perlas de pop noise del calibre de "Alison", "40 days" o la épica "When the sun hits", atmósferas a gravedad cero como "Machine gun", experimentos tocados por la varita del productor del disco (Brian Eno, ahí es nada)...y bueno, la que con "Soon" (My Bloody Valentine) y "Lazarus" (The Boo Radleys) es la tercera piedra angular del género, ese infinito "Souvlaki Space Station" que toca con las yemas de los dedos el sol (y que en directo te hace volar como nunca antes te han hecho volar con música y ruido, por cierto)



14 abril 2018

SHOEGAZE 8, un paso gigantesco

Tras el colapso sonoro y mental que supuso Loveless la escena shoegazer quedó en lógico coma. Tan solo unos locos de frenopático de EEUU llamados Mercury Rev entregaron algo que, en asuntos de laboratorios del ruido, rivalizó un poquito con el disco de la guitarra al rojo. Pero Mercury Rev no guardaban demasiado paralelismo con el shoegaze (aunque pilotaban una nave  de Boom-Boomer psicodélico propulsada con toneladas de feedback y con desvaríos dignos de Syd Barrett).
El shoe de manual estaba más en la onda "copia descafeinada", entre la tormenta de pedales de distorsión y las voces en éxtasis a lo Stone Roses y Madchester en general (sign of the times). Salieron muchas bandas y muchos discos. Catherine Wheel, Chapterhouse, Boo Radleys, Curve, Sweredriver, Medicine y muchos más sacaron elepés entre lo interesante y lo mediocre en 1991 y 1992. Calcos que no aguantaban la comparación con una obra que había trascendido géneros (leí incluso que frente a todas esas propuestas de ruido a las seis cuerdas, Shields y los suyos no usaban pedales de distorsión en Loveless sino otros recursos como grabar montañas de pistas para un único acorde y cosas así). Salvo excepciones (como el 2º de The Pale Saints, en excelente In ribbons).
Y es normal porque NO era fácil. Después de la obra cumbre de My Bloody Valentine no bastaba con afinar la fórmula melodía+ruido, sublimada por el cuarteto escocés y aún hoy insuperada. Había que ir hacia otros parajes y eso no sucedió hasta el tercer disco de The Boo RadleysGiant Steps (1993).
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Pasos de gigante. Tarjeta "black" cargada de ambición. The Boo Radleys ya tenían dos discos de calidad creciente en el mercado, pero fue aquí donde echaron la casa por la ventana. Doble vinilo caleidoscópico que ha sido bautizado como el White Album del shoegaze. No me extraña. Aquí hay de todo y más. Por descontado hay ruido, pero no uno cualquiera: uno feroz, volcánico, una verdadera salvajada cuando se deciden por meter la quinta, que deja en pañales a muchos shoes. Pero hay otras cosas, inauditas hasta ellos en el subgénero: hay reggae, melodías folk, pop psicodélico sixties, dub, dance dislocado, música caribeña (las trompetas infinitas de "Lazarus", obra maestra del género), sonidos acústicos y tormentas eléctricas, y un cierre cristalino e irónico ("White noise revisited" que era una caricia psicodélica y mántrica), coros angélicos, un vocalista carismático cercano en timbre a Art Garfukel y en fin... un arsenal de sonidos tan irrepetibles e inimitables como los de Loveless, pero con un concepto totalmente diferente. Si Shields vivía encapsulado en su Valhalla sónico, esto era "Un feedback en la mochila" dejándose empapar de incontables culturas musicales para regurgitar una obra multicolor y sí, abrasiva.
La segunda obra maestra del género.