18 marzo 2006

EN COMPAÑÍA DE LOBOS, de Neil Jordan


Miren la cartelera en su periódico y marquen las películas de terror en exhibición. Hubo un tiempo en que el género era un portal a la reflexión, una forma de interrogarse, la obra y el espectador, sobre cuestiones profundas, acaso no siempre agradables, consustanciales a la naturaleza humana. El mal que anida bajo la superficie (Freaks), la pulsión sexual como elemento liberador de los corsés de la sociedad (el Dracula de Fisher)... Hoy sin embargo, presa del encanto de los efectos especiales, de las nuevas éticas mercantiles (todo es mero entretenimiento y profundizar es ser un pedante) y, por qué no decirlo, del mal momento que vive el cine comercial, en el cine de terror no encontramos nada más que sustos, efectos digitales y gore desprovisto de toda carga revulsiva (sangre de papel cuché).
En 1982 Jordan ralizó una cinta de culto que nos concilia con ese cine que busca y hurga, que hace pensar. Hablamos de En compañía de lobos, de la que poco conocía, por lo que se puede decir que, pese a los años que tiene, ha sido una experiencia virginal, propia de quien acude a un estreno.
Jordan bucea en las raices del terror, en el subconsciente, y saca a la luz una historia donde confluyen varias a modo de muñecas rusas, todas ellas en torno a las figuras primigenias que alumbran los más ancestrales relatos infantiles (Caperucita Roja a la cabeza). Y evidentemente, en todo cuento para niños subyacen imágenes del terror más atávico, y flota una tensión sexual, la propia de ese momento en que la infancia nos abandona y los miedos cambian de pieles: los lobos más peligrosos, como se dice en el largometraje, son los que tienen pelo por dentro. Los monstruos ya no quieren devorarnos sino poseernos, posesión, claro, de orden sexual.
Hay efectivamente en “En compañía de lobos” un profundo discurso en sus formas de cuento desestructurado, en sus fantasmagóricas imágenes rodadas en estudio y en sus envaradas actuaciones, que lo alejan todo de la realidad. Ésto es una metáfora, y poco importa el verismo. Jordan no quiere “asustarnos”, sino que nos hace reflexionar sobre el miedo, sus raices tradicionales y ancestrales.
Claro, aquí hay efectos especiales (se notan los años, y aún así impactan… dirección, lo llaman), y sordidez garantizada. Pero son el medio, no el fin. No, “En Compañía” no es un ejercicio de miedo y asco gratuíto. Es una reflexión, atinada, enormemente imaginativa, y por supuesto, ya clásica dentro el género del fantástico cinematgráfico.
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