17 mayo 2006

KING KONG, de Peter Jackson

Asolado por el virus de los cuarenta de fiebre desde el lunes, hoy, que ya soy persona (o media persona, o así) puedo volver a alimentar el blog, si bien, dado lo machacado que me ha dejado mi amiguito microscópico, ha de ser con un viejo escrito que tenía en recámara (igual en otras circunstancias ya no vería la luz, así que, para bien o para mal, se lo deben a la enfermedad).

La clásica historia del gorila gigante era un caramelo para el australiano. Lo es igualmente para cualquier estudio de Hollywood, pero en el caso del director, por fortuna, hay razones creativas además de las económicas. Lo grotesco es afín a Jackson desde sus inicios (gore), y como responsable de la trilogía del anillo descubrió su capacidad para la épica más telúrica (hacía mucho que no se sentía el paisaje en una cinta de aventuras como en la recreación de la obra tolkiana, ni un respeto por la tierra, como fuerza a admirar, reverenciar o temer). King Kong retoma estos signos al servicio de un espectáculo de palomitas y refresco de cola.
Efectivamente nadie debe pensar que hoy se va a repetir el hito que supuso la cinta de Cooper y Schoedsack, con toda su carga simbólica. Jackson, no obstante, juega a transportarnos a una fantasía, un elogio de la imaginación y el sentido de la maravilla incluso en un primer bloque ajeno a lo fantastique (una descripción del Nueva York de la depresión y una semblanza de los pujantes estudios cinematográficos) que es filmado desde el artificio.
Es una intro a “la aventura”, en un sentido muy Hollywood años treinta, la que supone el viaje, en barco, a la busqueda de la desconocida isla hogar del monstruo. Sin duda mi parte favorita, dominando los tópicos del género y aportando un clima claustrofóbico modélico (destaco un encadenado guiado por el espectral batir monocorde de las calderas de la embarcación, fantástico).
Son dos bloques que, pese a su duración, sólo preparan para la traca. Llegamos a la isla de la Calavera, el reino de Kong y por extensión de lo imposible como metáfora del cine. Entonces Jackson nos da pan y circo, siempre desde su gusto por lo espectacular y su querencia hacia el terror. Hay aquí una contradicción: por momentos el sentido de la narrativa se impone glorioso, pero el ritmo y las carreras y los peligros se alargan inconvenientemente. Entramos en la concesión al público adolescente (que me temo sea, hoy por hoy, el sostén de la industria) con una montaña rusa, coches de choques, barco vikingo y todo el parque de atracciones, en una carrera tan vertiginosa como agotadora. Eso sí, de acabado técnico impactante como corresponde al autor de El Señor de los Anillos.
Y claro, a estas alturas lo que de verdad importa a la industria está concedido, con lo que sólo nos resta finiquitar con la coda final, la desangelada presencia del gorila por las calles de Nueva York, donde destaca (frente a la aburrida aparatosidad de las escenas de acción) un surreal y emotivo baile de la bella y el monstruo por un parque helado.
En fin, al final era de esperar este resultado: un espectáculo del que uno sale convencido de dos cosas: una, el talento de Jackson como director, y otra, que son malos tiempos para el cine comercial, donde intereses no artísticos lastran con sus prerrogativas insalvables (espectáculo por encima de todo, esquematismo) la capacidad del realizador. Con todo, y pese a lo exagerado del minutaje,este nuevo Kong se disfruta en sus virtudes.
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2 comentarios:

El Nota dijo...

Estupendo, no me atrevía mucho con esta película por diversos motivos: un poco harto de Jackson tras El Señor de los Anillos, miedo a lo que podían hacer, comentarios de los amigos... De hecho, ni me fijé en ella cuando su estreno en cines. Ya tengo película para el fin de semana.

Señor Punch dijo...

De todos modos (mira que he actualizado el post con su puntuación-claquetas) no esperes más que eso, cine de finde con cosas buenas y otras cansinas.