02 enero 2011

adios al humo

Hay mucha tela que cortar respecto a la ley nueva, la antitabaco. Desde el despiste (hace unas semanas no sabía si se posponía a verano o no, había un runrún) hasta lo mal montado que está todo este quiosco: es evidente que el tabaco es perjudicial, incluso el pasivo, el que se inhala en ambiente.
Pero ¿Para qué ha servido la ley de hace cinco años? Para ocasionar gastos a quienes articularon un espacio de fumadores en sus locales, gastos que no han amortizado y que a la postre son inútiles.
Como siempre, el gobierno improvisa, tantea con cobardía y mete la gamba. Ya no hay arreglo a lo hecho, así que ahora sólo nos cabe posicionarnos respecto a la nueva Ley.
Yo, no fumador, estoy contento de un modo egoista.
Porque si algo me da rabia en este mundo es ir a tomar unas cañas y saber que traigo a casa la peste de nicotinas ajenas
(ya no hablo de lo de inhalar pasivamente, después de todo, tengo la convicción de que esa circunstancia, puntual en mi vida, mi cuerpo puede metabolizarla y purgarse completamente).
Hoy, en fin, me tomaré un café en un bar, por probarlo sin un Ducados a un metro de distancia de mi espumosa taza.

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