27 julio 2007

PEQUEÑA MISS SUNSHINE, de Jonathan Dayton y Valerie Faris


Una familia modelo, perfecto trasunto del ideal conservador americano, atraviesa Estados Unidos para hacer realidad el sueño de su benjamina: participar en un concurso de belleza infantil. La familia unida es la clave para superar los problemas y avatares de la modesta aventura, y finalmente la niña desfila para orgullo de sus padres pluscuamperfectos, encantador hermano, entrañable tío…hasta el abuelo, en el cielo (fallece en el camino, tristemente), se alegra de la dicha y el logro de su nieta. 100% Disney, ¿verdad?.
Apliquemos idéntico argumento y mensaje a una familia donde el frikismo y los perdedores son el máximo común denominador. Pues yo sigo viendo un relato de exaltación de los valores más conservadores, pero ahora falaz, maquillado de falso indie, y en cierto modo, avergonzado de su naturaleza. No me vale. Me huele a trampa, a trampantojo. Prefiero la blanca exaltación de una historia transparente en su moralina, a este cuento donde un padre perdedor, un hijo imbécil (no, perdón, un chaval obsesionado por Nietzsche que decide no hablar) y un abuelo adicto a las drogas esnifadas… me quieren colar la misma idea: la familia es el eje vertebral que sustancia el modelo de vida ideal (americano, pues), y su unidad vence los baches del camino.
Todo ardid simbólico (la “fregoneta” como trasunto de la vida…), toda impostura estilística (música independiente como banda sonora cool, fotografía y planificación muy de cine alternativo), me quiere llevar por un lado, pero sólo es el mayor de los espejismos, de los trampantojos que decíamos antes. Cierto que hay algún gag cómico que consigue arrancar la sonrisa (sobre todo en relación con esa furgoneta destartalada), pero no, no es suficiente. Si quieres ser conservador, defiéndelo sin trampas ni cartón, no me tomes por bobo.

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