18 abril 2012

TINTÍN: EL SECRETO DEL UNICORNIO, de Steven Spielberg


Pese a que le tengo un enorme cariño a Tintín y gran admiración a Hergé  recelé tanto de "Las aventuras de Tintín: el secreto del unicornio" que, simplemente, no fui a verla hasta que, casualidades, un programa de cine infantil en Semana Santa me brindó la oportunidad de llevar a mi hijo de gratis a verla. Y el recelo era lógico. Los cómics de Tintín son mucho más que un serial de aventuras, pues en su forma está también su fondo. Hergé creó un estilo, no solo estético (la línea clara) sino que esa estética trascendió lo meramente formal para constituir, por así decirlo, un espíritu ético. En la depurada limpieza del dibujo, en los alambicados argumentos, en esa mezcla de intriga y buen humor, en el gusto por documentar sus historias pero plantearlas como algo  juvenil, en cada página, planificada con un esmero de prestidigitador, parece que Hergé nos está hablando de la vida, incluso de la trascendencia, de un modelo ético de interpretar la realidad a través de un cómic presuntamente evasivo y para todas las edades.
Imposible trasladar esto al cine. Las experiencias previas lo evidencian ( "Las Naranjas azules" con actores de carne y hueso, o "Tintín y el lago de los tiburones", en animación, son dos de los varios ejemplos al respecto, y posiblemente los más conocidos junto a una teleserie de recuerdo ingrato). Porque Hergé ha creado un icono para la sociedad contemporánea pero también, ante todo, un cómic. Y pretender trasladar la especialísima estética de ese cómic a otro medio es imposible.
La suerte es que Spielberg y Peter Jackson están de acuerdo conmigo, y no lo han hecho. "Las aventuras de Tintín: el secreto del unicornio" no emula la línea clara del maestro belga ni el ritmo vertiginosamente zen de sus aventuras, siempre racionales, medidas, exactas en su recorrido, en su ritmo interno, en sus profusos diálogos, en su manera de empastar comedia en medio de tramas a la Hitchcock. Splielberg, en fin, en comandita con Jackson en labores de producción y tecnología, ha cogido la historia (del álbum "El secreto del Unicornio"), ha asimilado y comprendido perfectamente la idiosincrasia de los personajes (todos maravillosamente retratados según exige el modelo original) y ha hecho lo que hacía tiempo no nos brindaba en su cine más familiar: un pepinazo de acción trepidante, aventuras que dejan a Indi en el lugar del segundón que le corresponde (¡eh, pero si es un chaval recién llegado al género! Tintín nace en los treinta, please...), justo por debajo del reportero adolescente, el verdadero gigante de los trotamundos.
Los poros de Tintín
En definitiva, la animación infográfica hiperrealista, que convierte un dibujo en algo casi real, aleja a Tintín de Hergé, en tanto que opción estética, pero no disminuye su fuerza icónica. Porque ES Tintíon, nos lo creemos en tanto que reinterpretación de otro artista que se mira de tú a tú (pero con reverencia) en el dibujante. Y lo hace bien, porque su dominio de su medio, demonios, es tan magistral cuando quiere como el de Hergé con el suyo propio. Cine entendiendo el cómic como muy pocas veces sucede en el celuloide. Como primos que deben entenderse pero no imitarse.
Así, hay que quitarse el sombrero ante el empleo del 3D, como nunca (a la altura de Scorsese, de Cameron, y poco más, autores que han entendido la añeja técnica de las gafitas como algo más que mero truco del almendruco circense), y por supuesto, por tantas escenas que uno se olvida de ellas.Sin embargo es imposible no recordar, por supuesto y a modo de ejemplo, esa persecución (juraría que en plano-secuencia ininterrumpido) por las calles de Bagghar, o las increibles transiciones para crear un raccord entre la acción de Haddock /Tintín y los hechos del barco 'Unicornio' y el bucanero Rackham. O las set-pieces de hilarante humor (con un capitán Haddock que reproduce brillantemente al patán alcoholizado que nos presentó Hergé en "El cangrejo de las pinzas de oro" y lo hace evolucionar la trama hasta el hombre recto y tenaz, bueno, cabezón, que es el fiel amigo de Tintín). Cabe citar también los títulos de crédito, maravillosos.

Bien, puede que a algún espectador esta dinamo de acción que solo sabe ir a más le parezca fallida, que lo considere un castillo de fuegos de artificio mal orquestados, pero no es mi caso. Con muchas reticencias y pensando que así sucedería, que tras una primera media hora de impacto asisitiría a un carrusel de acción cada vez más aburrida y sin sentido... a la Indiana Jones en sus secuelas, vamos... la realidad es que todo casó perfectamente en una montaña rusa perfecta. Brutal si se quiere, pero perfecta. O como se suele decir, la peli se me hizo corta. Y al final, esa es la crítica que vale.

1 comentario:

David dijo...

Sintiéndolo mucho, me incluyo en el grupo de espectadores que citas en el último párrafo.

No puedo evitar meter a Tintín en el saco de los blockbusters pasados de vueltas (y muchas veces, de metraje) que encadenan set-pieces de acción desbocada sin ningún tipo de contrapunto dramático, en plan "Transformers" y "Piratas del Caribe".

Eso si, le pones una de éstas a la chavalada y se quedan hipnotizados hasta los créditos finales, comprobado. Y me parece que de ahí vienen las duraciones extremas: media hora más de Jack Sparrow o Transformers dándose de hostias en el DVD es media hora más de respiro para los padres.