21 febrero 2010

DONDE VIVEN LOS MONSTRUOS, de Spike Jonze

Donde viven los monstruos está suscitando, entre sus escasos detractores, algunos comentarios que me hacen pensar que no se entiende la intención de Spike Jonze. Que si los monstruos son peluches grandones poco verosímiles, que si el niño es odioso... pero yo no veo tanto un niño, un determinado personaje, como la representación de una fase muy propia de la infancia, así, casi en abstracto. En este sentido, Max, el protagonista de esta brillante película, materializa un estado infantil muy concreto. Representa ese estado de rabia irracional, que todo infante sufre (más bien lo sufre el padre/madre), ese grito sin causa, o que excede en su magnitud infinita a aquella frustración que lo provocó. Un angst irracional, extremo, que hace al crío querer escaparse del mundo, odiar a su madre, a sus amigos, su calle, sus juguetes, todo. Y si pudiera, arrasaría su barrio con sus poderes de Superman. Y si pudiera, apagaría el Sol. Y si pudiera, cogería un bote y navegaría, escapando de casa, hasta llegar a un lugar mágico poblado por monstruos enormes (aunque a nosotros nos parezcan peluches, inverosímiles). Y sería su rey. Pero ya sabemos que, también, los sueños de los niños a menudo se vuelven sus pesadillas.

Todo esto es lo que nos cuenta Donde viven los monstruos, siempre desde el punto de vista del niño, ya desde las exquisitas primeras escenas cotidianas (la casa, la madre, la nieve, los chicos del barrio, todo se mira desde la perspectiva de Max). Y con una interpretación brillante por parte del joven Max Records (que a veces no verá muertos, pero qué bien refleja esa mirada asombrada ante las "Cosas Salvajes"). Y, salta a la vista desde cualquier foto publicitaria, con una fotografía simplemente asombrosa, bellísima.

Tanto como la banda sonora, de lo mejor, un discazo del grupo fantasma Karen O and the Kids del que tendremos que hablar por aquí, algún día.
Si algo no nos ha gustado, ha sido leve. Sobran minutos (sin ser un film largo, pero yo lo dejaría en quince minutillos menos, que me sobran en su zona central) y falla alguna escena desde la perspectiva no del chaval, sino de alguno de los monstruos. Esto último rompe con la premisa que da fuerza a la peli, a mi entender, pues todo aquí debería verse desde Max. Los monstruos no existen si no son desde el ojo de Max.
Pequeñeces que no ensombrecen una cinta de ritmo lento, como el principio del sueño, de imágenes brumosas, poéticas, y mensaje de fondo nada amable y mucho menos infantil (no se les ocurra ponérsela a su hijo pequeño ni de coña, es pesadillesca)

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