14 noviembre 2011

"CADÁVERES ATÓMICOS" (1955) de Edward L. Cahn


Es bastante común, cuando uno se adentra en la blogoesfera en busca de información sobre cine digamos casposo (o siendo más técnicos, de serie B o incluso Z) dar con artículos donde se ensalza cierto ánimo o espíritu antes que las virtudes, defectos y contextualización de la propia obra en sí misma. La cuestión no es importante sino mera constatación de esa mirada común y 'friki', a los fenómenos menos ortodoxos de la cultura del siglo XX, que pasa por aproximarse al hecho cinematográfico a través del filtro de una primerísima persona aderezada, además, con una disposición previa (ese "pasarlo bien viendo algo malo" -aunque a veces lo "malo" resulta que no lo es, en absoluto-). No puedo dármelas de entendido en cine de un modo específico, no soy experto en la cultura más detrítica del off Hollywood de los cincuenta, pero sí tengo la disposición favorable hacia ese cine más pobre, más ingenuo, más libre también. Menos talentoso, por supuesto. Por mucho que queramos encontrar virtudes el Edward L. Cahn, estamos ante un subproducto de la era más esplendorosa de los estudios de Hollywood, pero también es verdad que todas estas producciones no son pasto de mediocridad y albergaron a autores talentosos pero en desgracia personal (a veces, "castigados") o de marcada personalidad dentro de lo genérico, que abordan el oficio con eficaz artesanía, con vehemencia o incluso con un universo 'bizarro' desatado (y solo desatable) en esas producciones de 'fantastique' destinadas a un consumo adolescente y volátil. Por esa libertad se colaron ideas ingeniosas que no cabrían en una gran producción con miras al oscarato, por ejemplo.
"Cadáveres Atómicos" es pura ciencia ficción de los cincuenta, una historia simple (simplona) sobre un malvado gángster que oficia una vendetta gracias a las labores de un pusilánime mad doctor capaz de crear zombies teledirigibles (y no se le ocurre volar por libre, obedeciendo a un matón de poca monta... dadle esto al doctor No, o a Lex Luthor y os monta un poyo fino). El hilo conductor es doble, por un lado el laboratorio, tan maquiavélico, tópico y cutre como cabe esterar en un subproducto de estos (y los "zombificados" serían la prolongación al mundo civilizado de ese espíritu caspa-cif-fi) y por otro la labor policial, las investigaciones. Hay un tercer vértice en esta ficción; la vida hogareña y familiar del buen policía.
Sin duda este tercer ámbito es lo más interesante de la cinta (tras hacernos eco del mejor, casi único plano excelente del que puede presumir la cinta, su mejor momento sin duda, esto es su arranque, plano fijo inquietante, con una figura en sombras que avanza por una carretera en medio de un bosque oscura hacia la cámara mientras se superpone el rótulo temblequeante del título, todo enmarcado con un sonido de latido obsesivo, agresivo)



Tras esto, hay que aguantar mucha chapuza argumental (insostenible, salvo con una mirada cándida o un conocimiento denso del género y de la época de la cinta), actuaciones risibles  (curiosamente y sobre todo, en la "zona del mal"... Richard Denning en el papel de agente de la ley es algo -algo- más decente) y dirección plana. Ah, y claro, aprovechamiento a gogo de imágenes de archivo; esto no me preocupa demasiado, francamente es el signo de un sistema de producción muy interesante.
Pero si la villanía y lo monstruoso resultan torpes y de escasa capacidad perturbadora (ni los trajes protectores en el labo, ni los pasadizos de plástico fino, mi por supuesto los atómicos esclavos, ofrecen demasiado asidero al cinéfilo) lo que más sorprende, quizás por romper con la atonía general, es la captación de lo cotidiano, tanto en la actividad policial (de un modo rústico e inocentón, sí, pero intencionadamente se busca cierto toque documental... no se encuentra, pero se busca, y eso da tono) como en la ida hogareña del descanso del buen policía, esa América 50's donde la visita del tío se recibe con algarabía y pastitas recién hechas, o donde, al final de la hórrida aventura (ejem), se retorna para hablar con tu hijita de muñecas y celebrar la vida (american way) con un sano desayuno (por supuesto, preparado por la mujer, sensata ama de casa, guapa, servicial... su hija, ahora lo vemos, terminará, una década más tarde, casada con Don Draper: serán otros tiempos, otras aguas mucho más turbulentas, aunque sin cadáveres atómicos)
Ah, eso sí, en este final resulta delirante hasta el mayor pasmo cómo la niña explica que su muñeca, cuando crezca, será...¡tortillera!

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