03 julio 2018

VIRAL, juego de mesa

Viral es un juego de mesa editado en castellano, a finales de 2017 por MasQueOca, cuyo apartado gráfico puede llevar a equívocos.
Portada de Viral

Tablero y algunas cartas del juego (evidentemente, la relación de tamaños carta/tablero no es la real)
Dibujos simpáticos, algo naifs, de órganos internos y bichejos/virus. También personajes que un lego en historieta definiría por su aspecto, "de cómic".
La caja informa de que se puede jugar a partir de diez años, pero también dan la medida de duración de una partida, y ahí es donde ya tenemos la primera pista: de una hora a hora y media. Y cuando un juego desplegado en mesa va a durarte media tarde, podemos pensar que la cosa no será del todo ligera.
A ver, Viral no es De Barbarrosa a Berlín, evidentemente (juego al que a día de hoy no me atrevo a meter mano, ni tengo paciencia, ni compañero de viaje para tanto kilómetro), pero ojo, tampoco se trata de un juego festivo, familiar, de esos que en diez minutos ya estás jugando y echándote unas risas. Su "peso" lo convierte en un juego de estrategia moderada, en el que cada jugador ha de lograr hacerse con mayorías dominantes (mediante la conquista de zonas, por presencia predominante en los distintos órganos de un cuerpo humano). La gracia está en que, en vez de, no sé, reinos cristianos del siglo XII en la península ibérica, trabaja sobre un concepto más WTF: cada jugador es un virus determinado que lucha por contaminar todo un cuerpo humano (el tablero) dividido en órganos (las zonas del tablero).
A partir de esta premisa cada turno se subdivide en diferentes acciones, entre la infección, la propagación, los efectos catastróficos de las medidas curativas (vamos, que el juego tiene sus reglas de curación medicinal para el cuerpo/tablero, que vienen a trastocar todo lo que habías preparado para propagarte).
Virus action (imagen tomada de la web planetongames.com)

Programar bien y contar con los imprevistos son la parte desafiante del asunto. Y sobre todo, la interacción más puñetera, porque Viral es un juego de mesa de mucha interacción entre los jugadores, que se dedicarán a fastidiar a sus oponentes todo lo posible y más. Un jugador será capaz de infectar, eliminar los virus de los otro jugadores, convertir las fichas de los demás en propias, desplazarse por el cuerpo a través de arterias y venas para atacar a otros virus/jugadores que campan por órganos diferentes...
Un juego de los que no paras de darle al coco, vacilar a los rivales (o aguantar el chaparrón cuando te tan estopa a ti) e intentar conquistar las diferentes partes del tablero en una experiencia, me da a mí, muy rejugable (yo he echado unas pocas partidas nada más, y creo que aún no lo domino bien). Más original por el tema que otra cosa -pues aunque yo no tengo demasiada experiencia, sé que existen juegos de "domirnar áreas" a cascoporro-, pero con sus mecánicas perfectamente engrasadas.
Sumamos un apartado gráfico notable, con un aspecto cartoon engañoso (lo dicho, no es "para niños") pero útil ante cualquier opción más realista o más infantilizadora (vamos, que ni reproduce un cuerpo destripado al natural, ni se rebaja al estilo de la bobada de Operación, encontrando un punto medio vacilón  en su exageración barroca)

Un juego muy recomendable pero no, desde luego, para un novel en esto de poner tableros sobre la mesa. Este sería una buena opción de ir más allá de Catán, Aventureros a tren y esos familiares que ya han cuajado en amigos y cuñados que se han iniciado hace poco (y por tu culpa, supongo)

26 junio 2018

Soegaze 15, el retorno de os clásicos

El shoegaze, pese a defensores del estilo sobresalientes (como los vigueses Linda Guilala, de proyección internacional y con Psiconautica como obra magna del "shoe" en castelllano), efervescentes intentonas como el nu-gaze y los casos más o menos aislados que aprovecharon las enseñanzas del género para buscar nuevas vías desde la electrónica, el metal y otros palos (caso de Beach House, uno de los grupos de la década, cercanos al dream pop), es un género acotado a los primeros noventa, como esta serie deja claro. Sin embargo en el presente revive con gloria, encabezando carteles en festivales y devolviendo fulgor al sonido de la distorsión flotante y las melodías frágiles. La gracia es que esta nueva vida se deba, precisamente, a varias resurrecciones.
En 2008 los mismísimos My Bloody Valentine volvieron a los escenarios. Lo más importante es que su propuesta, lejos de la artrosis de dinosaurios buscando dinerito fácil, supuso la vuelta al ruedo del infierno en la tierra y la constatación de que su fama no era injustificada. Quienes los vimos en aquella gira sabemos lo que es quedar impactado por un volumen en directo sencillamente insufrible, una revisión de la máxima bretoniana "la belleza será convulsa o no será" que solo igualan los últimos Swans y los Mogwai más agrestes.
Hubo que esperar un lustro para que este retorno lo fuese también en producción. Herméticos y a su bola, cuando todos desesperábamos que que Shields y compañía entregasen una continuación a su obra magna, en un concierto de 2013 estalló la bomba. Entre dos temas (únicos oasis sonoros en un Bloody Live) alguien del público preguntó a gritos cuándo habría nuevo disco. Shields, el tótem parco y distante del ruido blanco, se acercó al micrófono y contestó. "En dos o tres días". Las redes ardieron incrédulas, casi en una carcajada frente a la boutade. Y en tres días, las redes enmudecieron del asombro. En la página oficial del grupo se podía descargar, 22 años después de Loveless, el nuevo disco de My Bloody Valentine, M B V.
Yo en mi vida he visco cosa semejante, y creo que esto queda ya como hito en la historia del rock. Solo por su proceso, demora y manera de cristalizar, de espaldas a la industria discográfica, a su bola, sin sello discográfico (autoedición) y sin propaganda ni filtraciones previas. En un minuto pasamos de la nada habitual de la banda a todo un nuevo LP de My Bloody Valentine. Hardcore action digna de Ian McCaye. Lo fabuloso es que M B V es una continuación (posiblemente una de las más difíciles continuaciones de la historia del rock) totalmente defendible. Su sonido y su pulso experimental demostró que no hay seguidores a su altura.
Pero la tierra de gigantes se removió más aún. Ride retornaron, e incluso sacaron nuevo disco en 2017 (Weather Diaries). Y Slowdive hicieron lo propio. Del mismo modo: reunión para directos que muestran a una banda con mojo, y nuevo disco. En el caso de Slowdive, añado, entregando su mejor largo (homónimo). Sí, quizás mejor que Souvlaki.
Así en un lustro los tres nombres fundamentales del género pasaron de la hibernación a plena actualidad. Cuando se acaba de filtrar un nuevo tema de My Bloody Valentine (tocando en su retorno a los escenarios este mismo verano) y los últimos discos y conciertos de Ride y Slowdive han sido más que sólidos, todo parece indicar que los padres del género han vuelto para quedarse. Dios bendiga al ruido que todo lo cubre.
Así pongo fin a esta serie. Un fin que parece un posible principio.
Si quieres leer el mapa-guía, ábrelo en una pestaña nueva y amplía

24 junio 2018

BEACH HOUSE "7"

Reconozco que siendo Beach House una banda que me conquistó con Teen Dream y Bloom, su última producción, dos discos largos publicados a la vez en 2015, no me atrapó. Quizá por haber somatizado sobradamente su sonido, su impacto y personalidad, ya no tenía "hambre de Beach House".
Bien, pues con 7 he vuelto al redil cual hijo pródigo vuelve a casa del padre.

7 es un disco diferente pero reconocible, como la nueva carta de temporada de un tres estrellas. Se reconoce la mano del chef, pero los productos han cambiado. Para empezar, intuyo que la elección  de Sonic "Boom" para producir su nuevo artefacto ha sido importante, y a juzgar por los resultados, un acierto. El disco crece entre humaredas más amnióticas de lo que nos tenían acostumbrados. La voz, sobrenatural, feérica, de  Victoria Legrand, canta ahora con discreción, entre el arrullo y el canturreo de la persona recién levantada. Dream pop mutando a dreamed pop.
Y en general, sin perderse esa exquisitez que los hizo y hace tan especiales, 7 (sí, séptimo largo del combo) es una obra poliédrica y con recovecos sorprendentes, del arranque de batería brioso en "Dark Spring" (¿guiño al arranque de Loveless de My Bloody Valentine?) a las cenefas elecrtónicas de "Lemon Grow" (muy del palo del ex Spacement 3 que produce 7, por cierto), pasando por el shoegaze a baja temperatura con ecos a la Velvet de "Last Ride", uno tiene demasiadas pruebas a lo largo de este hermoso disco de que, sí, merece la pena pasar una temporada en la casa de la playa. Cada canción es un atardecer de verano.

02 junio 2018

TULIP FEVER, de Justin Chadwick

Resultado de imagen de tulip fever critica
La historia es ese argumento general de posibilidades infinitas para armar, a partir de él, pequeñas historias ficcionales. Del género histórico a Canción de hielo y fuego (sí, Juego de tronos,las novelas), son incontables las obras de narrativa que se apoyan más o menos libremente en la historia. El peligro de aquellas que se pretenden "fieles" está en caer en los asideros que los hechos proporcionan a los narradores. Y son peligrosas trampas, demasiado tentadoras.
Tulip Fever es posiblemente uno de las más prácticos ejemplos con el que puedo ilustrar esta idea. El relato es a priori atractivo, un drama histórico de tintes shakesperianos -pero de acento protestante, burgués, mundano-. Una ilustración en clave de drama y triángulo sexual (¿amoroso?) del crecimiento de la clase burguesa en los albores de la Edad Moderna. Y del marco de la crisis del tulipán de Flandes en s. XVII. Mimbres para atar algo interesante a varios niveles: como relato de unos hechos históricos poco conocidos por el común de los mortales (la inflación tulipanera), como ilustración de los burgos y la sociedad mercantil y comercial que supera un medievo rural y feudal (soy reduccionista aquí, o sé), y como guinda, una historia arrebatada como argumento principal. ¿Qué falla? ¿Además de estar ante un producto apoyado en el desnudo de su actriz principal como gancho comercial, lo cual dice mucho y no bueno de la cinta? Pues falla la tentación de los asideros. Falla que el mimo (espectacular) por la recreación ambiental juega en detrimento del drama. La historia y sus personajes se dibujan tan pobremente como rico es el retrato de calles, casas, vestimentas, estudios de pintores, canales, conventos, tabernas y del contexto especulativo del tulipán. Y la ficción necesita de historias y personajes que arrastren. Al menos la ficción más "ortodoxa", la del relato canónico como debería haber sido esta. Es muy común, basta pasearse por los puñados de cómic histórico francobelga que nutren las novedades mensuales para ver exquisitas ambientaciones y cuidado historiográfico como molde para tramas tópicas, diálogos torpes y personajes planos. Pero esos cómics no los emitieron en TVE el otro día, y Tulip Fever sí, ¡por eso cae comentario en mi blog! 😊 Por otro lado quien guste de perderse dentro de un cuadro de época escrupuloso y detallista, tiene eso en la cinta. Quizá por ello, por esa recreación de pátina lustrosa (e interior vacío) me dejé llevar hasta el final de la película.

23 mayo 2018

Shoegaze 14: el género mixturado (II). LOS PLANETAS

Los Planetas son sin duda la banda con querencias shoe más importante de habla castellana. Desde sus inicios en Medusa Ep han mostrado una cara próxima a los sonidos de Shields, Slowdive y los más rugosos The Jesus and Mary Chain y Spacemen 3. Pero para mí su obra más significativa (y también la más escorada a los océanos de distorsión con permiso de su largo de debut, Super 8) fue su séptimo Lp, La leyenda del espacio (2007).
Resultado de imagen de La leyenda del espacio
Lo es porque en él aplicaron toda su experiencia y talento sónico para aproximar el rock distorsionado al flamenco en una experiencia musical simplemente pionera. Nunca antes una banda había interseccionado universos tan distantes como la masa noise de Loveless con los palos mástradicionales del flamenco en un disco completo: bulerías saturadas de fuzz, alegrías con toque indie rock, tientos escapados de mares de guitarras que ni Mogwai... Casi una hora de música, trece canciones que no bajan el pistón y unen intensidad, ensayo, experimento, acierto y sonido solar en algo inaudito.
Sumamos algunas de las canciones más rotundas de una banda prolija en canciones rotundas, como la cósmica "Ya no me asomo a la reja" (fandango de más de seis minutos con crescendos emo difíciles de superar) o "Reunión en la cumbre", donde un Eric superlativo a la batería emula palmas con las baquetas (en una canción que no parte originalmente de un palo flamenco) y J desgrana una letra revanchista y enigmática marca de la casa (¿canción política? también)
Obra maestra del shoegaze mixturado, absolutamente.
Aquí interpretando dos temas con muy buen sonido para televisión(aunque algo saturado), con intro del insigne Miguel Ríos incluida)

22 mayo 2018

Metido en un crowdfunding

Sí, hace mucho tiempo que este blog no habla de cómics. Principalmente porque ya sabrás, tengo Serie de Viñetas, blog especializado para el grupo Gente Digital, y porque se me puede rastrear en diversos medios hablando de viñetas.
Pero es buena la ocasión para comentarlo: uno de mis proyectos (coproducción codo con codo con Gerardo Vilches) es CuCo, la revista de estudios sobre historieta para cuyos gastos presentamos anualmente un micromecenazgo. Por tercer año consecutivo, lanzamos la tercera campaña en Verkami estos días. El fin es transparente y no lucrativo: calculamos una cantidad de dinero que sea la estrictamente necesaria para poder cubrir los gastos técnicos de CuCo, Cuadernos de cómic y así lograr el coste cero del proyecto, y poder seguir adelante con él muchos años. Y OFRECEMOS, CLARO, RECOMPENSAS.
En esta ocasión, tenemos como recompensas una serigrafía exclusiva y limitada de Albert Monteys, una de las firmas más prestigiosas del cómic nacional (El Jueves, Orgullo y Satisfacción, ¡Universo!, largo etc.) y dos libros teóricos que merecen mucho la pena. Si queréis saber más, pinchad en este enlace.
Y gracias a los ya mecenas (en este momento han colaborado 21 personas) y a los futuros

18 mayo 2018

Shoegaze 13: el género mixturado (I)

A partir de la disolución del shoegaze, tanto en una óptica experimental (se lo lleva por delante el post rock) como en sus posibilidades comerciales (pese a que algunas bandas ofrecían un shoegaze melódicamente chispeante y apto para la radiofórmula inglesa, incluso como respuesta a la "era grunge", el Brit pop no dejó sitio para nada más), tenía que quedar un barbecho en el que como siempre en música, las modas y los ciclos, se volvería a cultivar.
El siglo XXI trajo el nu-gaze, esto es, una oleada de cachorros que repescan el género. No hay demasiada luz en esta hornada: los inicios de M83 son igual de ampulosos que su reconversión stadium-vintage, y bandas como Serena-Maneesh o A Place to Bury Strangers pueden ser adrenalínicas, pero no aportan gran cosa más allá del ejercicio de estilo.
Todo lo contrario que Jesu, el proyecto de Justin Broadrick tras abandonar el combo de metal experimental Godflesh.

Justin Broadrick, black emperor del post-shoegaze
Jesu, el disco de 2004, cruza los ritmos graníticos del postmetal con los pantanos sonoros del shoegaze en obras que son trenzados espesos, asfixiantes pero serenos. La voz narcótica desarrolla melodías a cámara lenta mientras las guitarras distorsionadas se expanden como lava oscura. Con Jesu el ruido adquiere matices de opacidad, de camposanto y de atmósfera irrespirable. Su debut homónimo ha sido la mejor muestra de que el shoegaze puede servir para avanzar en el lenguaje musical, no solo como trasnochado ejercicio de estilo "noventero". Y que el tratamiento shoegaze de las guitarras puede reflejar estados de ánimo abatido y angustia. Un disco pesado en el mejor de los sentidos, un bosque enmarañado de sonidos hirientes más cercanos al angst de Swans o el metal extremo de Neurosis que a los floripondios sonoros de Lush, para entendernos.
Y además, tenemos un plus: Broadrick ha resucitado a Godfleh hace poco, y su último disco retoma este discurso de guitarras líquidas y hervidas en un proyecto de metal industrial. Llegaremos a él, sin duda, pero es otra historia.

09 mayo 2018

Shoegaze 13, vinieron para matarlo

En el panorama de los últimos noventa el shoegaze era una moda pasada. Se ha hablado del brit pop. Es evidente que esa ola lo engulló todo en Inglaterra, pero yo creo que para el gaze, tendencia poco comercial incluso en su momento de mayor esplendor, el verdadero punto de agotamiento ya lo estamos viendo. Fue el post-rock. Porque el ansia experimental de las bandas de guitarras distorsionadas tenía en las posibilidades, mucho más abiertas, de ese subgénero un campo en el que crecer a base de movimientos hacia los laterales. Es evidente pese a los rasgos personales de cada proyecto, que la fórmula shoegaze es bastante ceñidita: melodías ensoñadoras, voces frágiles y montañas de ruido gracias a una extensa pedalera de distorsión. El post-rock era un cajón de sastre en el que incorporar otras ideas, texturas e intenciones.
Y si además una de sus bandas fetiche abrebaba de los manantiales de Loveless con una finura que pocos "shoes" alcanzaron, tememos prácticamente escrito un acta de defunción para el género en su vertiente más inmobilista.
Esa banda se llama Mogwai. El arma homicida fue su primer disco: Young team, de 1997.
Mogwai' 97: prealopecia post-rock
En ese largo CD la música se mueve entre las síncopas comatosas de Slint, el detallismo lírico de Bark Psychosis, el desapego vocal de Tortoise (como estos, Mogwai son mayormente una banda de rock instrumental, aunque con una aproximación a lo vocal muy interesante) y las nubes parasitarias de My Bloody Valentine en crescendos eyaculatorios. Y consigue una corporeidad sonora abrumadora. Pero no es un disco shoegaze. Es otra cosa, entre cuyos ingredientes asoman generosas capas de tormentas y algunos paisajes de electricidad estática con querencia al score imaginario. Caracteres fabulosamente bien misturados que encantaron al mismísimo Kevin Shields (remember, alma y cerebro de My Bloody Valentine) y desarrollaron un lenguaje imitado hasta la saciedad por bandas de las cuatro esquinas del planeta, España incluida.
Que los directos del combo escocés fuesen una experiencia de volumen extremo, en ocasiones difícil de soportar sin tapones (personalmente recuerdo su live en el FIB de 2001 como algo extremo, brutal), terminó de ubicar a Mogwai en el podio de los grandes nombres del rock de cambio de siglo.
Un sonido único que hizo escuela y quizá causó la hibernación del shoegaze. Hasta la aparición del nu-gaze, porque en el rock todo es cíclico.

03 mayo 2018

SHOEGAZE 12. La cara oculta del shoegaze.

A mediados de los noventa surgía en un diálogo o juego de espejos entre Estados Unidos y Gran Bretaña una nueva vía musical, bautizada post-rock. Verdadero cajón de sastre que, partiendo de Loveless y del Spiderland, de Slint, lanzó al rock hacia terrenos de experimentación y estilos cruzados. Había bandas escoradas hacia el hardcore (Rodan), otras evocaban la electrónica (Laika), otros ej jazz y el rock progresivo (Tortoise)... y otros tenían un pie en el shoegaze.
Flying Saucer Attack fueron saludados como post, posiblemente por su mirada libérrima hacia las estructuras sonoras, y sobre todo por su enorme originalidad a la hora de mezclar opuestos. Su mejor disco es Further, de 1995, en el que ahondaron en la mezcla entre el folk vaporoso y sentido de un Nik Drake y las cortinas de ruido de My Bloody Valentine pasadas por el acabado agreste de The Jesus and Mary Chain.
Un paisaje natural y brumoso (como la portada del disco) de sonidos misteriosos, incandescentes pero serenos, ahogando melodías bucólicas. Una rambla de psicodelia folk que lentamente se veía inundada por olas de distorsión lo-fi, grabaciones de baja calidad. Con tan poco salía de todo, de la enorme imaginación sonora de Dave Pearce y su nutrida pedalera, caja de Pandora de un universo paralelo de ecos, distorsiones y ruido blanco. El resultado eran capas de introspección y misterio, letanías folk sin renunciar a atmósferas semi abstractas como la espectral apertura del disco, "Rainstorm Blues", o la coda final que inunda "For silence", en arrebato ruidista . Experimentaciones a pecho descubierto custodiadas por perlas de noise-folk y psicodelia rural (así lo llamaban, con cachondeo) como "In the light of time".

En la línea que cruza shoegaze y post rock hubo otros nombres notables, como Seefeel (ya han pasado por esta serie), los primeros Main (proyecto de Robert Hamson, un referente del underground noise de los ochenta) o Bowery Electric (que desde Estados unidos amalgamaban trip-hop y ritmos digamos urbanos con guitarras licuadas y tempos amnióticos), pero FSA son sin duda los más celebrados representantes del post rock más cercano al shoegaze, dueños de un sonido especial, intenso y único pese a sus claros referentes.
La banda por cierto sigue más o menos en activo como proyecto unipersonal (en sus mejores momentos se presentaron como dúo con la aportación de Rachel Brook)

25 abril 2018

Shoegaze 11: mueve tus caderas.

Ya Loveless cerraba (y antes el Glider EP en 1990 abría) con "Soon", fornicio glorioso de ruido extremo y dancefloor. El shoegaze nació, por así decirlo, con querencia a la pista de baile y a la electrónica. Y hubo bandas que exploraron ese terreno.
La mejor, Seefeel. Quique es, además, un debut de esos que se meten en listas de "best debut album". No es para menos. "Versentir" (menudo nombre más descriptivo) fusionaron en perfecto equilibrio la electrónica de su tiempo (Amphex Twin siempre en la cima) y los pasajes más etéreos, menos agresivos de "Loveless". La argamasa resultante es una hipnótica fusión de sonidos alrededor de ritmos cíclicos, hipnóticos, entre los que a veces se cuelan voces desde el cielo. Sus posteriores pasos se adentraron en el bosque electro, sin perder calidad y riesgo.
En 1993 con discos como este nacía el post rock. Alejando la licuefacción sónica del rock y llevándola a una pista de baile donde nadie baila, solo escucha atenta, extática. Y como manda el género post, esto no es una sucesión ortodoxa de canciones sino un todo que es mucho más que la suma de sus partes. Hay que escucharlo entero, sin pausa, para sentir. Y ver.