09 julio 2011

SUEÑOS DE UN SEDUCTOR, de Herbert Ross

Esta cinta es todo un clásico pero no deja de ser curioso pensar que Allen ya había dirigido dos películas ('Toma el dinero y corre' y 'Bananas') cuando su obra de teatro "Play it again, Sam" fue materializada en pantalla grande. Con su actuación pero bajo la batuta de otro director (Herbert Ross).
Supongo que desde estos datos (nunca ahondados, la verdad, así que reitero lo de suponer) la factura de esta película es un mero encargo, y el peso recae en Woody. Y escribo el nombre propio porque claramente, la efigie icónica que ha montado en clarinetista se basa totalmente en este tipo, el desastrado y joven hipocondríaco (que tendrá también su versión en cómic, por cierto), crítico de cine (o de cualquier manifestación del artisteo de la Big Apple) enamoradizo y patológicamente inseguro. Histrión cómico que se quiere emparentar con los grandes del género (Jerry Lewis sería un ilustre ascendente... inalcanzable, por supuesto).
Y sin embargo, más allá de la comicidad burda pero eficaz del neo mimo que es Allen, me intrigó en la revisión de esta cinta cómo algunos modos "allenianos" se perciben en la puesta en escena, aunque no dirija él mismo. Desde los paseos en plano general al color de la fotografía, pasando por los juegos (aquí humorísticos) metalingüísticos (las charlas con "Sam", el ficticio personaje alumbrado por Boggart para "Casablanca") y sobre todo, por un énfasis en romper la cuarta pared. En este sentido, por ejemplo, no pocas veces Allen acerca su rostro (desencajado, mareado, apaleado o similar) al primerísimo plano de la imagen, en una solución burda que refinará tras la cámara en numerosas ocasiones.¿Presente ya en 'Bananas' o 'Toma el dinero'?. No lo puedo recordar, pero en todo caso, manifestación, incluso sin situarse tras las cámaras, de una búsqueda de su voz como autor...
Y desde luego, aquí está, sobrepuesto a las cintas "tontas" que había realizado, de pura humorada, el Allen que entre risa y risa nos habla del amor, la identidad, el arte, la muerte y el largo pero cerrado etcétera que compone el corpus autoral del judío.
Divertida, interesante dentro de la historia de Allen, dubitativa, y primer jalón de una potente personalidad, la de un autor que en breve nos regalaría ya obras maestras como Annie Hall o Manhattan. Y las que vendrían.
Ah, y uno de los motivos por los que la cinta de Lauren Bacall y demás actores (she-the-greatest) acabase renovada como mito cinéfilo, no lo olvidemos...

2 comentarios:

Jero dijo...

La conversación ante el cuadro de Pollock es memorable:
-¿Qué haces el sábado?
-Suicidarme.
-¿Y el viernes?

Y el final no deja de ser también, pese a su predictibilidad (quizás por verla con los ojos de un espectador del 2011 y no del 72), un acierto rotundo.

Lo que me pregunto es: si Garth Ennis plagió en "Predicador" (donde Jesse Custer hablaba con John Wayne) a Tarantino en "Amor a quemarropa" (donde Christian Slater hablaba con Elvis Presley) y Tarantino plagió a Allen en "Sueños de un seductor" (donde su personaje hablaba con Bogey)... ¿fue Allen el primero en usar este magnífico recurso esquizo-metalingüístico?

Octavio B. (señor punch) dijo...

se fue un mensaje al traste, ay...
la verdad, no se me ocurren así en caliente casos anteriores, aunqeu puede haberlos...