01 marzo 2006

EL MERCADER DE VENECIA

Siempre me ocurre con el cine reciente que adapta a Shakespeare un poco lo mismo: al final, el calibre del original se antepone a las cuestiones fílmicas, de modo que es el valor del texto el que me justifica, a menudo, el tiempo empleado (y el esfuerzo, no es el dramaturgo autor de chicles para consumo rápido). No suelo dejarme distraer, en este sentido, por los ardides cinematográficos, sino que es la magia del texto, esa perfecta coreografía de palabras, así como la solidez de sus argumentos, los que me embelesan.
“El Mercader de Venecia” se adapta perfectamente a esta premisa y así esta historia que se balancea entre suaves toques de comedia y tenso drama consigue atraparme desde unas interpretaciones justas (y algo más en el caso de Al Pacino, que da una lección de buen hacer, alejado de sus maneras histriónicas que tanto gustan por ahí adelante). La música elegante, la producción a todo trapo (bella ambientación, vestuario cuidado), una fotografía cálida y agradecida, y por supuesto una Venecia de época primorosamente recreada, idílica, de postalita… todo ayuda, si no te pones pijotero, a dejarse llevar por el placer de una historia que, por otro lado, resulta para la sensibilidad de hoy un tanto… políticamente incorrecta. En este sentido se pueden buscar en la cinta de Michael Radford resonancias en su discurso con el presente, lecturas políticas antisemitas o entender que aquí se suaviza lo que de agrio tiene en el original el personaje del usurero… o no, pues, francamente y ante un producto de esta modesta enjundia cinematográfica (eficaz, sí, pero no pidan más al mercader fílmico), quizá no valga la pena el mínimo esfuerzo de buscar segundas lecturas.
Por supuesto que la cosa es francamente mejorable; acudan a las adaptaciones de Mankievitz, Laurence Olive o, por descontado, Welles.
Claro, ésto sólo es un producto estandar, que no pretende más que recrear al de Northampton con corrección y oficio. No da mucho más.
En fin, que ya saben… no fíen con una libra de su propia carne ni a su mejor amistad. Shakespeare les explica por qué, y en esta película lo cuentan con correción.
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3 comentarios:

santibilbo dijo...

Es curioso pero a mi el perfecto texto shakespeariano me suena artificioso en el cine, ese arte que produce una extrema sensación de verosimilutud ( siendo puro artificio). Prefiero las visiones no literales de Kurosawa o Zeffirelli, o planeta prohibido.en Chespir la palabra abruma por encima de cualquier puesta en escena.un saludo

Señor Punch dijo...

¿Es curioso? No, tienes TODAA la razón, y ese es un vértice del asunto que se me había pasado por alto completamente.
Por supuesto, las miradas tangenciales son las mejores :)
de todos modos eso no quita para defender algún ejemplo (pienso en Mucho Ruido... de Brannagh) aún siendo un acercamiento clásico.
Por cierto, Orson Welles me parece tan personal como Kurosawa, ¿no? Pese a que conserva el formato de adaptación respetuosa (aparentemente, claro)

santibilbo dijo...

Pues sí, Punch, Welles es muy personal, con gran fuerza visual, Branagh y Zefirelli asumen la teatralidad con medios cinematograficos, lo que me parece arriesgado y enriquecedor.Pero creo que al bardo le sobra todo salvo las voces de los actores y que sólo los que se apartan de su gigantesca sombra pueden alumbrarse con su llama. En fin cosas mías, como dices tú, sólo con ver las interpretaciones o potenciar visualmente alguna escena ya es una entrada aprovechada