15 septiembre 2011

New York 5: show must go on

¿Bailamos? ¿Cantas? Uno diría en estas fechas que el título de este post se refiere a un espíritu que anima a esa ciudad herida, violentada hace diez años; pero no, no voy a hablar de una Zona Cero que demasiado lentamente va reponiendose, a golpe de macro arquitecturas y estructuras monstruosamente altas (de boca abierta, lo juro), sino, cómo no... de Broadway.
Mary Poppins - Show Photos - cast
Luces y sombras de Broadway: transportados



Tampoco voy a hablar punto por punto del musical concreto que he visto, ¿qué más da? también lo dejo claro para los comicadictos que puedan especular: no, no fui a 'Spiderman' sino a algo mucho más clásico. Pero sí me gustaría decir varias cosas.
Cuando me hablan de OT suelo comentar, no sin cierto desprecio, que lo que ahí dentro se cocína como mucho valdría para trabajar en un musical. Punto primero: en uno DE VERDAD (esto es, de Broadway), ni eso. Porque allí, en New York, la voz no es un simple górgoro melismático y molesto; uno siente que los castings depuran de verdad hasta dar con vocalistas y bailarines realmente buenos. Académicamente soberbios. Los bailes, las grandes voces, todo juega allí en una liga que desconfío sea ni rozada tímidamente por las traslaciones nacionales (tampoco creo que vaya a comprobarlo, sigan la lectura y lo entenderán).
Pero además, confieso una rendición total a todo lo que se me ofreció: grandiosidad escénica (las tramoyas y los decorados son brillantes, verdaderas joyas de artesanía y dibujo), espectacularidad y efectos visuales asombrosos (desde juegos de luces simulando bandadas de pájaros hasta actores desafiando las leyes de la gravedad) y juegos lumínicos embriagadores. Todo dosificado con inteligencia, potenciando que la sorpresa y el asombro sean la tónica general en un show de dos horas y cuarenta minutos.
Y en fin, hay un algo que de fondo eleva las cosas, que, creo, eliminan en buena parte la magia de aquello desde el momento en que se trasvasa a otro sitio: no me interesan demasiado los musicales como género, pero no se puede estar por Broadway y no darse cuenta de que allí mismo está la madre del cordero, el molde primigenio, la esencia de un modismo de la cultura universal del s XX (o del capitalismo, si quieren, un virus infectado al mundo vía Hollywood y, por supuesto, desde la propia mítica de la calle de los teatros-sin-fin). Broadway se sitúa entre el cegador brillo kitch, la esencia del claqué verdadero (en pantalla, ridículo, en directo y bailado por decenas de bailarines, impresionante) y la capacidad de transportarnos a una especie de "he aquí el principio y la esencia", algo que se exporta luego pero no conserva ese sabor a "es aquí". Esa intangible trascendencia (trascendencia de un mero espectáculo, pero que contiene muchas claves de cómo se ha moldeado el siglo pasado, al menos en algunas facetas de su esencia), ese saber que aquello SÍ ES, hizo la experiencia algo enriquecedor, más allá de la soberbia catarata de asombros que fue el show. Hasta los aplausos del público, con sus originales y agudos gritos a-la-americana (¡uoooooou!), sumaban y hacían de todo aquello algo más, mucho más, que un soberbio entramado técnico-artísitco.
Ay, creo que no me explico del todo bien, pero así lo he sentido. Como algo intrinseco de la cultura norteamericana apreciado en su reactor, su horno, su matriz y su corazón auténticos.
El show, sí, tiene que continuar, con o sin torres...

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