01 septiembre 2009

un viaje por la reciente historia de España: EL ARTE DE VOLAR

Artículo editado en el faro de Vigo

La vida de un hombre anónimo y sencillo se convierte en lazarillo del lector a través del siglo XX español en “El arte de volar”.


La primera edición de este cómic es de mayo. Un libro en tapa dura, en una edición limitada y numerada. La segunda salió un mes más tarde, una versión digamos de bolsillo, más económica pero igualmente elegante. Que un cómic aparezca así, en dos formatos y primeramente “de luxe”, ya avanza la consideración que la editorial De Ponent tiene respecto a su producto.
Y es que “El arte de volar” supone uno de los puntos de fuga más interesantes del moderno tebeo nacional, una obra que nace de una necesidad y se convierte a su vez en una lectura cuanto menos enriquecedora. Nace de una necesidad, decimos, la de su autor, Antonio Altarriba, de enfrentarse y aprender de la vida de su propio padre. Con noventa años, este puso voluntariamente fin a su existencia en 2001, y su hijo, sobre unas notas y memorias dejadas por Altarriba senior, reconstruye la trayectoria de un hombre que es la historia española desde el reinado de Alfonso XIII hasta el gobierno de Aznar. Todo visto desde la perspectiva parcial, apasionada, inocente, comprometida, inexacta y auténtica, de un solo hombre… a través del entendimiento de su propio hijo, el guionista.
Por lo tanto, “El arte de volar” plantea un doble discurso. Es una mirada a la España del siglo XX, o de cómo la Historia marca las pequeñas intrahistorias personales. Y es el exorcismo necesario del hijo para comprender la terrible decisión del padre, y la enseñanza moral, ética, que la vida de éste ha dejado en aquel. Y finalmente, se constituye en una obra universal en la amalgama de sus dos intenciones, resultando para el lector un libro que revela la azarosa realidad de nuestra sufrida piel de toro, de la injusticia, el hambre (real, intelectual), la dureza de una centuria tortuosa. Nos enfrenta a la necesidad de aprender de nosotros mismos, de ponernos en el camino recto y no repetir errores innecesarios. También es el discurso ético de cómo cada uno debe asumir sus credos personales y entender el verdadero sentido de la felicidad, que se encuentra en el soporte necesario que suponen dichas convicciones profundas.
A mayores, hay que hablar del dibujante Kim (bien conocido por su “Martínez el facha”), de su capacidad para encuadrar el momento exacto con precisión, sin escatimar detalles pero jamás agarrotando la viñeta, potenciando las expresiones, los silencios y los excelentes textos y diálogos, llevando al lector en volandas a través de una planificación de página medida, alérgica al birlibirloque pero nunca monótona, sino dinámica y casi dúctil.
Ya se habla, en fin, de obra maestra de la historia del tebeo. Antes que discutirlo o refrendarlo ahora, lo mejor será dejar al lector que él mismo decida, aconsejándole, eso sí, que no pierda la oportunidad de leer esta novela gráfica. Pese a su dureza y sabor agrio, uno cierra su contraportada más sabio que antes de abrir el libro.



Y añado concluyendo más allá de lo escrito en prensa: un muy, muy buen tebeo, profundo, conveniente, que no obstante nunca diría que es una obra maestra. No, no es perfecto, quizá se extiende innecesariamente, y a veces es redundante en su planificación, enfática. Levísimos peros frente a sus numerosas virtudes.

1 comentario:

julio dijo...

Pues lo acabo de leer y me ha dejado impresionado, anonadado, admirado y me parece bueníííísimo.Tanto el guión como el dibujo.
Creo que el artículo del periódico hace un análisis certero y nada exagerado.