21 agosto 2010

LOS NIÑOS KIN-DER, un clásico con todas las letras

Publicado en Faro de Vigo
En los albores de la historia del cómic, unos pocos maestros demostraron, con obras rompedoras y revolucionarias, las insospechadas posibilidades de la historieta. “Los niños Kin-Der” fue una de ellas.


Quien busque en la Wikipedia a Lyonel Feininger se encontrará con la biografía de un artista vinculado al cubismo y la Bauhaus. Es la faceta más conocida de este creador germano-americano, pero en esas mismas fuentes también encontrará la curiosidad de que a su imaginación se debe un cómic, “Los niños Kin-Der”, editado por el Chicago Sunday Tribune en 1906.
Hay que ubicarse. Hace 104 años de la publicación de estas coloridas páginas dominicales: el cine es silente, y en blanco y negro, por supuesto. La radio apenas es un nuevo invento en absoluto generalizado (ni de emisiones regulares). La televisión es… ciencia ficción. Y la ciencia ficción como género literario… no existe (acaso se intuye en los folletines de Verne y las ensoñaciones de Welles), como tampoco la novela negra, ni mucho menos el rock u otras manifestaciones culturales que hoy nos parecen “de toda la vida”.
Lo que sí está consolidado es el cuarto poder. La emergencia de la prensa desde el siglo XIX deriva en poderosos imperios de la información, y en esos periódicos triunfaron las tiras de historieta y, en los suplementos del domingo, como un regalo de fin de semana, la gran página de cómics a todo color. En este contexto creció y se definió el arte de la historieta.
Pero, más importante si cabe, en esta época de tanteos se produce algo que no suele suceder en la historia del arte, y es que en sus orígenes fundacionales encontramos algunas de sus mayores obras maestras. Quizá porque pronto la industria conducirá a la historieta por la senda del rendimiento comercial antes que el artístico, la verdad es que en estos albores podemos encontrar algunos de los tebeos más originales, libres y creativos de la historia. Independientemente de ser para niños o adultos, los trabajos de autores como Winsor McKay (“Little Nemo”) o George Herrimann (“Krazy Kat”), por ejemplo, son espectáculos visuales y deslumbrantes ejercicios de imaginación narrativa. “Los niños Kin-Der” entra sin complejos y por derecho propio en este grupo de visionarios que catapultaron a la narración gráfica al cielo.
Feininger fue un maestro del noveno arte como lo fue de las vanguardias, y de hecho sus ideales estéticos se pueden rastrear igualmente en las desbordantes páginas de los Kin-Der: imágenes angulosas y expresivas (casi diría proto-expresionistas), ensoñaciones argumentales donde lo imposible sucede, reformulación de los espacios naturales, uso expresivo del color… ¿Merece la pena ahondar en el asunto argumental de este cómic? Dejémoslo en historias surrealistas para todas las edades, por las que el tiempo ha hecho poca mella. Lo que se cuenta aquí no es menor, y se engarza en la cadena que va de Lewis Carroll a Fellini, pasando por “El Principito” y cualquier relato ensoñador y disparatado, pero no insistiremos en ello, ya que se acaba el espacio y sería injusto obviar la labor de recuperación y mimosa edición de Manuel Caldas Ediciones.
Desde Portugal, con un gusto exquisito y atención al detalle, se edita por primera vez en castellano este pedacito de historia del arte contemporáneo, y con un cuidado y excelencias que convierten este libro no sólo en compra obligada para un lector de cómics, sino una recomendación para cualquier alma inquieta amante de la verdadera belleza. Aunque esta surja en un modesto tebeo de principios del siglo XX
calificación: obra maestra (y un clásico imprescindible, y todo eso)

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