28 febrero 2009

ANTONY AND THE JoHNSONS, The Crying Light

Hay que calibrar a Antony and the Johnsons en su medida real, más allá de globos mediáticos. Hay que comprender que personajes como él se pueden contar con los dedos de una mano, que son figuras singularísimas, artistas de aplastante personalidad que trascienden modas y géneros. Superdotados, bendecidos por la naturaleza (o por Dios, si se quiere). Individuos con un don (esa garganta) y con un carisma especial, singular y distintivo; en este caso es evidente, su androginia y su imagen de gigantón indefenso no tienen parangón en la historia, yendo más allá del megalomanismo de Boy George o del teatro Bowie… se lo siente real, freak intrasferible e incomparable. En cuanto a sus dones, la voz temblorosa, fragil y sensible de Antony ya lo aupa a determinado trono, al lado de los gigantes de lo vocal. Pero más allá de los regalos del destino, debemos también ponderar los logros del artista.
Antony es el compositor, un creador de atmósferas, el hombre que labra un estilo único y extemporáneo para vehicular sus tonos a media luz. Es, sí, esa garganta que llama la atención desde los anuncios publicitarios, pero afortumadamente también es mucho más que eso: un creador inteligente, de cultura musical exquisita que transita los bulevares de Edith Piaf, Billie Hollyday, Jaques Brel, o Tom Waits. Su música es refinada, pero puede caer, por sus virtudes naturales, en el exceso exhibicionista (¿no lo fue acaso la pompa de los tropocientos invitados de I Am A Bird Now, su anterior largo?).
Es fácil rendirse a la tentación de asombrar desde los trucos más sencillos cuando ya con abrir la boca vas a causar el asombro. Por eso The Crying Light es un logro en su corta carrera. Porque es un disco a soto voce, el murmullo confidente de un alma herida pero rebosante de amor, lágrimas de plata y cantos tranquilos. Las melodías se arrastran por sonidos jazz (One Dove) o pianos clásicos (Daylight and the sun), cabalgan blues recio (Aeon) o seducen casi a capella (Dust and Water). Nunca se exhibe, siempre emociona. Podemos pensar que peca de cierto continuismo. Es verdad que las espectativas forjadas por algunos temas de su maxi anterior, Another World, podían hacernos esperar un trabajo rompedor, un giro brusco. No, no hay giros en The Crying Light, sino cimentación de su propio sonido. Para algunos será un pero, para otros, evidencia que, carai, Anthony apenas tiene dos discos (más este) en su haber, un camino corto para un corredor de fondo. Yo, si me preguntan, diría que sí, echo en falta algo de tirarse a la piscina, pero tampoco es demasiado importante. Está puliendo su obra, que ya había cincelado, y comenzamos a verla en su exquisito acabado… quizá aún no sean tiempos de cambio para el andrógino cantante, quizá es demasiado pronto y aún está (o estaba, a la luz de este nuevo trabajo, una cima en sí mismo) creciendo como artista y no es tiempo de dar cambios al timón.
En todo caso me parece curioso que arrase esta “Luz que llora” en las superlistas de superventas, porque no es una obra fácil ni que entre al primer sorbo (melodías densas, ritmo anestesiado, música para acompañar el silencio). O no, posiblemente no debería impresionarme, cuando al final lo fácil es quedarse con lo más epiterial, esa voz de oro, que ya por sí misma merece la pena.
Lo dicho, Antony and the Johnsons han esquivado el peligro del exceso melodramático y gratuito para demostrar con un disco profundo y generoso (de esos que se enriquece con las escuchas) que es uno de los nombres propios de la década.







2 comentarios:

haddock dijo...

Sí señor. Uno de los pocos grupos mediáticos que valen la pena de esta década.

Giuseppe dijo...

I am a Bird, now es no de los cd que mas he escuchado el año 2008. Me parece relajante, ideal para uno de mis "vicios": leer con musica de fondo. Muy bueno