11 septiembre 2011

New York 01: dentro del laberinto

Comienzo hoy (curiosamente, 11 de Septiembre diez años más tarde) una serie de posts sobre la experiencia neoyorquina. Han sido pocos días, no se puede decir que sea un experto en la Gran Manzana ni mucho menos, pero en fin, del choque, aunque sea breve, siempre se emerge impactado. Sirvan estos articulillos como reflejo de mis impresiones sobre esta ciudad que, lo digo ya, me ha noqueado: pocas veces al regresar he querido, ya, volver con tanta intensidad.
Domingo 4 de Septiembre. El hotel en que nos alojamos era "fashion", psicodélico, sixties y futurista al tiempo. Por la noche compaginaba su naturaleza con la de sala de fiestas, y al tiempo que entraban residentes con la perfecta apariencia de todo turista, un trajeado portero latino recibía al New York nocturno, elegantísimo y preparado para bailar los ritmos de un DJ en directo mientras bebían cócteles ante la coqueta piscina. El hotel, por cierto, era céntrico. Demasiado céntrico. A tres portales de Broadway Street y Times Square.
Recién  llegados tras un vuelo menos agotador de lo que se podría temer, a la una de la tarde hora local sólo cabía hacer una cosa... salir al encuentro de la fiera.
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Broadway, la piel que habito
Esa tarde/noche nos empapamos de puro guiri-pleasure: tópicos de neón y verticalidad, aglomeraciones (in)humanas, freaks y músicos callejeros, anuncios de vídeo gigantes, edificios más grandes que la vida, tráfico digno de una ci-fi hard... mieles para bocas de asnos recién llegados. El cliché, el NY más comercial, cortilandia elevado a potencias astronómicas. La ciudad que no duerme, la noche en que las estrellas bajan a los colosales neones, pantallas de vídeo y edificios.
Manhattah, o el cogollo más turístico de Manhattan, muta de piel cual Cenicienta de cemento cuando cae el sol, y es todo él en sí mismo una ilusión, un juego de cartas asombrosamente gigante (¿ya empleé este calificativo? y mil veces más que lo podría hacer).
Sentirse diminuto, y de  un pasado remoto al tiempo, es fácil en esta primera aproximación a una Gran Manzana, una inmensa nave sideral que parece salir del mañana aunque evidentemente solo es un Hoy al que nosotros no hemos llegado aún. Fueron las primeras horas. Una caricia a la ciudad, un beso, sí, pero de tornillo, feroz, invasivo, embriagador, obsceno y adictivo.
Final del primer día, visitado el centro, Times Square, Broadway, Empire State... no quiero ilustrar punto por punto mi ruta, no os preocupéis, pero sí señalar con esta concreción dónde nos metimos de cabeza y recién llegados, el shock físico, cómo se puede uno sentir sobrepasado por las expectativas... es verdad que este nudo de tópicos fetichistas, cinéfilos, artísticos... todos lo "conocemos", pero falta la escala, el ruido, el caudal humano abrumador, el olor (espantoso, macro-botellón... en NY, asombraos, sólo se recoge la basura dos días a la semana... sí, dos de cada siete). Y el gigantismo de sus rascacielos redefiniendo conceptos como "grandes proporciones"...
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Centro de Manhattan: vértigo y psicosis...
Cenamos en un sitio de comidas internacionales a la McDonalds abarrotado de judíos ortodoxos, con sus gorritos ('Kipá') y todo. Un sándwich de pastrami. Se dice que HAY que probarlo, que es puro Espíritu de NY... en realidad se trata de un horror indigesto y grasiento que no se repetiría.
Así pues, caída libre en el Midtown, en el remolino ultracapitalista y sus muchos oropeles. Brillo y furia. Blade Runner Now... al día siguiente tocaba nadar dentro de ese maremoto y buscarle las costas de sosiego. Pero no lo haríamos solos.
PD: las fotos, las tomé yo, que conste.
(continuará)

1 comentario:

Urbs dijo...

Yo también me quedé anonadado y con cara de pasmao el primer día, como Paco Martinez Soria cuando llega a la gran ciudad desde su pueblo...