20 marzo 2010

Jason, el moderno renovador del cómic europeo.

Publicado originalmente en el faro de Vigo

“El carro de hierro” es la adaptación de un relato de misteriosos crímenes, un clásico de la literatura noruega que Jason lleva a su propio terreno.


La reivindicación del cómic como arte en los sesenta se produjo mediante la estilización de lo gráfico. Fue una tendencia que prosperó en los setenta y los ochenta con autores que despuntaron mediante estilos plásticos sugerentes, bebiendo del diseño, la arquitectura o la pintura moderna (con una curiosa querencia hacia el expresionismo en no pocos casos). Sin embargo la maduración del cómic de los últimos años transita novedosas opciones. Desde la autoconsciencia del medio (y sus creadores) de que la historieta es un arte, con sus propios recursos expresivos y sus logros propios (no por mera extrapolación de otras artes), los autores más jóvenes y osados han renovado el medio sin acudir a préstamos externos. Han revolucionado el cómic desde la propia tradición del cómic. Con su lenguaje personal e intrasferible.

Esta introducción sirve para comprender mejor a Jason. John Arne Saeteroy (de nombre artístico Jason) nació en Molde (Noruega) hace 38 años, es autor de una obra ya extensa (su carrera comenzó en los ochenta y su primera novela gráfica data de 1995), y poseedor de un estilo inconfundible. Sus animales antropomórficos de trazo sintético y gélido remiten tanto a la tradición de los “funny animals” (animalillos parlantes y graciosos, género que la historieta practica desde sus inicios y con nombres tan famosos como Mickey Mouse o el Gato Félix) como a la línea clara de Hergé (el autor de “Tintín”, obviamente), o a autores contemporáneos como Lewis Trondheim. También al cine mudo del hierático Buster Keaton. Y por el tono maduro, distante, melancólico o directamente desesperanzado de su obra, hay que citar también a cineastas como Jim Jarmusch o Hal Hartley.

Cualquier obra de Jason es recomendable, desde sus cuentos mudos de angustia existencial en ambientes de soledad urbana, hasta sus inclasificables mejunjes de géneros populares (que mezclan sin sonrojo y con talento aires “indies” con aventuras espaciales, zombis, paradojas temporales, cine negro…). También, por supuesto, “El carro de hierro”, última obra editada en España (por Astiberri, y por cierto, en una edición exquisita) que además, por sus características, podemos definir como un punto cardinal en su carrera y posiblemente uno de los mejores modos de entrar en el especialísimo universo del autor noruego. Y eso porque aquí estamos ante una versión (o mejor, una apropiación) de un clásico (inédito en España) de la literatura policíaca, el escritor Stein Riverson, (1884-1934). Un relato de misterio cercano al espíritu de Conan Doyle o Agatha Christie que Jason convierte, más allá del estilo “whodoneit” (o más castizo: “¿quién lo hizo?”), en otra historia de ambientes oníricos, ligeramente turbadores, fríos. Referentes clásicos para, en fin, volver a retratar sus fantasmas de angst contemporáneo y búsqueda vital. Para, como en toda su obra, radiografiar la naturaleza humana en su faceta más pesarosa, la de la constante búsqueda del yo profundo, inasible.

Además, en cuanto a Jason como autor, abruma su sentido compositivo exquisito donde domina una inamovible página de seis viñetas (con cuidadas excepciones), la belleza de sus imágenes austeras y sus planos generales, el estudio de la época reflejado con mimo en vestuario y ambientes, el equilibrado empleo de la secuencia generalmente singularizada mediante significativas viñetas panorámicas, su talento como dialoguista, que combina acertadamente con secuencias sin palabra, o el empleo del color rojo con un sentido narrativo (atribuido a lo nocturno) pero también evidentemente dramático (aportando tensión y misterio). Así, Jason se revela como un maestro en el arte de contar con imágenes. Su obra es intelectual, antes que superficial o plástica: requiere de la atenta lectura para comprender sus muchas virtudes, que podrían pasar desapercibidas, en un contacto superficial, tras su dibujo sencillo y poco vistoso. Porque no hace pintura, sino cómic, un arte eminentemente narrativo. Y pocos lo dominan como él.

A lo dicho en el periódico añado en petit comité que, además, Jason es poseedor de un fino y bien subyacente sentido del humor, una socarronería que si bien despunta menos en esta adaptación suele bañar todas sus obras (aquí, como ejemplo, esa sonrisa cadavérica, absurda, lynchiana, fuera de lugar). Puede que sin esta acotación el lector del Faro se pierda el concepto de sano cachondeo, piense que la obra jasoniaia es un puro existencial, cuando realmente suele haber coña marinera de la fina.

En resumen, si no convenzo sobre el papel a mis lectores anónimos (si los hay), espero que en pantalla pueda animaros a catar ( si quedase alguno de los que por acá se pasen sin conocer nada de este fabuloso autor, que lo dudo)

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