10 julio 2006

SARABAND, de Igmar Bergman


Secuela (disparatado concepto aquí, pero lo digo para simplificar y ser entendido) de “Secretos de un Matrimonio” (1973), Saraband reencuentra, tras años de separación, a la pareja de aquella cinta para exponer las flaquezas de la vida. Marianne (inmensa Liv Ullmann, impresionante interpretación), movida por un impulso indeterminado, decide visitar a su antiguo marido. La estancia en la casa de éste convierte a aquella en testigo de una familia, padre hijo y nieta (hijo de otro matrimonio y nieta con una madre fallecida pero de palpable presencia todo el film), que revelan una vez más el corpus doctrinal, desesperanzado y amargo, de su director: Infelicidad, disfunciones, dolor, crisis de fe… los temas del maestro sueco florecen aquí en una experiencia de cine realmente necesario.
Bergman se había retirado (falso, era hiperactivo y renacentista, pero esas eran sus palabras) del cine, así que esta vuelta a la gran pantalla (otro falso, fue pensada para televisión) se ve como un recoger lo sembrado y reflexionar. O simplemente constatar que la lucidez de un ya octogenario Bergman lo pone por encima de todo y de todos los cineastas que nos hacen perder las horas en las salas de cine.
Porque, si bien no soy un experto ni un completista de Bergman, sí acierto a ver cómo su cine vive fuera del tiempo, de modas, de códigos asumidos. Bergman parece salir de la nada con su sabiduría como arma natural para construir su propio lenguaje cinematográfico, puro, austero, místico, único. Y al poco, cuando te acostumbras a sus modos, te das cuenta de que eso que nace de su talento encierra el verdadero sentido de lo cinematográfico, entendido como una experiencia.
Es así, no es verdad (afortunadamente hay muchos cines posibles), pero al acabar Saraband esa sensación queda dentro, imborrable, y te aleja de las pantallas y las videotecas, porque en cierto sentido te ha purgado de manierismos y maniqueismos.
No hay problema: Bergman te ha enriquecido, puedes seguir viendo más cine, otro cine, y al final también querrás volver al arte único, fuera del tiempo, que practican Bergman y otros poquísimos grandes. Esa es la grandeza que esconde la lenta cadencia de Saraband, película que muchos tacharán de “coñazo aburrido”. Pues qué le vamos a hacer, yo le voy a dar algunas estrellitas rojas:
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