04 mayo 2010

Pequeñas historias de emociones intensas: ROSALIE BLUM, de C. Jourdy

artículo publicado en Faro de Vigo
La trilogía “Rosalie Blum” indaga en las pequeñas miserias cotidianas y su capacidad redentora, en una historia sutil y refinada. La vida y sus pequeños misterios en tres novelas gráficas.

Vincent es un peluquero treintañero que sigue atado a su madre, una excéntrica anciana. Su vida es anodina, vacía. Su novia le ha dejado, su rutina es gris. Rosalie es una mujer de unos cuarenta que esconde un pasado del que no sabe desembarazarse, salvo en la soledad y el alcohol. Fortuitamente se cruzan sus vidas y Vincent comienza a seguir a la mujer. A distancia, disfrazándose, sin inmiscuirse, en un viaje interior que va de la mera curiosidad a la obsesión. Una obsesión limpia, no enfermiza, pero que se vuelve una necesidad: seguir a Rosalie, conocerla en la distancia, conjeturar con su misteriosa vida gris. Y finalmente Aude, una joven sin perspectivas vitales, será un tercer vértice en la trama, del que no conviene revelar más pistas.

Con esta premisa sencilla la joven autora Camille Jourdy ha creado una historia cercana, cálida pero al tiempo ácida. Una radiografía del alma humana y algunos de sus escondrijos. “Rosalie Blum” trata sobre la necesidad de una meta como motor anímico de toda persona (no en vano el cómic se centra en tres edades distintas; la juventud, los treinta y la cuarentena). Y al mismo tiempo se ríe sutilmente de una sociedad que carece de dichas metas y vive su existencia en una triste duermevela emocional. Todo ello en un relato en tres partes: “Una sensación conocida” es el primer libro, al que siguen “¡Arriba las manos!” y “¡Al azar, Baltazar!”. La obra, libro a libro, va mejorando, la autora despeja las debilidades que podemos encontrar en su primer tomo, como un empleo algo abusivo del monólogo interior. Al mismo tiempo la trama se mantiene en sus más de trescientas páginas, gracias a diversos giros inesperados, sorpresas argumentales y nuevos personajes que redondean un elenco de secundarios estrafalarios. Si en principio la madre medio chalada de Vincent resulta un carácter demasiado histriónico, un mero contrapunto del protagonista, otros como los compañeros de piso de Aude resultan brillantes, una panda estrambótica y circense que sitúa el segundo tomo en una zona intermedia de los delirios de David Lynch y la comedia televisiva Friends.

Y Camille Jourdy, atendiendo al estilo, se inscribe en la nueva hornada de autores galos, moderando las formas de un Joann Sfar con su dibujo delicado y aparentemente espontáneo. Capta los pequeños detalles (esas habitaciones desordenadas), compone páginas con gusto, prescinde del marco de las viñetas o lo emplea inteligentemente (como en esas escenas panorámicas, marcando una cadencia suave, tranquila), y aplica un color directo suave, que marca el tono de su historia.

Pese a ciertos momentos algo obvios (como la irrupción innecesaria, accesoria, de la ex novia de Vincent, en un nudo de supuesta tensión dramática que no resulta del todo creible), la trama argumental de “Rosalie Blum” es de una solidez admirable, y destaca el mimo detallista, así como esa capacidad de hacernos, como lectores, sentirnos iluminados, emocionados y, sí, contentos tras la lectura. Son motivos más que suficientes para recomendar un tebeo que no es perfecto, ni quedará marcado en los anales de la historia del cómic como un hito. Pero que sin duda cumple (y mucho más) unos mínimos de calidad, sensibilidad y buen hacer. Una lectura, en fin, que encandilará tanto al paladar exquisito y entendido en historieta, como a cualquier persona con ganas de probar eso de la novela gráfica, de lo que tanto se habla últimamente.

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