28 agosto 2005

Paredes de Coura 05: Pixies

A media hora de Vigo, cruzando la frontera, en medio de un bosque y cerca de una playa fluvial, tenemos en Galicia una de esas citas más o menos obligadas, un muy digno sustituto a los FIB o Primavera Sound que nos ponen los dientes largos desde el Cantábrico.
Y este año algunos cabezas de cartel eran de la enjundia Nick Cave o los que, por supuesto, no podía perderme: Pixies.
Los duendes bostonianos fueron la bomba en el cambio de década ochentena-noventas. Su música, dulce y afilada, pop y hardcore, según por donde soplara el viento, puso orden en la maraña de ideas del underground, dando un mini de debut sorprendente, dos Obras Maestras del rock y dos discos más, notables ambos.
Pero en 1991 el líder, Black Francis (voz, segunda guitarra y compositor) decidió que el invento le aburría. Fin.
El año pasado, chequera mediante, los cuatro se reunieron para girar y la cosa funcionó. Buena sintonía entre los cuatro Pixies, que se dedican a no ensuciar su legado con nuevas grabaciones y a interpretar una obra ya clásica, con maestría y la inteligencia de ser concretos (las canciones, breves en su origen, son igualmente breves latigazos sobre el escenario, no cede la banda a la tentación del virtuosismo onanista, manteniendo así la pureza, la magia).
En Paredes, antes que su show, nos entretuvieron Hot Hot Heat, con su pop rock de sabor añejo (new wave-post punk), nos aburrieron The Roots, cruce petardo de rap y (aquí sí) virtuosismo hendrixiano que levanta cabeza en las partes más funk, y nos marearon Queens of the Stone Age, que por mucho que cuenten entre sus filas con Mark Lannegan, no pasan de cruce coñazo de post-grunge y nu-metal.
Y llegan Pixies.
Si hace días hablaba de U2, de su sentido del espectáculo, ahora nos encontramos en el extremo opuesto: Pixies son cuatro estatuas que apenas se dirigen al público, que posiblemente se disfrute más en sala pequeña, y que basan todo su crédito en un set blindado, sin espacios entre temas (casi imposible aplaudir; como en sus discos, el alarido final de un tema engarza con la guitarra que abre una nueva canción en un suma y sigue absorbente), y en la música. Y qué música.
Comienzan acústicos y tranquilos, y van picoteando por toda su discografía caminando lentamente desde ese surf pop delicado (Wave of mutilation versión tranqui) pasando por rock robusto y cortante (Monkey gone to heaven) para terminar con las desatadas y tremendas Tame, Planet of Sound oBroken Face. Todo impregnado de esas melodías extrañas, como de niño malo o de (obvio) duende travieso, marca de la casa.
Los noventa no se entienden sin Pixies.
Y yo contento, al verlos en carne y hueso (otra vez).


PD: The Arcade Fire también tocaron, grandes, embriagadores, locos...de lo mejor, sin duda. ¿Cómo podía olvidarme de ellos?.

22 agosto 2005

SIN CITY: EL CÓMIC Y LA PELÍCULA.

Sin City es, sin duda, la obra más personal de Frank Miller, autor de cómics que deslumbró a principios de los ochenta con su etapa en la serie Daredevil. No era un gran dibujante, pero sí un narrador soberbio, escuela Will Eisner (época de Spirit), con cosas que contar.
Tras esto, su carrera ha sido una fuga adelante en la búsqueda de nuevas soluciones narrativas, y en la depuración de lo que sería su mundo personal, autoral, llegando a una cima insuperable (Batman, el Regreso del Señor de la Noche), un salto al vacío experimental (la delirante Electra Asesina, en colaboración del pictórico Sienkiewikz), una despiadada reconstrucción del (super)héroe (Daredevil Born Again, con Mazzuchelli) y un ejercicio de estilo magistral (Batman Año Uno, con lápices, nuevamente, de Mazzuchelli).
Y entonces abandonó (o casi) el subgénero de los superhéroes para tocar otros palos, como la ciencia ficción o, caso que nos ocupa, la serie negra vertiente dura.
Sin City constituye así un ejercicio de estilo, la recreación según Miller de todos los tópicos del noir, tanto literario como cinematográfico. Su nueva criatura desprecia el verismo de obras precedentes y escupe diálogos y monólogos que son puro cliché, en boca de personajes planos, esenciales, envueltos en tramas de crímenes y corrupción.
En el fondo Miller hace parábolas, y Sin City es la más arriesgada de todas. Todo es esquemático, simple, para retratar no a un héroe, sino al Héroe, esencial, abstracto.
Miller, nos damos ahora más cuenta que nunca, usa los géneros para destilar su idea de lo heroico. Sus personajes, tarados, viejos, imperfectos, guardan un ideal moral en un mundo, una ciudad del pecado, amoral e inmoral. El Héroe tiene la verdad, y cuando le sacude la historia (que no es si no una prueba a su ética) sabe que debe ser consecuente con su idea de la virtud incluso hasta el sacrificio personal. Porque en él yace la verdad, la pureza, la salvación real, final.
No es de extrañar que en este camino a la depuración, a la abstracción, de la trama y el argumento a la idea y el concepto, Miller llegue a lo que se supone será un próximo trabajo en viñetas: “Jesús!” –de Nazaret, se entiende.

Esta idea, no obstante, no ha sido ejecutada siempre con iguales resultados, y en según que entregas se ve cansancio, repetición. Destacan la primera("Sin City: El duro adios") y “Ese cobarde bastardo”. Son las más logradas y las más puras.

En los aspectos formales, Miller es un consumado genio; domina los recursos del cómic de un modo que se diría innato, y sabe jugar con ellos, reinventándolos a su antojo. En este sentido su dominio del blanco y negro, bestial, asombra en su calculado efectismo. Y su diseño de página es tremendo, optando (algo inaudito en su obra precedente) por pocas viñetas por página, conduciendo la velocidad de lectura (leedlo y preguntaros cómo a veces voláis sobre varias escenas y otras os detenéis en una única viñeta) como pocos autores consiguen. Realmente es en este dominio del arte de narrar en imágenes donde Miller siempre gana la partida, hasta en sus trabajos más flojos, lo que hace que acercarse a su obra nunca es tiempo perdido. No del todo. Por flojo que sea el argumento, por cansino que se vea al autor, siempre, en algún momento, brilla el mago.

…y llegamos a la película, hecha por Rodríguez y el propio Miller.
El cine de Robert Rodríguez me parece un cero a la izquierda, así que tengo que pensar que en este proyecto los logros se deben al genio del autor de cómics, y que el chicano aporta conocimientos técnicos.
Porque Sin City funcionas pese a fallos como el constante fondo musical y el agotador empleo de la voz en off (lo que en viñetas es ejercicio de estilo literario aquí resulta plomizo y accesorio). No es una versión de un tebeo, sino la exacta plasmación, imagen por imagen, texto por texto, de cuatro historias de sin City, intercaladas al modo tarantiniano, respetando, mejor aún, logrando, las imposibles texturas del tebeo original.
Los actores están en su sitio, muchas veces bajo el maquillaje y el látex, y la técnica permite reflejar ese mundo de contrastes absolutos en blanco y negro con circunstanciales toques de color) lluvia blanca y tejados sin fin que Miller dibuja, se diría que a hachazos.
Un ejercicio de metalenguaje, donde el cine quiere ser un eco de otro medio, subyugándose a aquel, con una estética irreal, con un uso (tan raro en el cine de hoy) de planos fijos y prolongados, y donde los movimientos de cámara son enfáticos o separan escenas (a la manera de las grandes viñetas en el cómic, que llenan páginas enteras separando escenas).
Y, por supuesto, Sin City, la peli, es la misma parábola sobre el Héroe, contada a lo bestia (Pulp Fiction se diría Bambi en comparación), en un envoltorio casual, de violencia extrema y sexismo.
Pero nosotros, chic@s list@s, sabemos leer entre líneas, por molestas que éstas sean a priori ¿verdad?.
Peli: ·····

14 agosto 2005

U2 VERTIGO TOUR Madrid, 11-08-05
El Calderón, a eso de las diez de la tarde, ya es un hormiguero humano. 55.000 almas esperan a su nuevo Papa, su Jesús pop, cuando la música ambiente sube el volumen y empieza a atronar de The Arcade Fire. Pues sí: U2 han elegido una canción de los canadienses para anunciar su entrada. Bien mirado los Fire poseen ese algo grandioso y propio para los estadios.
Hacia el final de la canción, que todos corean porque todos saben ya lo que significa, aparece la banda. Griterío, y Bono, vacilón y carismático, comienza a canturrear “Hola hola” mientras la banda se sitúa en su puesto, la retaguardia. Y Bono sigue “uno, dos, tres…catorce!”. Y todo son luces, una impresionante explosión de naranja y efectos. Y comienza el espectáculo.
Realmente hay que hablar de espectáculo, sí. Porque eso es el Vertigo Tour. Si lo miro como concierto rock falta espontaneidad, peligro. Pero como gran teatro, como representación…entonces todo cuadra, y el Vertigo Tour triunfa: Bono es un líder antes que un cantante de rock (que también, claro). Su impostura, su magnetismo, sus personajes, funcionan como una representación. Sabe ser mesiánico, y sabe ser rock star, y también, en los bises, vuelve a representar a ese personaje cachondo e irónico de la época Zooropa (ahora con guiño a “Teléfono rojo” de Kubrick incorporado). Es un mago, y aunque sabemos que todo son trucos, los ejecuta como nadie y sabe meterse a su público en el bolsillo. Coge una cámara del gentío y se saca fotos (trampa, teatro…se trata de la cámara de un periodista del Mundo, que publica la foto al día siguiente). Parece robarle un trapo a alguien desde el escenario y anudarlo a la frente (falso, es un bonito eslogan sobre la reconciliación entre las religiones). Provoca respuestas en la masa, habla con las primeras filas porque no recuerda un nombre, y termina acercándoles el micro para que el estadio lo grite. Pide un mar de teléfonos móviles y aparenta emocionarse (y pienso que lleva emocionandose por lo mismo cincuenta conciertos o más).
Y además Bono canta. Y eso, no lo dude nadie, sigue siendo digno de ver. El de U2 sigue siendo un vocalista excepcional, que emociona al interpretar su cancionero y reflota sus últimos temas de estudio (mejor en directo que en disco). Además, el show de luces resulta impactante (realmente nunca ví cosa igual…supongo que sólo los Rolling Stones se permiten algo a este nivel). Y el sonido, huelga decirlo, es perfecto.
Así que ya tenemos al lider mediático llevando de calle a miles de fans y convenciendo desde el artificio bien entendido (buen gusto, ironía, capacidad para comunicar) a quien, como yo, no es público entregado. Todo gracias a un espectáculo de luces verdaderamente impresionante, a un escenario que parece la nave de ET pero en grande, y a un dominio de la arena (13 metros de largo, no es moco d e pavo) que pocos artistas poseen.
¿Y el rock?. Pues en una actuación tan medida, tan teatral, tan sumisa a su público (lo facil es cantar “Vertigo”, “Sunday Bloody Sunday” o “With or without you”…¿para cuando una banda dinosaurio desafiará a sus fans con un live cargado de caras B y rarezas, obviando sus hits y pidiendo algo más a su rebaño?), podría fallar el nervio, la bilis rock. The Edge, discreto siempre, es quien sostiene a su banda en el filo (perdón por la bobada). Si U2 resultan creíbles como máquina de rock es gracias a su guitarrista, cero en pose, diez en concentración y ejecución.
Y mucho, mucho rock cuando, en el tercer tema, a Bono le falla el micro. Entonces desaparecen el mesías de las causas justas, el lider sexy y rockero o el personaje gamberro (tipo Zooropa, digo), y aparece el Jefe. Grita, se gira y con violencia destroza el micrófono contra el suelo. Y mientras no le acercan otro que funcione, se lanza al frente como un miura, fiero, indomado, e increpa al público, suelta adrenalina y demuestra que, aún sin poder cantar, desnudo en un macro escenario, sigue siendo una bestia escénica.

También hubo dos teloneros, Kaiser Chiefs, divertidos y entregados, muy post-punk/new age, y Franz Ferdinanz, serios, concentrados y con magníficas canciones bajo el brazo.