09 febrero 2006

CRONENBERG: DOS TAZAS

Estos días he tenido el placer (por así decir, pero ya nos entendemos) de ver dos pelis de David Cronenberg que estaban en la cámara de las obligaciones morales (o amorales, seguimos entendiéndonos…y si no, sigan leyendo): Videodrome (1982) y El Almuerzo desnudo (1991). Son dos ejemplos, con diez años de diferencia, perfectos para ilustrar el mundo oscuro y malsano del canadiense.
De Cronenberg he seguido su obra desde que lo descubrí, asombrado y alucinado, con la magistral y pavorosa Inseparables (88). Luego M. Butterfly, Crash, y hacia atrás La mosca o Scanners, entre otras, me descubrieron una forma nueva de entender el cine de terror y cómo llevarlo más, mucho más allá del género y de todo estigma genérico o codificante. El cine de Cronenberg es un agujero negro, un portal a pozos que nunca son agradables de ver.
En Videodrome, por ejemplo, nos narra cómo un productor de televisión extrema (temático, si se prefiere, en torno al sexo y la violencia) descubre un programa ilegal sadomaso que causa alucinaciones en el espectador. El Almuerzo desnudo parte de una novela de Burrougs para desentrañar los delirios de la adicción rozando lo abstracto.
Las adicciones están muy presentes en el cineasta: adictos a la droga, a la tele (sería el caso de estas dos películas), adictos al sexo, al desvarío, al amor, a la muerte…
¿Qué hace tan terrible su cine? ¿Por qué siempre plancha con saña al más gallito?
Tras su puesta en escena fría, limpia (mejor diría gélida y esterilizada) se esconde una disección del origen más profundo del miedo (o al menos así lo veo yo). Y me detengo e esto: ¿Dónde está el terror en, por ejemplo, un relato de fantasmas? En que el espectro te lleva, te arranca de la vida y te convierte en espectro. ¿Dónde en una de asesinos en serie? En la amenaza, en la posibilidad de la muerte en sus manos. Incluso en un relato que no sea terrorífico puede subyacer el elemento que convierte a Videodrome o El Almuerzo Desnudo en algo poderosamente turbador. Imagínense una peli (hay una, pienso en Bergman) donde un tutor severo educa a sus hijos de un modo castrense, impidiéndoles jugar, reír o chillar. Es un lugar común del relato infantil, y de fondo subsiste ese pavor que Cronenberg domina como nadie. Me refiero a la muerte del Yo, la desintegración del ego que nos define en última instancia y en lo que, al final, se sustenta realmente el horror. Así los personajes del canadiense son sometidos, generalmente por propia voluntad, a un proceso de disolución de su verdadero ser. Se desvanecen poco a poco, a causa casi siempre de un agente externo, vírico. O a una percepción interna y subjetiva. El caso es que cuando surge, ese factor cataliza una descomposición física, moral, racional, de la presunta entereza del Yo que nos convierte en lo que somos.
Aquí, creo, reside el terror auténtico y es la base de toda ficción orientada hacia el miedo. Porque el miedo definitivo es el de perder la identidad, dejar de ser, hasta descomponer tu realidad, a la postre una frágil percepción subjetiva que no resulta demasiado difícil eliminar. Y si destruyen tu ego más íntimo, ¿qué queda? Un cascarón, un vacío carente de voluntad, un ni-vivo/ni-muerto condenado a la nada más terrible.
Hace ya mucho que Cronenberg ha trascendido el género en que forjó su leyenda para convertirse en un conocedor de la verdadera y más oscura fragilidad del ser humano. Y enfrentarse a su filmografía (estas dos pelis son una excusa, valdría cualquier otra…intuyo que hasta su último trabajo –aún no la he visto-, “Una Historia de Violencia”, participa subtrefugiamente de su mórbida fascinación) es encarar el verdadero y último Horror.
Videodrome- ·····
El Almuerzo Desnudo-·····

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