05 diciembre 2009

El dios del cómic

El estadounidense Robert Crumb, uno de los más importantes autores de la historia de los cómics, ilustra el Libro del Génesis en 220 páginas, sin saltarse una coma del libro bíblico.

Para entender la importancia de “Génesis” (Ediciones La Cúpula) no está de más comprender la dimensión de la figura de Robert Crumb. En los años sesenta abanderó el “comix underground” con su revista “Zap Comix” y personajes irreverentes, paródicos y tan redondos como el Gato Fritz o el gurú Mr. Natural. Su estilo de dibujo, virtuoso pero de acabado tosco, su humor tan socarrón como salvaje, su compromiso con la contracultura que no se reñía con la ácida crítica a lo más parodiable del movimiento hippie, hicieron que Crumb haya quedado como el más alto ejemplo de ese cómic contestatario, joven, procaz y voluntariosamente antisistema que triunfó en los sesenta y setenta, y que en España influirá enormemente en cabeceras como la revista “El Víbora” o personajes como “Makoki”

Pero Crumb es más grande que un mero representante de un movimiento o escuela dentro de la historia del cómic, hecho que trasciende. Conviene decir que a estas alturas el dibujante ya había tocado el cielo, era lo suficientemente famoso como para que en 1969, ilustrase la portada de “Cheap Thrills”, el famoso disco de Janis Joplin (tan famoso como la espléndida portada crumbiana, por cierto). O que su personaje felino fuese llevado al cine (por Ralph Bakshy en 1972). Ostentaba, sí, un determinado olimpo, pero al tiempo acabó harto (de la industria, de los desaprensivos, del hippismo… de todo). Durante los setenta vivió retirado, montó su grupo de blues rural (“Cheap Suit Serenades”) y buscó su propia felicidad (incluso en este período será cuando se case por segunda vez, con su pareja definitiva, Aline Kominsky). Y en 1981, renace (centrado, feliz, nuevo) con otro título de cómic, “Weirdo”, donde se acerca al realismo trasladando experiencias narradas por el escritor Phillip K. Dick, o confesiones en primera persona, autorretratos de una personalidad obscena, gamberra, acaso frágil, mezquina, y tan transparente que casi da pudor. Así podremos definir a Crumb, también, como uno de los padres del cómic alternativo de los noventa, y por extensión, de la mayor parte de autores que, desde una independencia artística insobornable, anteponen su personalidad a cualquier antojo de una industria del “entertainment”.

Y tras semejante currículo, nuestro autor acaba de entregar “Génesis”, un bestial “tour de force” en que se ha enfrentado al reto de llevar al cómic todo el primer libro de las Sagradas escrituras. Y ojo, según asegura él mismo, hablamos de adaptar el texto íntegro, sin dejarse ni una coma. Sólo un artista con la inabarcable capacidad técnica de Crumb podía conseguirlo. Sólo alguien que sabe convivir con la obsesión y convertirla en arte puede lograr que la aventura no sea un despropósito. Y así, acabando la década, el dios de los cómics ha recreado al Dios Creador del Antiguo Testamento en una obra de pulso terrenal, agnóstico (Crumb no es religioso), humanista (pues esta historia refleja la naturaleza del hombre en un texto ancestral). Génesis es la definitiva y contundente prueba de que pocos vuelan a la altura de Robert Crumb, y al tiempo resulta uno de los cómics más importantes de esta década. El maestreo de los sesenta sigue siéndolo en el siglo XXI.





En fin, un tebeo como la copa de un pino, otra obra maestra editada al final de la década para cerrarla con broche de oro... y me falta tiempo para hablar de cómo dibuja Crumb, de cómo ese grafismo contiene mucho discurso, cómo de tan terrenal (o terroso, fangoso, matérico) consigue que leamos el Génesis con ojos agnósticos aunque no se salte ni un hecho milagroso de la narración. En su Génesis Crumb ve el reflejo del ser humano en sus miserias y grandezas, pero sin enmascarar las primeras, con ese trazo minucioso pero carnal, más atento al Hombre que a sus dioses.
En fin, una gozada, que debería haber respetado su portada original, una maravilla pop que evoca los viejos cómics de los cincuenta, con sus cartelas de reclamos sensacionalistas ("¡no nos dejamos nada fuera!", exclama socarrón) y sus colores chillones (por Dios, ese amarillo pollo!!!)


Como siempre, texto original prepublicado en far4o de Vigo este viernes.

1 comentario:

cewitail dijo...

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