19 abril 2006

MOGWAI: Mr BEAST


Mogwai fue durante un tiempo el rey del mambo. O, para el caso, del post-rock. Y más aún, con Rock Action fueron El Grupo del momento, al que todos dirigieron su atención, a cuyo impactante directo todos se rindieron boquiabiertos (y sordos: hora y media de Mogwai-live puede ser un abismo de volumen insólito).
Pero la historia del rock es mercantil, ergo fugaz, y ya pocos daban un duro por los de Glasgow. Su estilo instrumental, de largas piezas donde el paisajismo de los crescendos y remansos era la marca de fábrica, parecía ya agotado con un Happy songs for happy people que si bien mantenía el tipo tras su obra maestra, presagiaba acomodo y abandono a lo audiobello. Mogwai, los Señores del Ruido, embelesados por efectos de primor y sobreproducción. Se apagó la chispa, decían. Sombra de sí mismos, les señalaban.
Yo, conste, adoro a Mogwai. Su único tropiezo, a mi entender, fue su segundo largo, Come on die young. Larguísimo. Eterno. Plomizo. Su Rock Action, por el contrario, es ya un clásico de esta década. Su debut (Young team) fue una brasa feroz que demostraba que se podía inyectar al post-rock, cerebral y orgánico, altas dosis de intensidad y fragor. Happy songs…, efectivamente, los muestra acomodados, pero aún sugerentes y evocadores.
Y en éstas andamos, ante un nuevo disco que, posiblemente, los alejase más del centro del huracán. Otro paso en la caída, por la escalera de la repetición y la indulgencia narcisista.
Pues a cambiar el chip, amigos, porque Mr. Beast nos devuelve a unos Mogai en plena forma. Plenísima.
Abren con “Auto Rock”, donde una melodía prototípica de la banda crece sobre una sencilla base marcial, a piñón fijo, novedosa en su currículo. Algo se mueve, sí, pero el bombazo te estalla con el segundo corte, “Glasgow Mega-Snake”, a bocajarro, concreto y feroz, diría post-core, por momentos.
Y es que Mr Beast nos revela dos cosas: que los escoceses mueven ficha, avanzando desde el preciosismo (intacto en los cortes más tranquilos) hasta encarar con desparpajo su gusto por el ruido blanco, las guitarras en napalm y las pedaleras echando chispas. Y que su arma definitiva sigue siendo su innata capacidad de sujerencia, su habilidad a la hora de crear atmósferas, sean de ensueño o pesadillescas. Aquí tenemos diez temas que, salvo Friend of the Night (un vals de azufre, single perfecto), nunca excede los cinco minutos. En Mogwai (al contrario que en sus decenas de plagiadores) la clave no está en el minutaje. No precisan de sinfonismos (terreno que dominan como nadie) para pincelar paisajes sonoros altamente evocadores. Desde baladas narcóticas (Acid Fool) o arañazos de metal extremo (We’re no here), musicando poemas etéreos (I choose Horses, en japonés) o reinventando los muros de My Bloody Valentine (Travel is dangerous), su magia sin trucos ni birlibirloques se demuestra sin parangón. Hoy como ayer.
UUUUU


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