31 enero 2007

EL ÁRBOL QUE DA SOMBRA (1), de Osamu Tezuka

Tezuka es llamado, empecemos con los tópicos, el padre del manga. Lo cual no es exagerado si por tal entendemos su referente del mismo modo que Hergé lo es para la historieta francesa. Su producción es enorme, abarca todos los géneros y, hacia el final de su carrera, derivó hacia terrenos adultos, comprometidos incluso, en tebeos donde nunca deja de identificarse su estilo dinámico y vibrante, y donde nunca renunció a un dibujo infantil pese a abordar situaciones, temas y personajes complejos.
El árbol que da sombra es, por temática (lo histórico, se sabe, me hace tilín), el Tezuka que más me podía apetecer. Ocho volúmenes, más de dos mil páginas, para narrar a través de dos figuras protagonistas y mucho secundario un momento fascinante (y desconocido) de la historia japonesa, época de cambios y permeabilidad a occidente. Un panorama por el que nos conducen las historias cruzadas de un joven samurai que representa la tradición, y del propio abuelo del autor, médico en ciernes que adopta las técnicas y filosofía de la medicina holandesa.
Posiblemente lo leído, el volumen primero, es demasiado poco para sacar conclusiones globales, pero como este nº 1 rebasa las trescientas páginas, bien podemos ir señalando algunas impresiones:
La primera es que nos enfrentamos a un tebeo caudaloso, una saga de proporciones gigantes donde diversos hilos e intereses son manejados por Tezuka con maestría.
La segunda, que todo se percibe sin artificio. Tezuka es un maestro de la narrativa en viñetas, y todo, hasta lo más desmesurado, fluye en sus mangas con aparente sencillez, con la naturalidad con la que fluye un río, por caudaloso que sea éste. Es el mayor piropo para un autor que no se arreda ante retos de la envergadura de este Árbol y su sombra, su natural habilidad de historietista.

(ilustración tomada de conCdearte)

Y ello me lleva a otra tercera y última apreciación: la capacidad del autor para cruzar tonos distintos con la misma soltura con que engarza su enorme puzzle narrativo. Si complejo es el asunto que se nos narra, una época de cambios y rupturas en el Japón del siglo XIX, no menos difícil es conseguir que, con asombrosa naturalidad, casen el relato histórico, el romance, el gusto por la medicina de Tezuka, la aventura de samuráis, el erotismo, el humor, la acción y toda su gama de distintos modos y tonos.
En resumen: a siete tomos como éste de su final, ya puedo ir especulando con que El árbol que da sombra (título metáfora del gran árbol protector podrido y hueco por dentro) va a resultar una obra maestra de uno de los grandes maestros de la historieta. Por lo pronto, su arranque lo ha sido.

28 enero 2007

CRASH, de Paul Haggis

Crash fue la sorpresa del 2005, la ganadora “autoral” de la última entrega de los Oscar, el peliculón que sumaba mensaje + gran estilo, siendo considerada unánimemente como una de las grandes cintas del año. Bien, entonces apártense, que voy a salpicar con mi sierra mecánica. Porque a servidor, que la acaba de ver, no le parece nada de eso, y sí un producto trabajado al milímetro para arrasar en esos premios tan americanos llevándose al agua todos los gatos.
Su estructura fragmentaria da el aire de cine de arte y ensayo, pero creo que va siendo hora de darnos cuenta que cortar y pegar no es en sí nada bueno, ni malo, ni mejora ni empeora, y sólo debería entenderse como un medio más para transmitir una idea global, más allá de un artificio. Vale que Crash sostenga su uso en la coralidad, pero esto no salva la cinta de la quema, ya que al final todo confunde (innecesariamente) más que aclara.
Por otro lado, tenemos El Mensaje. Esta peli es sopaboba para los sectores acomodados de los USA, sostiene cuatro clichés en unos personajes sin fondo: los negratas macarras delincuentes (destinados a una muerte cruel o a ver la luz de la verdadera dignidad) con un repetitivo discurso afro americano sin matiz, el político que lava su cara con hombres de paja (negros), el buen padre trabajador y honrado, el poli corrupto, el moro que lleva un pequeño comercio sin casi saber el idioma, y que es desconfiado, odioso, mezquino (toma oda antirracista, por cierto)… Todos esos personajes presentan un concepto, y reciben una antítesis en forma de revelación o de destino más o menos fatal. Pero como falla la base, no hay hondura, todo es tópico, y además, argumentalmente, conducido por el efectismo, para que el espectador se asombre, “ostrás tú, era él!!!”… pero con el mismo discurso con que arranca la cinta: el racismo es malo, y aún hay en nuestra america de progreso y libertad (en la que el hermano de un delincuente puede ser poli... USA is justice).
Y por último me molesta la fotografía “bonita”, los ralentí a tutiplén, remarcando esos momentos de "verdadero impacto emocional" (¿emocionan unos cuantos estereotipos? A mí no), y la banda sonora, efectista.
Que con todo la cinta atrape habla de la habilidad del debutante Paul Haggis, pero no nos engañemos… estamos ante un Amenabar en ciernes, un tramposo con aureola que va a dar más que hablar.
Crash catacrash

21 enero 2007

(diario de) Avisos

estodigo no dice nada. Calla, y duerme temporalmente.
Quienes me leen lo han comprobado, y seguirá así unos días.

Cuestiones personales, incidencias... digamos que el Señor Punch se ha metido en laberintos de los que sabe encontrará la salida, pero no cuándo.
Pronto, deseo.
Y que ustedes disfruten, entonces, de nuevas tonterías en este blog.
Mientras, a duras penas consigo cumplir en mi cita mensual con Sobre Sandman, aquí, gracias a que ya estaba préviamente redactado el texto.

Estodigo no cierra, pero no puede trabajar.
Así pues,hasta (muy) pronto.

16 enero 2007

PERÍODO GLACIAR, de Nicolas de Crecy

Un lejano futuro glaciar, donde cualquier vestigio de nuestra realidad ha desaparecido. Apenas quedan pistas de una cultura irremediablemente desaparecida, una Europa hundida en la nieve y el hielo, que un grupo de aventureros quieren redescubrir ayudados por una suerte de mascotas cruce de perro y cerdo dotados de inteligencia. Es un punto de partida sugerente, genérico, que se convierte en algo más, o en otra cosa, cuando fortuítamente el comando descubre los restos del Louvre. A partir de aquí asistimos a una disertación con formato de historieta sobre el arte, la historia, la muerte y la fragilidad de la existencia, la historiografía como ciencia inexacta, la imagen como forma narrativa anterior a la escritura, el poder del arte como símbolo, totem o icono (de los dioses babilónicos a los superhéroes Marvel) … Definitivamente Nicolas De Crecy ha abordado los temas más trascendentes en un tebeo ágil, de tintes surrealistas (que personalmente me sobran un poco en este tebeo, me refiero a esa segunda parte en que las obras entablan un diálogo con el perro-cerdo Hulk).
Destacan escenas tan descacharrantes como la interpretación de nuestra civilización a partir de considerar los cuadros del muséo de un modo secuencial, como si contasen una historia articulada…como si fueran un tebeo, vamos (y en ello se apunta otro tema, el natural narrativo que en la imagen pictórica subyace).
Y en el aspecto gráfico, se agracece que el evidente y fenomenal virtuosismo de De Crecy no olvide el medio: hay mucho de buen cómic, mucha elegancia narrativa en estas páginas rebosantes de color, en las que las acuarelas del dibujante (es un suponer, desconozco qué técnica utoilza de Crecy para el coloreado) se imbrican sin problemas con óleos renacentistas sin que la mezcla chirríe.
Ah, que este tebeo haya sido realizado en francia con la activa participación del museo del Louvre da una imagen bien distinta de la consideración que los galos tienen de la historieta como medio artístico. Quizá algún día, al otro lado de los Pirineos…

15 enero 2007

el Sur, que también existe

Ayer ocurrió lo insólito: creo que es la primera vez que veo Al filo de lo imposible, y reconoceré hoy que he disfrutado. No suelen interesarme este tipo de glosas de escaladores y otros bípedos, pero sabía que en su nueva andadura se abordaba una serie sobre la Antártida, y pensé, con acierto, que al menos sus imágenes serían cautivadoras. Lo son, y más: el programa buceó en la historia de aquellos científicos que intentaron, como estos tele-aventureros hoy, conquistar el continente meridional, en aras de la ciencia, de modo que esta aventura hereda una apasionante tradición que además se vincula a intereses menos espúrios que los de la gesta deportiva.
Paisajes de vértigo, sensaciones de pequeñez y admiración (por la naturaleza, y también por quien la busca en los lugares más inhóspitos), historia... incluso anoto una posible lectura (
El peor viaje del mundo,de Cherry Garrard), y mucha belleza gélida. La música, eso sí, mejorable, pero bueno, no es mal resultado para un documental, género que no suele retenerme ante la caja tonta.

14 enero 2007

LOS COMBATES COTIDIANOS 3: LO QUE DE VERDAD CUENTA, de Manu Larcenet

Hace unos días Pepo Pérez me pedía una crítica de Los combates cotidianos 3: Lo que de verdad cuenta. Uno que es solícito sacó de la manga unas líneas al respecto, que repesco aquí, le doy las consabidas estrellitas, y remato con un consejo: al final, enlazo el texto que Pepo ha colgado en conCdearte. Allí disfrutarán nuevamente de esta reseña, así como de interesantes muestras gráficas que Pepo ha escaneado, y también de los numerosos y siempre cabales comentarios, con su dosis de polémica y desacuerdo.

Había leído con interés creciente los dos primeros álbumes de Los combates cotidianos, obra por cuya tercera parte Manu Larcenet está recibiendo el aplauso unánime. Desde un primer álbum correcto, con un dibujo atractivo, un tema hondo pero con grandes dosis de humor, y con titubeos efectistas como el empleo desmedido de las pausas de silencio, el galo saltó a un segundo libro mucho más sólido, donde maneja con soltura varios asuntos (el compromiso, el miedo a la vida, el humor cotidiano y cierto toque social) hasta llegar a un final brutal, con el suicidio del padre del protagonista.
En este punto inicia Lo que de verdad cuenta, y lo hace como es lógico desde la negrura, el vacío y la desesperanza. Larcenet domina ya sus recursos. Es notable su capacidad para crear diálogos naturales (que ahora, a veces, ay, ahoga en soliloquios profundos) Sus pausas de silencio ya no son torpes (ya no lo eran en el 2º libro), su dibujo gana enteros, en expresividad, soltura y espontaneidad. Y en los temas que se tratan ya no cabe el humor, o es “humor con sordina”. Diría que la idea a transmitir es que no hay válvulas de escape cuando se cierra una puerta a tu vida de un modo tan brutal. Todo es grave, y eso se traduce en un álbum oscuro, hundido, excesivamente trascendente, y deprimido. Casi deprimente.
Todo ello, si contemplamos el tebeo como unidad, lo convierte en un cómic pesado, denso, donde hecho de menos la frescura y la ligereza de los mejores momentos de sus precedentes: los mismos que daban, por contraste, fuerza a los asuntos más serios (ej, el final de Los Combates 1, una torpe y sentida declaración de amor, aún me emociona al releerla). Por eso, en su gravedad afectada, este libro me resulta una lectura menos lograda que Tantas pequeñas cosas.
No obstante, y si ahora lo contemplamos como un eslabón más en un “work in progress”, es muy posible que el tercer Combate, en su oscuro nihilismo, sea un acierto, un nudo en medio de una historia que necesitará de este momento para sacar conclusiones (porque aquí no las hay, afortunadamente), crecer en sus nuevas ramificaciones (no desvelo nada aclarando que la paternidad es un fantasma que ronda desde siempre, y que terminará por cristalizar en la serie necesariamente), y abordar nuevos tonos (o recuperarlos). Por el contrario, vería como un error que este camino de “seriedad al cubo” acabe perpetuándose como “el verdadero camino a seguir”, anulando los logros pretéritos.
Por tanto, buena lectura, algo agarrotada en su pretensión de hondura y trascendencia, pero que, bien asimilada, puede significar un momento decisivo en la vida de Marco, el fotógrafo que, cómo no, todos conocemos como ¡Geooooges!

para leer el original en conCdearte, pincha aquí (nuevamente lo recomiendo)

12 enero 2007

más listo que el tebeo 5: tú ya lees tebeos

Permítanme una parada en el pollo teórico que tengo montado alrededor de la historieta, para hablarles de cierta reflexión que me surgió a raíz de los comentarios de la siempre bienvenida arck: ella comentaba, y es algo loable, haber comenzado a leer cierto tebeo, en una acción extraña en estos tiempos: alguien ajeno al medio se muestra receptivo y prueba. Al mismo tiempo comentaba que era su primera lectura de cómic. Bien, seguro que lo es si entendemos por tebeo algo parecido a un novelón, algo cerrado en sí mismo, una historia desarrollada en 300 páginas.
Y esa percepción, y ahora ya universalizo, me temo que es general.”Yo no leo comics” es una frase generalizada de quien presupone que de tebeos sólo Mortadelo o Capitán Trueno, y de chiquillo. Tampoco se siente lector de tebeos quien atesora en su librería todo Astérix y Tintín, simplemente por considerarlo para chavales (idea a la que me opongo, por las implicaciones éticas y estéticas que esconden ambas obras tras su primera lectura como artefacto juvenil, pero ese es otro tema)
Pero esa persona, casi siempre, sometida a un (cruel) interrogatorio, descubrirá que le gustan los comics, que los lee, que como adulto le traen buenos recuerdos y alabanzas, y que en su lectura no se autodescalifica, no se cree friki, ni infantiloide, ni pajillero bochornoso ni otro imaginativo descalificativo.
Porque historieta es una forma de contar cosas que no sólo se ajusta al formato de libro gordo y unitario. De hecho mucha gente no considera historieta lo que ciertamente lo es, lo disfruta y lo sigue religiosa o esporádicamente. Les dejo con la reflexión y con ejemplos de ello, que seguro han leído y disfrutado. Y que defienden.

















enlace a mas listo que el tebeo 4 leches, el teclado va loco...ahora ya no puedo acentuar

08 enero 2007

moral frívola (ni buena ni mala)

Érase una chica de pueblo, peluquera para más señas,que hizo un viaje a Cancún... y se la gastaron buena (que es mala, muy mala), y pasó cárcel y un infierno, una acusación injusta y quién sabe cuánto temor e incertidumbre.
Volvió, gracias al Cielo y a un abogado caro.
¿Y qué consecuencia directa tiene esta aventura? Pues Ana María, hoy, nos enseña las tetas.

Y no digo yo que esté mal, ni nada, la Rock Action de la dama de los peines. Tampoco bien. Simplemente, permítanme reflexionar a partir del caso respecto a la moral de este naciente nuevo siglo, y sus frivolidades (y sobre los procesos mentales que llevan a la cúpula de una conocida revista, a pensar que una chica víctima de una confusión terrible puede ser objeto del cuché de su portada y desplegable central).

05 enero 2007

LA COSTILLA DE ADAN, de G. Cukor

Igual que no acostumbro a hablar aquí de literatura ni de temas que siento que me desbordan, no pocas veces me planteo por qué reseñar las películas clásicas que veo o reviso. Posiblemente sea una cuestión de fugacidad, de plasmar, por egoísmo, para mí mismo, la sensación que me deja inmediatamente después el ver un clásico y que pronto se escapará. Con un libro, que te acompaña días, semanas, y cada vez más (lento, que voy), meses… no existe, salvo un poco al acabar, ese pulso que te impele a contarlo en el blog.
Bien, toda esta reflexión viene a cuento de La Costilla de Adán, uno de los puntos cardinales de parada obligada para entender la comedia clásica de Hollywood.
Conducida sobriamente y a la vez con una sabiduría al alcance de pocos(hay algunos fuera de campo que quitan el hipo, de pura maravilla), George Cukor dirige, o deja hacer, no sé qué decir, a dos de esos nombres que sostienen cualquier película:

Cuando Katherine Herpbuth y Spencer Tracy interpretaban comedia, la química de la pareja (sentimental en la vida real, es conocido) provoca magia de la buena: El recital de gestos, la compenetración del dúo, lo intangible (pero exacto) que desprenden sus miradas, se alían con un guión refinado, un humor brillante y sofisticado, una poco soterrada ironía, que enriquecen el film de un modo que hoy parece olvidado. Ya no se hace comedia así. Y lo siento.
¿Un pero? Hombre… si nos ponemos es obvio que el mensaje feminista (que no la guerra de sexos) obedece más a su tiempo que al nuestro, y aquí se nota lo que ha llovido desde 1949. Poca cosa para restar estrellas a una cinta que se devora sin mirar el reloj, que te hace reír de verdad, y asombrarte con dos actores grandes entre grandes, que aquí están en estado de gracia.

02 enero 2007

MICAH P. HINSON and the Opera Circuit

Ya lo saben, soy de los que prefiere el presente al pasado. Más si hablamos de rock. Suceden cosas mágicas, si vives el hoy con un interrogante hacia el mañana, cosas que nunca pueden ocurrir si sólo defendemos un tiempo pretérito en aras de una autenticidad de cartón piedra, más propia del yuppie que del auténtico amante de la música.
Sucede que un día Micah P. Hinson saca su nuevo Lp y te deslumbra. Lo oyes una, otra vez, te frotas los ojos porque cada nueva escucha (y partíamos del asombro) apasiona más y más, enriquece el disco, lo eleva.
Sucede que apuestas, y dices cosas como las que cierran este post.
Y sucede que cuando un año que uno ya creía que el bacalao estaba todo cortado, que discos como el de Jackie-O Motherfucker o el de Dominique A eran los mejores del año… se te cuela por la puerta de atrás y al borde del año nuevo “The Opera Circuit” y lo desbarata todo, y se hace con el podio de un modo inmediato, asombroso por inesperado y gozoso por merecido.
Micah P Hinson and the Gospel of Chorus fue un debut que daba pisas para seguir algo grande. Micah es un trovador de voz honda y dolida, cantautor que se acompaña de una banda numerosa y cambiante (de aquí que cada disco bautice al grupo con un nombre nuevo) que ha sabido forjar una personalidad única que se codea, ya, con Lambchop y Leonard Cohen, Tom Waits y Michelle Shocked, Smog y Nik Drake, Oldham y Neil Youg. Hace folk y country y los hace nuevos, vivos, entre trompetas coloridas y tristes violines, pianos cansados y crescendos eléctricos (You are only lonely, el subidón de guitarras más impactante del año), en once canciones sin fin, perfectas. Magistrales.
Acercarse a Micah P. Hinson es hacerlo a un autor que, hoy, labra en oro su nombre para el Olimpo de los clásicos absolutos. El tiempo me lo confirmará, y lo que sucede, cuando uno vive el presente…es que no es la primera vez que se acierta, y hoy puedo decir “Yo estaba ahí”. Lo estoy.



He encontrado esta delicatessen: Hinson desnudando She don't own me, tan magnética como engalanada por los violines en estudio, pero con la magia campestre de lo espontáneo. Todo vuestro