18 febrero 2013

My Bloody Valentine y "mbv" a vista de pájaro

El pasado viernes entregué artículo dedicado a explicar lo que My Bloody Valentine y "mbv" suponen en la historia de la música. La historia real, no la que nos quieren contar las radiofórmulas tipo M80 o 40, claro. La de las bandas que más allá de las listas de éxito son referente cultural en el devenir de la historia del rock.
La página quedó bonita, y del artículo quedé satisfecho. Ambos, los reproduzco aquí:
La página original en "Visado", fundido en sonido Valentine.

El Ave Fénix del ruido.

La inesperada vuelta de My Bloody Valentine con un disco tras 22 años de silencio vuelve a poner a la banda en el ojo del huracán musical. En Visado repasamos su trascendente carrera, y escuchamos el ansiado retorno.

OCTAVIO BEARES.

Los inicios.
Hay pocas bandas que, desde el underground o lo alternativo, hayan generado una categoría de culto y auténtico mito como la de My Bloody Valentine. Aunque el combo formado por Kevin Shields y Colm Ó Cíosóig nació en 1983 como grupo de anodino post-punk, fue en 1987 cuando realmente, tras una reestructura interna y cual Fénix, nace un nuevo grupo, la semilla de lo que hoy se conoce como sonido “shoegaze”. Aquellos mozalbetes que se obstinaban en imitar al primer (y abrupto) Nick Cave, se convirtieron en una banda de noise pop, ese estilo que inauguraba en 1985 “Psychocandy”, debut de The Jesus and Mary Chain donde las melodías más Beach Boys se sepultaban en guitarras monstruosas, ruido y acoples. Los nuevos pasos de Shields, ahora con la aportación vital de la cantante y guitarrista Bilinda Butcher, eran mucho menos radicales que lo que habían perpetrado dos años antes sus mentores, pero el grupo poseía encanto melódico, y los juegos de voces de Shields y Bilinda colisionando con el fuzz de las guitarras prometían una personalidad propia.
Posiblemente, tras varios Eps de consolidación, sea “You made me realise EP” (1988) su primer trabajo notable. Radicalizando más su sonido, logran llamar la atención con su centrifugado de melodías y ruido, sobre todo con el tema titular, un castañazo que incluye un paisaje de caos abstracto con el que en directo causarán estragos en los oyentes.
En 1988 su primer LP para el reputado sello Creation, “Isn’t anything”, los pone en la primera fila de los muchos seguidores del noise (o de The Jesus and Mary Chain, si se prefiere). Es un disco turbio y oscuro, donde persiste el lado angelical de las melodías pero los ritmos abruptos y las guitarras en llamas precipitan al oyente en una música violentísima. Este sonido cándido y fiero al tiempo, así como su actitud hierática en escenarios, creó escuela, lo que se dio en llamar “shoegazing”, un grupo de bandas que conjugaban melodías ensoñadoras con ruido de guitarras desacomplejado (Lush, Slowdive, Ride, Palesaints…). Pero los imitadores iban a ser superados. Aunque no pronto.

El disco de la leyenda
My Bloody Valentine ya eran enormemente influyentes en los noventa. Hasta U2 guiñan un ojo en “Who's gonna ride your wild horses” (de “Achtung baby”) a las guitarras líquidas, desdibujadas, de los maxis que preludian “Loveless” (1991), la obra cumbre de My Bloody Valentine. Llegamos así a un disco clásico, influyente como pocos en los últimos veinticinco años (de numerosas bandas-fotocopia a estilos como el post-rock, el tecno más paisajístico y el rock alternativo). En su día “Loveless” fue saludado con emoción, y vino ya envuelto en leyenda: Shields como demiurgo perfeccionista e inseguro al tiempo, se encierra tres años, tres, en un estudio de grabación para hacer el disco (de hecho, usa diecinueve estudios distintos), es capaz de tardar medio mes en grabar la pandereta de una canción, contrata a ingenieros de sonido como quien come pipas, y arruina a su discográfica. Parece que el ave Fénix se quemó, y de paso arrasa a su compañía de discos en el intento de resucitar. Mal negocio, pero paso firme hacia la posteridad, porque sí, My Bloody Valentine resucitan, finalmente sacan “Loveless” y su música hechiza desde el primer momento a la crítica especializada y a músicos de renombre mundial. De Brian Eno (que los alaba rendido) a Bob Mould (líder en los ochenta de los padres del hardcore Hüsker Dü) pasando por Robert Smith de The Cure, todo son voces laudatorias. No es para menos. “Loveless” es la perfección hecha ruido. O el ruido convertido en belleza sensual. Hay que escucharlo para creerlo, así de simple. Un bucle de música borrosa, incandescente y bella que no ha sido superado, aunque sí muy influyente en bandas tan interesantes como The Boo Radleys, Mogwai o (por mirar cerca) Los Planetas.
Y desde 1991 y “Loveless”, el caos, la nada. Años de grabaciones, creación de estudios a la medida de la banda, anuncios de “estamos trabajando en ello” y finalmente, cero resultados, disolución del grupo y cada uno a su casa (o a otras bandas). Ni siquiera la reunión para tocar en directo en 2008 parecía (pese a las continuas declaraciones de Shields) aval para imaginar una continuación al mejor disco de psicodelia ruidista nunca grabado.
Pero el ave Fénix, sí, acostumbra a resucitar de sus cenizas, aunque de aquellas apenas quede un ascua. El pasado 2 de Febrero, a las 23’58, por sorpresa y con una nota breve en las redes sociales a modo de aviso discreto, aparece en la página web de la banda el esperadísimo nuevo disco, con el escueto nombre “mbv”. Sin contrato discográfico, en venta directa en formatos descargables y en soporte CD. Refulge el corazón ígneo de My Bloody Valentine, tras más de veinte años de consumirse en su propio fuego, y lo hace ante el asombro de fans y prensa. Inesperado. E histórico.
El próximo 1 de Junio tocarán en Oporto, encabezando el cartel del festival Optimus Primavera Sound.

“mbv”, de My Bloody Valentine.

No es posible calibrar el impacto de “mbv”. “Loveless” creció durante más de veinte años. Probablemente su continuación no lo haga con la trascendencia de aquel, pero de momento certifica que el “sonido Valentine” sólo habita en el alma de Kevin Shields, compositor, productor, guitarrista y cantante de My Bloody Valentine. El disco recupera las grabaciones de los noventa, los intentos infructuosos de hace dos décadas por sacar material nuevo. El resultado es un curioso ovni descontextualizado. “mbv”, ajeno a modas, incide en el propio sonido de la banda, se mira en “Loveless” y también explora territorios nuevos para demostrar que My Bloody Valentine no se consumen en su disco anterior.
El disco comienza con un espejo a su predecesor. Los tres temas iniciales (“She found now”, “Only tomorrow” y “Who sees you”) evidencian que ningún seguidor llega donde los originales. A partir de aquí, el disco pronto se adentra en terrenos nuevos, coquetea con órganos evocando a bandas como Stereolab, atrona desde el hip hop (las baterías de “In another way”), experimenta a tumba abierta (el ruido atroz maridado con ritmos drum ‘n bass de “Wonder 2”) o juega con un pop casi limpio en “New you” sin perder alquimia sonora.
El tiempo nos dirá dónde se ubica “mbv”. Por ahora, retorno nada fallido, y momento de referencia para la historia del rock.

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