24 septiembre 2009

en torno al mito: GRAN TORINO, de Clint Eastwood



Lo más destacable de la última de Eastwood, más allá de su evidente estilo, su capacidad como director, sus, en fin, excelencias habituales (todo aquello del último clásico de Hollywood), es el discurso que establece a un nivel más profundo que el del mero argumento.
Lo que en otras manos no pasaría de ser una versión de "Karate Kid" sin kárate (el tutelaje de un joven perdido por parte de un sabio viejo, que le adiestra en determinadas disciplinas a través de las cuales aprenderá el oficio de la vida, todo con toques raciales) resulta aquí, en el rostro y el porte del viejo vaquero/justiciero, una revisión crepuscular del propio icono-Eastwood. Y de paso, del espíritu estadounidense, de sus valores y su ética (en lo bueno y en lo malo), reflejados en uno de sus personajes más básicos, el Dirty Harry, ahora anciano y sin metas. Ajado por la vida real, triste y malencarado con la existencia. Como en la cinta del kung-fu aquella, el maestro finalmente es quien aprende la lección. Afortunadamente, Gran Torino es mucho más que una memez para adolescentes: supone el discurso postrero de Eastwood sobre su carrera y su vida, elevados a iconos americanos.

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