06 julio 2006

primeros pasos

Por ese limbo que es internet un grupo de aventureros de las viñetas ha acordado plantear sin vergüenza, con orgullo, cual es su particular big bang, ese o esos tebeos que, en su caso, lo empezaron todo, iniciando una maravillosa aficción: ser un enamorado de las historietas.
En mi caso, y pese a la presencia más o menos constante de tebeos (Los Pitufos, Disney...las obvias colecciones enteras, y que deben estar en todas las casas, de un galo irreductible y de un periodista con tupé...) desde siempre, hay que entenderlos como restos de pretéritos naufragios, objetos que siempre estuvieron en casa.
Pero hay un tebeo que tengo grabado en la retina, una indeleble impresión, un mazazo absoluto. Su poderosa mecánica interna (ahora, mayorcito, lo veo claro) era imposible de resistir. El drama, la acción, el costumbrismo, los poderes, y ese dibujo de poso realista (pero retocado, aunque a aquellas edades, ¿a quién le importan esas veleidades?) para una historia sobre un héroe de fantasía, siguen pareciéndome hoy una cumbre del género: teníamos al héroe-araña, teníamos sus embriagadores poderes, sí, pero también sus impagables chascarrillos, y su ambiente realista, universitario, y cómo no, teníamos El Villano, que, para retorcer el drama y llevar la emoción ad infinitum, embelesa con sus maneras amables (ah, pérfido, traidor, ladino) a la anciana y buena tía del superhéroe (anciana que, claro, teme al disfrazado héroe más que al villano).
Ayer, simplemente fue una magia que me hipnotizó, y de la que, albricias, aún no he despertado.

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