03 enero 2009

LOS CRONOCRÍMENES, de Nacho Vigalondo

De las varias aproximaciones a Los Cronocrímenes que he leído, la más interesante fue la que vinculó su narrativa a las características de los videojuegos. Abre un modo diferente de acercarse al debut largo de Vigalondo, y parece ser que se apoya en las propias declaraciones del director. Es evidente que hay puntos en común. Durante su primera parte, Los Cronocrímenes dispone el juego: el escenario, las piezas a encontrar (las misteriosas capturas de imágenes con prismáticos que el protagonista, notable Karra Elejalde, hace desde el jardín de su casa, entre el surrealismo y el terror inaprensible), propone finalmente una prueba (solucionar una paradoja temporal a paertir de esos elementos) y sólo después, digamos, empieza la partida. Como esto es cine, no se trata de aprender unas instrucciones y darle al play, sino crear un cuento de un modo paralelo a la forma de contar de un, por ejemplo, GTA (por decir, que yo de juegos ni flores).

¿Y qué nos cuenta Los Cronocrímenes? La misma partida repetida, lidiando con los mismos elementos de que el jugador-protagonista dispone-descubre desde el principio, y alterando la jugada basándose en la experiencia previa. Todo en un hilo argumental que se mueve en los tópicos de los viajes en el tiempo: un hombre entra en una máquina del tiempo para viajar a su pasado y rectificar sus propios errores una y otra vez.
Dicho lo cual, además Nacho Vigalondo urde un guión muy bien atado, y planifica con habilidad, ofreciéndonos imágenes tan interesantes como la inicial: un coche en primer plano desde atrás llega a su destino, pero el maletero se abre y va dejando un reguero de utensilios como estela. La forma de rodar este hecho anodino le confiere misterio y algo de angustiosa irrealidad. Hay más buenos ejemplos, y también clichés trillados, todo hay que decirlo. Pero en fin… seguimos viendo y reafirmandonos en que sí, hay buen cine patrio dentro de los márgenes de lo genérico (aquí, ciencia ficción muy sui géneris)
Y luego, por qué no decirlo, estas historias de paradojas temporales molan un rato (“¡dios mío, al final resulta que soy mi padre y mi abuelo, mi perro y también aquel vendedor de neveras…!”) ¿Qué no?

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