23 octubre 2008

ALICE DONUT, Fuzz

Hay bandas minoritarias. Alice Donut no cabe duda de que lo son: hardcore arty de culto para orejas inquietas, perpetrado por una banda que hace tiempo quedó en segundo o tercer plano informativo. De hecho, servidor los sigue desde el 91 y se entera en 2008 de su último disco… de 2006.
¿Y qué puedo decir de un grupo que sigo (cuando me entero de que mueven ficha, claro) desde hace más de diez años? Pues que el bacalao está cortado de antemano, que me alegro cada vez que aparece algo nuevo de los neoyorquinos, y después analizo los resultados. Pero en primera instancia, alegría para el cuerpo.
Alice Donut son la banda más a su bola de la escena post hardcore que conozco. Excesivos, agresivos, surrealistas, melódicos, iconoclastas, provocadores, adalides de lo políticamente incorrectísimo y del mal gusto entendido como arte (los quince primeros segundos del vídeo de abajo dan buena fe de ello), cacofónicos, irritantes, adictivos y geniales. Sus discos son lonchas de dislates y lecciones de magisterio: las guitarras basculando entre el hard-rock y el hardcore parecen estar improvisando una jam de disonancias, distorsión y desafines, el bajo tiene más músculos que el cuello de La Masa, inyectado de una potencia cuasi-funk brutal, casi tanto como la batería. La voz de Antona (orígenes cubanos y a veces guiños en castellano) es como un enjambre, personalísima e incordiante. Los coros ingenuos (maliciosamente ingenuos)… Y con todo ello montan enormes despropósitos sonoros donde cabe la melodía perfecta, la ferocidad más tortuosa, la sorpresa (esa tuba que aparece aquí o allá, cuando menos se la espera).




¿Podemos hablar de evolución? Hombre, sí. Podemos decir que fueron tremendistas (algñiun disco parece que se te caiga el cielo sobre la cabeza, al escucharlo) y desde hace años no lo son tanto, en beneficio de un atrevido sentido de la travesura (nuevos instrumentos, matices y sonoridades se han ido colando en cada nueva entrega, con más o menos acuierto).
En Fuzz, además, y tras un trabajo bastante tibio (Third), recuperan el pulso (y a miembros originales... no es lugar para detallar la historia de la banda, pero digamos que fueron cinco, luego tres y aquí cinco otra vez). Bien, ya dijimos que los Donut son excesivos, así que parte de su encanto es pasarse tres pueblos en cada nuevo disco, no dar nunca obras maestras pero siempre muchas sorpresas y excitación. Fuzz abre glorioso con (ojito, los títulos de Alicia Donut son de traca) Madonna’s Bombing Sarajevo, serpenteante barbaridad que abre entre alaridos y crece con constantes cambios rítmicos y sorpresas de todo tipo. Y como siempre, el disco va alternando algún momento menos acertado con bombazos: ahí incluimos la radiable The Perfect Me, un On It que no desentonaría en lo último de Black Francis, Carolina, su particular amago de balada al piano, o el cierre enervante de Norman.

Únicos.













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