20 noviembre 2009

EL VECINO 3, de

Empiezo para hablar de El Vecino 3… pensando en la tele. El secreto de las sitcom reside antes que en su forma, en su guión, en la eficacia de los diálogos, las réplicas y las contrarréplicas chispeantes, y en lograr escenas brillantes antes que conjuntos cohesionados. También en la fuerza de sus personajes. Éstos, en las mejores “series de risas enlatadas”, parten de trazos gruesos para, capítulo a capítulo, temporada a temporada, capa a capa, componer caracteres multidimensionales.


No importa pues que los actores amaneren su composición, o que los decorados sean más o menos pobres. Nunca se entendió en España, donde el “toque” de calidad de las teleseries está siempre en “salir a la calle”, “superar el estudio”. El Vecino 3, en cambio, participa de aquellas características y las eleva a su máxima expresión (hay, evidentemente, dos Vecinos anteriores). Sus autores han estilizado su propuesta, desarropándola de artificios para centrarse en lo esencial. Les ha salido una jugada redonda, y además va mucho más allá de la mera “comedia de situación” (pudo serlo, acaso, en su primer tomo), aunque en sus páginas hay no pocas situaciones de gozosa comedia (y muy eficaz, anda que no me he reido).


En esta tercera historia de la azarosa amistad entre un apocado opositor y un superhéroe/desastre, la narración se vuelve aparentemente invisible (con una inamovible página de tres por tres, nueve viñetas iguales y sin juegos de diseño lustrosos), el dibujo va a la esencia, prescindiendo a menudo de fondos, y centrándose en los gestos, en el lenguaje facial y corporal (magnífico trabajo). La composición, además, es cuidadosa, pues ello no se riñe con la discreción, con esa intención de narrar de un modo inadvertido. Ejemplo; varias veces el cambio de escena se remarca con un significativo cambio de eje, o con una ruptura del plano.


Pero lo mejor del dibujo está en comprobar cómo El Vecino 3 transmite su discurso desde el mismo apartado gráfico. Desde esa sencillez (que no simplismo), desde el voluntario empleo del blanco y negro (salvo un circunstancial y muy simbólico escarlata), pero también desde algún toque sutil pero significativo, algún cambio leve en el estilo que nunca es remarcado… pero está ahí, para el ojo atento. Todo ello dejando libertad para la interpretación subjetiva de cada lector. Otra vez acudo al ejemplo: es significativo que al final del relato, en la página 132, en una viñeta Pepo Pérez retrata a Javier con detalles realistas. Sombrea y da volúmenes por primera vez a un rostro (que nos observa silente). Queda así marcada la importancia del momento, pero no explicitado el sentido del mismo. Es cosa nuestra redondear su significado.


Añadamos al análisis (espeso y quizá confuso, pero ya acabamos, tranquilos) que en su guión (de Santiago García, que se sale) el drama se ha imbricado admirablemente con lo cómico, que la hondura de las situaciones es mucha (esa red de mentiras y omisiones para mantener equilibrios sentimentales), que cuando toca reir lo haces a gusto (ah, ese enemigo invisible, muy, demasiado invisible), o que a día de hoy es muy difícil encontrar unos diálogos tan precisos y fluidos. Tan brillantes.


Así que en fin, tenemos en las manos uno de esos tebeos que merecen la pena. Muchísimo

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