24 abril 2006

DOGVILLE, de Lars von Trier

Bien, otra vez rallando la más candente actualidad, el otro día vi (nada de “otra vez”) Dogville, la muy celebrada y polémica cinta protagonizada por una magnífica y bellísima Nicole Kidman.
Reconozco que albergaba dudas y temores, pues Trier me ha dado tantas alegrías como sinsabores. Europa hipnotiza en su acabado formal pero se sostiene en un andamiaje argumental más endeble, deudor de demasiadas referencias (la primera, Hitchcock) para considerar la cinta más allá de su impactante artificio. Rompiendo las olas turba por lo descarnado de su mensaje, una oda al sacrificio como vía salvadora. Su factura cruda preludia toda una forma de entender el cine, el Dogma, lo que al final se revela, pues, como otra forma de artificio: la supuesta pureza de Rompiendo las olas se revela entonces como impostada.
Bailando en la oscuridad (Los Idiotas lo la llegué a ver) desenmascaró, por repetición, las debilidades argumentales y de discurso de "Rompiendo": en esencia Trier nos vuelve a calzar su historia de mujer débil (y tonta) azotada por un destino atroz. Mucho drama mal asimilado, pues se diría que al danés no le interesa reflexionar sobre lo narrado, sólo que, a toda costa, nos conmueva hasta el sufrimiento (esto no tanto en Rompiendo como en la hueca Bailando, que sólo despunta en su aproximación valiente al musical).
Así nadie debe pensar que estaba yo especialmente entregado de antemano al ver Dogville.
Y Dogville, ladies and gentlemen, ha resultado una de las pocas obras maestras que he tenido el placer de ver en este comienzo de siglo. Porque en ella diría que Lars von Trier ha asimilado lo mejor de sus anteriores películas reparando las imperfecciones, hilvanando, aquí sí, una historia con un propósito que va más allá de la conmoción por la conmoción, y nos la sirve con recursos formales tan sorprendentes como los birlibirloques de Europa, pero ahora con clara intención narrativa. La iluminación, el montaje (muy sutil, estudiado), la cámara en hombro, la bella fotografía, la voz en off, la ausencia de realismo, desnudo el artificio, tienen el propósito de distanciarnos de lo narrado. Ni siquiera se esfuerza el director en perfilar más que lo necesario a sus personajes-signo. Así no se debe entender Dogville si no como parábola, metáfora y símbolo, nunca como la historia de una chica angelical que se esconde de unos gangsters etc. etc.
Por otro lado cierto es que no se evita el tono descarnado, martirizante, pero esta vez sirve para construir un cuento moral sobre la naturaleza humana (y estadounidense, pero claramente universal) donde el final nos brinda un festín de respuestas y dudas que poco tienen que ver con el dramón a bocajarro, y mucho con el cine como algo libre y a completar por el espectador: La zozobra moral que provoca, incómoda, poco tiene que ver con la conmiseración, sufrida pero en el fondo reconfortante, que dejaban en el cuerpo otras cintas de Trier.
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En fin, ya se ha estrenado Manderlay, segunda entrega de una “Trilogía americana”, a ver si esta vez no me despisto tanto.

1 comentario:

Red Fish dijo...

Estoy de acuerdo contigo, esta peli realmente me fascinó. Quisiera que leas la interpretación que yo le encontré, porque conozco poca gente que le haya gustado como para poder comentar esto. Entrá http://redfish2.blogspot.com donde subí mi interpretación y te pido me des tus comentarios. Gracias!!!