Hay cine de palomitas y hay otro cine que exige una disposición diferente. Reconcentrada, y predispuesta al esfuerzo. Last Days se promocionó maliciosamente como biopic de los últimos días de Kurt Kobain, antes de suicidarse, así que presumo que muchos la han encarado con un gran bol de copos tostados entre las rodillas. Pero se equivocaron de sala, porque la última de Gus Van Sant es un ejercicio de estilo radical donde se bucea en el estado anímico (casi autista) de un hombre tan perdido como vacío, la deriva inane de quien está enfrentado a un abismo, al pie del acantilado.Sant se planta tras el émulo de Kobain, a unos metros prudenciales, no tanto respetuosos como testimoniales. Blake (nombre del artista en el film) deambula por su casa y alrededores sin rumbo, se diría con el encefalograma plano: camina sin rumbo ni objeto, susurra incoherencias o frases inaudibles o mantras vacíos. Cuando interactúa con terceros (más por obligación que deseo... Blake es esquivo con la vida y con los vivos) se trasluce una personalidad frágil, un hombre educado y quizá bueno. Hay un momento culminante, la conversación con Kim Gordon (de Sonic Youth, verdadera aparición simbólica, metáfora de creatividad independiente y libre): "puedes irte, puedes venir conmigo" (le dice ella, más o menos). Pero el "líder de Nirvana" no siente que pueda, y ella se va, sola. Punto sin retorno, constatación de que no hay salida.
Van Sant es un caligrafista exquisito, su cámara traza un diálogo directo, médium entre el protagonista y el espectador, y nos brinda muchos momentos magníficos pero pocos como ese final. Blake llega en su deriva ante una puerta. Como casi siempre, la cámara le sigue a distancia. El cantante se queda ante la puerta quieto... pero Van Sant lanza la cámara hacia un plano centrado en su espalda y se congela, como el propio cantante. Está dicho,y lo ha contado con puro cine, con un travelling perfecto , todo contenido: el hombre ha tomado la decisión de suicidarse.

Bien, ven que no es éste un cine para "pasarlo pirata",no se ata a un guión que cuente gran cosa (salvo paseos sin dirección ni objeto aparente), su reflexión es oscura y terrible, y técnicamente es de las "raritas" (porque debemos rendirnos: hoy lo intelectual, lo que se sale del esquema básico, la caligrafía que no sea Arial o Tahoma, se consideran extrañas, incluso agresivas, y parece que hasa ofenden, como si por existir se pusiese en la picota fórmulas más convencionales... qué memez). Bueno, no han vivido dos hora de emoción y risa y amor y aventura, pero sí una verdadera experiencia. Han pasado varios días (y semanas) desde su visionado, y (¿extraño o lógico?) este "cine al filo" no se me ha quitado de la cabeza.






Windsor sencillamente crea prodigios de una página, tiene un talento insuperado que se enraiza al surrealismo (que precedió, claro) y al modernismo (que lo empapó) y al nuevo urbanismo de la sociedad de principios de siglo XX. Es una ventana a una época, pero además vista desde la mirada de un autor superdotado. Little Nemo es la primera obra maestra del cómic, explota recursos narrativos, de puesta de página, que hoy aún se utilizan, y que aún son válidas e imaginativas fórmulas para contar y causar efectivos asombros desde la gramática propia del noveno arte. Si alguien lee a McCay y encuentra argumentos para no creer que aquí hay un arte prodigioso, asombroso, que no es literatura ni pintura, ni diseño, ni ilustración, sino algo propio que liba de todo un poco pero es una forma diferente de expresión, yo me bajo del tren (o mejor, lo tiro a él, en marcha y en una curva... no se merece Nemo lectores tan obtusos)




