16 octubre 2007

agüita amarilla

Hace años, cuando la lozanía nos permitía recorer mundos con mochila, descubrí en Alemania la cerveza de trigo. Dejémoslo en deliciosa, una sensación perdida que ese bodrio con sabor a patata fermentada agazapado bajo los faldones de un monje nunca me devolvió. Como tampoco me dediqué a buscar buenas cervezas trigueras desde entonces (y hablo de hace más de quince años) el encuentro casual, vía gran superficie comercial, de la rubia de la foto supuso una notable alegría. Su cuerpo turbio, su aroma tenue pero sólido, su sabor, suave y ligeramente exótico, recuperaron sabores que creía perdidos para mi paladar.




Y ya saben, la cerveza NO engorda. Engorda la tapa, y la privación de los pequeños placeres consumidos con moderación (lo que además nos convierte en pequeñas cosas tristes que se arrastran).

1 comentario:

Ximo dijo...

Cuanta razón tienes Señor Punch, que bien sientan unas buenas cervezotas siempre que no abusemos de ello. Nunca defraudan, sean rubias o morenas. Si ademas van acompañadas de buena compañía, buena conversación y una buena tapita, mejor que mejor.