27 mayo 2007

EDUARDO MANOSTIJERAS, de Tim Burton (1991)

Hoy ver una peli en la tele, la de verdad, la de gratis, la que disfrutaos/sufrimos la mayor parte de los españolitos, es una experiencia de pesadilla. Dado lo accesible que hoy es el cine (hay formatos y formas para elegir), el saber que esa película que te apetece va a sufrir la continua vejación de cortes publicitarios sin fin, disuade a cualquiera de resistir frente a la caja tonta. Mañana me la pillo en el videoclub, me la bajo, la... lo que sea, antes de soportar la tortura de los anuncios.
Pero si por casualidad descubres, aquí te pillo, aquí te mato, que emiten Eduardo Manostijeras, puede que la hipnosis funcione y te adhiera a sus imágenes poéticas, vitriólicas, tiernas y crueles. Es privilegio de muy pocas ficciones, esa capacidad de sobreponerse a los tele-escollos, y la cinta de Burton, una obra maestra del cine moderno, lo consiguió ayer.
Y lo hizo con esas armas que todas las cintas del director poseen en mayor o menor medida, pero que en ninguna como en la historia de este monstruo desvalido se encuentran tan perfectamente equilibradas: lo bizarro y lo cotidiano, lo gótico y lo onírico, el aliento de fábula infantil, el cuento cruel con mensaje, la estética entre el pop y el expersionismo, las interpretaciones perfectas de un casting acertadísimo, la música mágica, la dirección soberbia (planos para el recuerdo, a patadas, detalles de dirección, de fueras de campo, de plano/contraplano, de panorámicas, de ralentís, de...). Eduardo Manostijeras es uno de esos pequeños milagros del arte cinematográfico, una maravilla que te emociona cada vez que la vuelves a contemplar, que te turba, y que, el más grande de los milagros, te clava al sofá delante de una cadena que no tiene el mínimo rubor en trocear esa obra de arte para recomendarte pomadas contra las almorranas y coches con mp3 de Shakira incorporados. Basta un segundo de Manostijeras para volver a su mundo y olvidar el suplicio de jabones y refrescos de cola previos. Un segundo para volver a flotar por la noche bajo una lluvia de hielo y nieve.




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