El nuevo disco de Magik Markers pisa con seguridad. Si su anterior Boss demostraban dominio sobre las lecciones de sonic Youth y la no-wave, ahora quieren ser ellos los maestros de generaciones futuras. No hacía falta, Boss ya va perfilándose (para menda, al menos) como uno de los discazos de guitarras de la década, una implosión de furia controlada que da sopas con hondas a la mayoría de nuevos cachorros del ruido blanco americano. Balf Quarry abre con dos temazos que conducen su pasado hac
ia el blues pantanoso y hacia formatos de canción casi, casi estándares. Y de pronto te estalla en las narices Jerks, menos de dos minutos de bestialismo cosecha Royal Trux (o Pussy Galore, casi mejor). Pupita anarko-sonora, herencia de las alcantarillas que transitaron Jon Spencer y amigos antes de domesticarse.El viaje prosigue por carreteras secundarias inesperadas: asonancias a lo freak folk (mejor no investiguen la etiqueta si no la conocen de antemano... chungo chungo), pianos crepusculares, no-wave y Sonic Youth asomando aquí y allá (inevitable), y algún amago de medo tiempo.
Así, frente al paquete-comansi/paquete-completo de su predecesor (bueno, o así lo recuerdo hoy por hoy... no lo escucho hace tiempo), Balf Quarry supone una travesía sin brújula, más sorpresiva aunque (o por, quizá) menos compacta o redonda.

Y lo hace sin dar tregua, tensando la paciencia del espectador en una trama que es un verdadero arabesco, un monumento a la relatividad temporal. Si hasta ahora Perdidos se apoyaba en técnicas de flash back(miradas al pasado de los nuevos Robinsones) y flash-fowards (oteando el futuro e imponiendo así nuevos enigmas), la quinta temporada se articula como una cadena de adn en torno al tiempo. Los protagonistas, hasta ahora presos en él, ahora trascienden la cuarta dimensión y la recorren, van del pasado al presente y de este al futuro, hasta que dichos conceptos (lo que es, lo que fue y lo que será) dejan de ser consistentes y pasan, definitivamente, a relativos.











Bueno, la verdad es que leída entera la noticia, todo es más digno que el despropósito que augura el titular: se trata de las siete canciones favoritas de su difunta mujer (víctima de la leucemia), que son las que él le cantaba en sus últimos días. El disco no se venderá, sino que fue objeto de una subasta benéfica en Londres, y oído un segundito por la radio, qué carai... visto lo que rodea a "Canciones para Raísa", Mihail ni siquiera canta mal.


















