31 enero 2006

NUESTRO VERDADERO NOMBRE, de Luis Durán.
Durán es a día de hoy uno de los valores más sólidos de la historieta patria, un estajanovista de la mesa de dibujo, incansable, que produce obras a una velocidad de vértigo. Y además esa ingente producción es personal, autoral. Para entendernos, más cerca de (no es comparar, entiéndanme y salven todas las distancias del mundo) Bergman que de "Misión Imposible". Autor por tanto no apegado a una industria del entretenimiento (lo que sería loable igualmente, ojo) sino a ese modelo de autor comprometido con su visión, única y personal, de la realidad.
Su obra (lo leído, mejor dicho, pues no la abarco completa, ni mucho menos) se vale de los géneros, con predilección por el histórico, para contar fábulas sobre el crecimiento personal, y cómo el mundo prosaico y real se ve mediatizado por una cierta magia, un misterio, formado de casualidades y repeticiones, de mitos y fábulas nacidas en la imaginación del hombre. También nos habla del papel del azar, del destino, de la ciencia versus la creencia y de muchas otras cosas que, seguro, se me escapan.
Tanta alforja, quizá, puede ser un handicap en su viaje artístico. Hay peligro de que Durán se guste a sí mimo en su discurso, y termine en el amaneramiento vacuo (algo, por ejemplo, que le ha ocurrido al cineasta Julio Medem).
Afortunadamente, eso no ocurre en Nuestro Verdadero Nombre.
En este tebeo se cuenta cómo unos turistas perdidos (esos mapas de carretera, invento del anticristo) recalan en un pueblecito de la costa inglesa donde acaban de varar cientos de calamares gigantes, presagio para los lugareños de fortuna. El relato se nos cuenta desde este presente y se retrotrae dos siglos, hasta la primera vez que tal fenómeno sucedió en la zona. Con esta premisa argumental Durán nos sumerge en unos personajes complejos para enfrentar la percepción racional del mundo con otra oscura, de símbolos y signos.
Todo ello contado con pulso, con un ritmo pausado pero que te arrastra, con numerosa metáforas sugeridas, que no explicadas, y con diálogos acertados, de poso literario pero que no sepulta en un ejercicio de estilo cierta sensación de verismo.
El dibujo, como siempre, es hermético, no invita, más bien al contrario. La planificación de la página, agarrotada y no excesivamente inventiva, tampoco ayuda a entrar en los universos de Durán. No obstante, merece la pena el pequeño esfuerzo: una vez que hemos entrado en su laberinto, superado el reto de la imaginería visual del dibujante, su universo atrapa y encandila.Publicadas sus más de 90 páginas en Octubre, ya tiene un nuevo trabajo en la calle, “La ilusión de Overlain”.
(((((

No hay comentarios: