Poco más que añadir al título del post: rock de poso siniestro con sonidos del aserradero que producían The Jesus and Mary Chain y My Bloody Valentine en los ochenta. Y potencia como una locomotora.
Poco más que añadir al título del post: rock de poso siniestro con sonidos del aserradero que producían The Jesus and Mary Chain y My Bloody Valentine en los ochenta. Y potencia como una locomotora.


El terror no es el género más fácil para ser llevado al cómic. No faltan, empero, buenos ejemplos, ya que al final cualquier medio menos visceral que el cinematográfico puede buscar la vía conceptual, o existencial, para desarrollar relatos de espanto. Sea la literatura (con una tradición secular) como, claro, el cómic. Robert Kirkman, con el dibujante Charlie Adlard y, en sus primeros pasos, Tony Moore, sabe dar miedo en “Los muertos vivientes”. Sabe trazar un mapa de tensión insoportable y estallidos de cegadora violencia. Pero sobre todo ha conseguido una lectura siempre tensa, como la tempestad antes del huracán (que aquí supone una estampida zombi, con mordiscos incluidos).
Y así se concluye que quien busque un relato de miedo, bien, puede confiar en que este tebeo le va a hacer pasar algunos ratos intensos. Pero realmente “Los muertos vivientes” no es un cómic de terror. Como suele ocurrir en toda tramoya zombi, los putrefactos cuerpos famélicos de carne humana sólo suponen un marco extremo para analizar la sociedad y la naturaleza humanas, siempre más visibles (y vulnerables) en entornos hostiles. Kirkman parte para su análisis de la situación más tópica, un mundo asolado por la plaga de los muertos andantes, cuerpos sin inteligencia que persisten, ya cadáveres y descompuestos, en reinar sobre el mundo. Un mundo que se tambalea, o mejor, una civilización que se ha derrumbado, la nuestra. Quien sobrevive, lo hace desde el legado de la sociedad que habitaba, pero aplicado a un panorama nuevo, extremo, y en el que como especie, ha perdido. Ya no domina, sobrevive.
Pero lo mejor, lo que lleva esta serie de un discurso más o menos ya pronunciado a constituir un logro sin precedentes, estriba en la intención del autor por crear una serie abierta. Nació en 2003, y sigue viva, editándose (en Estados Unidos) mes a mes, sin pretender un final cerrado sino un viaje a ninguna parte. Y otro reto conseguido es resultar adictiva y no perder fuelle, proponiendo nuevas posibilidades, nuevos ángulos para su retrato desesperanzado. La sorpresa es constante, al proponernos un retorno a lo primigenio (lo tribal, la supervivencia), temas nucleares de nuestro tiempo (la familia, la ley, la sexualidad, la fe…), y más dilemas morales de los que no podemos imaginar (como la idea de la maternidad en un presente condenado, o el papel de las cárceles en un mundo sin orden). Son sólo algunos ejemplos de los conflictos que surgen en las oscuras páginas en blanco y negro de este tebeo cuyo noveno volumen acaba de ser editado por Planeta de Agostini y cuya versión televisiva está en producción, con un capítulo piloto para la la cadena americana AMC.

Donde viven los monstruos está suscitando, entre sus escasos detractores, algunos comentarios que me hacen pensar que no se entiende la intención de Spike Jonze. Que si los monstruos son peluches grandones poco verosímiles, que si el niño es odioso... pero yo no veo tanto un niño, un determinado personaje, como la representación de una fase muy propia de la infancia, así, casi en abstracto. En este sentido, Max, el protagonista de esta brillante película, materializa un estado infantil muy concreto. Representa ese estado de rabia irracional, que todo infante sufre (más bien lo sufre el padre/madre), ese grito sin causa, o que excede en su magnitud infinita a aquella frustración que lo provocó. Un angst irracional, extremo, que hace al crío querer escaparse del mundo, odiar a su madre, a sus amigos, su calle, sus juguetes, todo. Y si pudiera, arrasaría su barrio con sus poderes de Superman. Y si pudiera, apagaría el Sol. Y si pudiera, cogería un bote y navegaría, escapando de casa, hasta llegar a un lugar mágico poblado por monstruos enormes (aunque a nosotros nos parezcan peluches, inverosímiles). Y sería su rey. Pero ya sabemos que, también, los sueños de los niños a menudo se vuelven sus pesadillas.
Todo esto es lo que nos cuenta Donde viven los monstruos, siempre desde el punto de vista del niño, ya desde las exquisitas primeras escenas cotidianas (la casa, la madre, la nieve, los chicos del barrio, todo se mira desde la perspectiva de Max). Y con una interpretación brillante por parte del joven Max Records (que a veces no verá muertos, pero qué bien refleja esa mirada asombrada ante las "Cosas Salvajes"). Y, salta a la vista desde cualquier foto publicitaria, con una fotografía simplemente asombrosa, bellísima.




¿Revelación del 2009? No, para mí, no.
Sí, alguna canción resultona. Sí, crescendos y emotividad melodramática. Disco conceptual sobre una historia dura (sensiblona, también), y muchos préstamos a hermanos mayores. Mucho más mayores que The Antlers, porque en su mejunje de Godspeerd You Black Emperor, Spiritualized, Arcade Fire y Bon Iver no han encontrado lo principal: emoción descarnada (todo es muy de postal) y talento compositivo (bastante plano y muy por debajo de los subidones de intensidad que provocan sus referentes).
Tampoco son para quemarlos vivos, claro, tienen un pase. Pero de revelación nada de nada, conste.

Ando yo, sin demasiada regularidad, viendo esta serie de las cocinas de la presidencia del mundo. O de los Estados Unidos, vamos. Una serie interesante, sobre todo por su fibrosa dirección, escuela Scorsese, con poderosos planos secuencia, travellings recios que siguen a unos personajes siempre atareados, siempre correpasillos.
1937 queda ya muy lejos, y sin embargo fue entonces cuando el autor americano Harold Foster (que ya era famoso gracias a su recreación de las aventuras de Tarzán para la prensa de la época) impuso el molde para el cómic histórico: los tiempos pasados, como marco en el que desarrollar las aventuras de héroes (imaginarios o reales), debían ser retratados con mimo y esmero.Muchos años más tarde serán autores como François Bourgeon o Hernández Palacios quienes imponen la tendencia de resultar “científicos”. En tebeos como“Los compañeros del crepúsculo” del galo, o “El Cid”, de Palacios, el ambiente de época, en ambos casos el medievo, es estudiado con escrúpulo y reflejado con un dibujo naturalista que mima los detalles (ropajes, arquitecturas...).Así se cimenta con propiedad lo que hoy entendemos por tebeo histórico (al menos, “a la europea”, pues en cualquier latitud encontramos muestras del género con sus propias peculiaridades... mención aparte merecería el gigante nipón, prolijo en obras del género, y al que podrían dedicarse uno y diez artículos específicos).
Es cierto que los ochenta han sido el momento de mayor éxito de esta corriente, la de un tebeo exquisito y culto que ahonda en nuestro pasado sin descartar la imaginación y la aventura.Pero la verdad es que, para el degustador de historias en la Historia,hoy por hoy tiene no pocos títulos para deleitarse en su pequeño placer intelectual. Por un lado hay que hablar de nuevas vías, con “Isaac el Pirata” a la cabeza.Esta saga aún inconclusa relata las aventuras de un marino del siglo XVII,con un estilo gráfico fresco y espontáneo (en apariencia, pues hay un trabajo previo ímprobo) y lleva el género más allá, al ser mero pretexto para que Blain, su autor, se autorretrate ante el lector en una suerte de metáfora narrativa. En esta línea renovadora se encuadrarian trabajos como “El Hijo del Ogro” o el gallego “Os lobos de Moeche”, donde Manuel Cráneo relata las revueltas irmandiñas.
Pero si el lector prefiere un cierto clasicismo que respete los cánones del género, también encontrará novedades más o menos frescas, como “Las Águilas de Roma”, donde el virtuoso dibujante Marini recrea el Imperio Romano, o “El Gavilán”, de Pellerin, mastodóntico tomo que narra las peripecias de un marinero del siglo XVIII en un tono mucho más ortodoxo y clásico que Blain. Son cómics recientes, y la lista viene a engrosarse estos días con dos recomendaciones notables: los dos tomos de “La Chica de Bois-Caiman” (Editorial 12Bis), de Bourgeon, y “Las Torres de Boys-Maury 14:Vassya” (Norma Editorial), de Hermann, ediatada este mismo mes. Bourgeon ha apostado fuerte, al retomar su obra “Los pasajeros del viento” (reseñada en Visado el 17 de Abril de 2009) en una innecesaria segunda parte, pero la arriesgada apuesta se ha saldado con un trabajo exquisito y acertado. La historia recupera a Isa, la protagonista de la saga, pero ya anciana, y centra la atención en su biznieta y en un ambiente alejado del dieciochesco mundo de los galeones y la trata de esclavos.Ahora estamos en la Guerra de Secesión Noreamericana, y Bourgeon vuelve a demostrar su pericia para sumergirnos con todo detalle en épocas, ambientes y hechos históricos, sin descuidar la caracterización de sus personajes.
En cuanto a“Las torres de Bois-Maury”, se trata de otro gran clásico, nacido en los ochenta como serie abierta que narra la estirpe de un caballero medieval. En su último libro la aventura se centra en la Rusia zarista de principios del siglo XVII. Hermann es un autor exquisito, con una capacidad narrativa sencillamente magistral, verdadero manual de cómo hacer cómics, y cada nueva entrega de esta serie es un obligado punto de encuentro con el amante de la aventura y de la recreación de épocas y paisajes pasados.
¿Conclusiones? En un panorama cultural donde lo histórico es reclamo (huelga decir que la literatura de género está de moda), el cómic no sólo se adelantó varias décadas sino que,a día de hoy, sigue ofreciendo trabajos exquisitos y rigurosos, con los que soñar, como lectores, que estamos en una época lejana,vívida y palpable gracias a la potencia visual que saben desplegar los mejores baluartes del género, caso de los ejemplos tratados. Si al lector le ha gustado, por ejemplo,“Los pilares de la tierra”de Ken Follett, bien podría disfrutar de alguno de los cómics aquí reseñados.Anímese, no se arrepentirá.
No alcanzan la perfección cegadora de Fuck Buttons, posiblemente la banda del momento dentro de los nuevos cachorros del ruido-rock. Pero lo del segundo de Health merece la atención de quienes piensen que la violencia sonora se ha quedado en Sonic Youth (que no por geniales dejan de ser los dinosaurios del asunto). Get Color recopila lo diseminado en su primer disco, centra las cosas y vomita una bestialidad de ruido, ritmos epilépticos, fundidos en blanco donde guitarras y sonidos chirriantes de electrónica cafre se funden, voces angélicas/andróginas, y un fondo melódico que cuesta encontrar, pero ahí está, para sostener tanto caos.
Hay músicas que no encajan el las habituales categorías, así que las metemos en el saco de lo experimental. Generalmente, estos proyectos son un puro, muros infranqueables que se explican con la palabra pero no se sienten con la epidermis. By the Throat, del islandés de adopción Frost, escapa a tal generalidad sin dejar de ser tremendamente experimental.


El galo parece haber recuperado cierta ilusión creativa. Se diría que la pirueta argumental que le ha permitido continuar la historia de Isa le ha dado renovada ilusión, y se emplea a fondo en un dibujo exquisito, puntilloso, y además con una curiosa evolución hacia lo fotográfico (sus rostros lo denotan más que nunca). Permanece, al tiempo, su paginación ya clásica, su densidad argumental, los picos emotivos (intenso final), y sus magníficos diálogos, que no obstante pecan de cierto didactismo, sin dejar huecos interpretativos para el lector. es un punto flaco, el más visible.
ejem... ay... (enjuagándose las lágrimas), eeeeehh, bueno, perdón, de verdad. Si les ofendió el título, perdonen la humorada, era sin mala intención, pero uno conoce estas cosas (lean aquí, no les revelo la clave de este post, esfuércense, que el esfuerzo es virtud)... y le parece que la peña ha enloquecido, perdido el norte totalmente, o ingerido algún hongo alucinógeno.Pulicado en faro de Vigo el 24 de Enero de 2010
Partiendo del Pinocho de Carlo Collodi, Winshluss recrea un mundo industrial, onírico y apocalíptico, en una fábula desesperanzada sobre la condición humana.

Vincent Paronnaud, alias Winshluss, comienza a publicar en revistas colectivas o trabajos antológicos como “Jade”, “Ferraille”, “Good Stuff”, “Comix
Pinocchio es su salto a la fama como autor de cómics. Obra prepublicada en parte en la revista “Ferraille Illustré” de
La médula espinal del original queda respetada, pero el cuerpo que sostiene se ha renovado: el protagonista no es un dulce títere mágicamente vivo, sino un robot hueco, sin alma ni inteligencia, un arma de destrucción bélica creada por un codicioso y ingeniero, que finalmente se pierde y deambula por un mundo industrial, avaricioso y ruin. En sus andanzas, que respeta los puntos cardinales ya conocidos del texto primigenio (los niños malos, el circo, la ballena), todo es miseria y maldad, de las que el robot nada va a concluir: Pinocchio no es bueno ni malo, solo un testigo de la vida. Podemos pensar que este muñeco no va a volverse nunca humano, porque, visto el mundo, ¿qué hay de bueno en ello?
Por otro lado, aquí hay también un insecto parlante, Pepito Cucaracha, ser mezquino, egoísta, inútil, alcohólico, holgazán, que habita la hueca cabeza del mecano. Por supuesto, sin ser conciencia ni amigo ni nada, salvo okupa. Y las andanzas de este bicho, atendiendo al estilo formal, se plasman con modos opuestos a las desventuras del niño-robot: si el de Pinocchio es un relato mudo, con ecos al cine de Chaplin pasado por la mala baba del comix underground, primorosamente coloreado y resuelto en capítulos culminados por bellas estampas a toda página, la vida de Pepito Cucaracha (qué gran nombre, por cierto) evocan al cómic galo más gamberro, el de la revista Hara Kiri o autores como Vuillemin. En blanco y negro y abarrotado de textos en forma de diálogos brillantes y narrador omnisciente.
Vemos, pues, que el reto mayor era lograr armonizar diversos modos gráficos y narrativos, incluso técnicos (de la acuarela a las sanguinas, el despliegue de modos gráficos apabulla), lo que logra básicamente con un estilo de dibujo poderoso, sucio pero claramente virtuoso, y con una narrativa compleja y exigente con el lector.
Al mismo tiempo, y pese a que se podría objetar una extensión innecesaria (casi 200 páginas para una obra que podría defenderse con la mitad sin problemas), hay que reconocer que todas las subtramas se van conjugando con habilidad, de modo que la obra no se llega a perder en caminos sin retorno. Cada personaje tiene su razón de ser y deviene, sino necesario, sí enriquecedor de la secuencia principal; las desventuras de Pinocchio y de Pepito, tan ácidas que no nos dejan más opción que la risa… aunque sea nerviosa.



