15 diciembre 2005

LA GUERRA DE LOS MUNDOS, de Steven Spielberg.
Spielberg, cada vez más, me parece un caso único en la historia del cine. En su figura se unen varios modelos de directores, confluyen con naturalidad el populismo de Capra, el espectáculo de George Lucas, y el aura autoral de Coppola. Todo, casi siempre, bañado con la luz del éxito seguro, ya no solo merced al poderoso aparato promocional, sino a la significancia de su firma.
El Midas de Hollywood navega entre una faceta de autor trascendente y otra de demiurgo de aparatosos divertimentos; combina la intrascendencia de Parque Jurásico con el tono moral de Salvar al soldado Ryan, mueve los resortes de la imaginación preadolescente (E.T.) con igual habilidad que encandila la conciencia colectiva (La lista de Schlinder, simplona y esquemática, pero que arrasó entre los mass media).
En la última década nos ha regalado desde divertimentos con clase (Atrápame si puedes) hasta relatos morales futuristas (I.A.) que compendian lo mejor de su carrera, siempre entre superproducciones de papel cuché de trascendentes alegatos, y el cine basura entendido como género (la saga dinosáurica).
Y ahora nos trae a los extraterrestres, otra vez, a la tierra.
Desconozco la novela original, lo que nos evita el engorroso (y siempre innecesario, nos debemos a la autonomía de las artes) elemento comparativo y nos centra en la endemoniada habilidad de Spielberg para dirigir, su auténtico As en la manga.
Porque al final éso es lo que encandila, esa capacidad para mover los hilos como un prestidigitador, la facilidad para, dominando el tempo narrativo, manejar al espectador, siempre por los caminos que él elige, sean el terror (ese "terror para todos" que domina como nadie desde Tiburón), el humor (poco de eso hay en La Guerra de los Mundos, y quizá en este caso sean las escenas más flojas, innecesarias) o la sensiblería más descarada (un final de lagrimita inevitable a la vez que breve, gracias al cielo).
La primera hora de esta cinta es una apabullante lección de cine, síntesis de presentación de personajes y precendentes (justas pinceladas que delimitan sin sobreescribir...aquí el elemento humano pierde la partida ante un catastrofismo de proporciones bíblicas, telúrico) y una demostración de clase, de cómo mostrar lo que ya tantas veces ha sido contado en imágenes, de un modo no diré nuevo, pero sí electrizante. Así, impresiona esa escapada en coche inicial, histérica, rodada desde el exterior del vehículo, a golpes de cámara acorralantes, o la manifestación casi elíptica del enemigo marciano, durante bastante tiempo sólo visto a través de reflejos en espejos y cristales.
Puede ser, cierto, que algunos pasajes sobren, que Tom Cruise en determinados momentos sobreactúe o que la historia en sí no nos interese (¿que no nos interese una de marcianos? nooo, a mí me chifla), pero lo innegable es que Spielberg es, a día de hoy, un maestro en su oficio, uno de los pocos líderes del Hollywood contemporáneo que antepone la gramática cinematográfica a los efectos especiales (por otro lado impresionantes, claro) y que, hasta en sus proyectos más fallidos es capaz de destilar solucciones de buen cine.
Poco fallo hay aquí: En La Guerra de los Mundos, película que pasa en un suspiro, amén de no estirarse en su metraje más allá de lo justo (poco más de 100 minutos), ese buen cine se lo encuentra uno a sacos.
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