02 abril 2009

ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO, de Sydney Lumet

Sería una pena que alguien se fijase en el nombre de un director para prejuzgar una cinta en el caso de la que nos ocupa. Es muy común que asociemos los apellidos de los clásicos a un marchamo de calidad automático. Queda bien. Y digo lástima porque en cierto modo ello desdibujaría la notable calidad de la película per se. Antes que el diablo sepa que has muerto es cine del bueno, no por su director y el aura que desprenden nombres como el suyo (Lumet, oh, EL Gran Lumet y tal y tal), sino porque pocas veces uno se encuentra con una comunión tan perfecta entre forma y fondo, una historia tan magnética y unos actores tan pluscuamperfectos. O una dirección tan brillante, claro que sí.

Respecto a lo primero, mucho cine hoy recurre a lo fragmentario como ejercicio de estilo como Tarantino en general, o Crash, Babel etc), pero Lumet imbrica la forma al discurso, al mensaje. Una historia que se rompe como porcelana en frágiles trozos, un caparazón que se desarticula en una trama que comienza de género negro para saltar en mil pedazos con forma de drama shakesperiano. Una narración no-lineal para darle forma a ese fondo.
El argumento, un atraco por parte de dos hermanos a una joyería que resulta ser muy cercana, sirve a Lumet para desafiar las convenciones, parece reirse de las ataduras genéricas (esto es cine negro, pero...) articulando un discurso pesimista y sin esperanza sobre la sociedad actual (las escenas de drogadicción sobrecogen desde una frialdad brutal), sobre las relaciones humanas (en el fondo ¿quién quiere a alguien en "Antes que..."), sobre la insignificancia de la familia como eje vertebrador cuando no existen principios ni motivaciones. La citada sombra de Shakespeare es evidente en una trama de traiciones y venganzas dentro del seno de la familia, padres, hijos, mujeres, maridos y hermanos quebrándose en un viaje, casi, hasta la locura. Nada es fácil o esperanzador en la película, pero la satisfacción, digamos, intelectual es impagable.

Los actores, con Hoffman a la cabeza, son de antología. Marisa Tomey luce su desnudez y genera con discreción un nuevo icono erótico (esa escena en tacones...), Ethan Hawke y Albert Finney, perfectos en su administración del sentido trágico que necesita la historia... y Philip Seymour Hoffman, joder, creo que no hay, hoy por hoy, un actor de su calibre (por cierto, la ví en versión original, con lo que el asombro ha sido tremendo... qué voz, qué modo de modular, qué gobierno de la, perdonen la pedantería, la declamatoria -no se me ocurre otro mod de describirla-). Un Oscar y doscientos más para él.
Y de la forma, la dirección de Lumet, eso en lo que lamentablemente no pierdo tiempo y desatiendo (yo veo cine para relajarme, ya sabéis, no ando con mi libretita y mi lapiz tomando notas, los exámenes de Hª del cine hace mucho que los he pasado ya), y aunque temo que la peli es digna de un análisis más pormenorizado y sistemático, no cabe menos que decir: brillante, con unas ideas de sonido excepcionales y es increible cómo domina Lumet los planos generales y la profundidad de campo, qué maravilla ver cine de este, del que juega magistralmente con los elementos del encuadre. Estilazo.
En fin, que hay que verla, amigos...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Coincido plenamente, una gran peli, y ese nuevo mito erótico, menudas Tomas de la TOmei.
Miguel

Álvaro Pons dijo...

Para mí, la mejor película del año. A años luz de cualquier otra.