20 marzo 2007

ANATOMÍA DE GREY


Adjetivando no llegamos a ningún sitio. Yo les puedo decir que Anatomía de Grey es culebronera e irreal. Y no miento. Bajo el manto del tema hospitalario, incomprensiblemente de moda, la teleserie esconde (más bien exhibe) una red de sentimientos a bocajarro, comedia dulce, tensión y ciertas dosis de misterio (para ello están los casos médicos) y amor, amor y más amor. Sufrido, doliente, imposible, traumático. Pero también gozoso, pletórico y vital. Porque si a la altura de su tercera temporada alguien no se ha dado cuenta, esto es un culebrón, puro soap opera, y esa premisa es la mayor, a la hora de entrar en su juego. Olviden lo verosímil, estamos en terreno de sentimientos al límite y lágrimas de cocodrilo.
Y entonces llegamos al hecho de que el adjetivo no presupone nada. ¿Cuantos seriales son culebronescos y al tiempo infumables? La gran mayoría. Es una cuestión de equilibrios, de calidad, de seriedad, de compromiso con el producto. El problema deviene cuando lo normal es que se descanse en el hecho para rendir cualquier otro factor a la desidia: Se supone que por el mero incidente de someter una ficción a las normas del género ya cobra calidad, y entonces se desatiende al guión, la fotografía, el diseño de producción, la interpretación... parece que con matar a alguien de vez en cuando, o decir que su amante es su insospechado hermano carnal es suficiente. Pero aquí es donde Grey gana la partida. La gana, porque sus guiones, decíamos, son equilibrios perfectos, entre el drama y la comedia. Porque su plantel de actores es intachable, la dirección pulcra, acertando en cada tono, encontrando el punto que conviene a lo narrado por exagerado o inverosimil que en el papel se nos antoje.
Anatomía de Grey es un culebronazo, sí. Pero bien hecho.


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