11 febrero 2013

Toy Story

Pese a que los Reyes Magos se obstinan en agasajar al pequeño de la casa (aka "Punchito") con juguetes (un juego de mesa, una descatalogada pirámide de Playmobil...), la realidad del ocio virtual y electrónico, táctil, inalámbrico o en línea, se ha apoderado del espacio de ocio infantil por aquí. Wii, Ipad con juegos para niños... es evidente que un padre a veces da la bienvenida a este nuevo aliado en que su hijo le deje en paz durante unos minutos. O una tarde. Pero me resulta curioso recordar cómo, de niño, yo atesoraba muñecos con los que jugaba. Generalmente en compañía de algún amigo, pero a veces en soledad. También estaban los tebeos. Punchito aún lee costosamente, pero la lectura espero que no sea una batalla perdida y que, viendo comportamientos y acrtitudes lectoras en casa, los imite buenamente. No sin esfuerzo e insistencia paterna.
Donde sí creo las cosas más peliagudas es en recuperar ese juguete físico, inanimado, que permite elaborar mundos, geografías, lugares e historias con la sola ayuda de tu puerta cerrada y que nadie te moleste. No creo que sea problema de esta humilde morada sino del paisaje general. Las casas de fiestas de cumpleaños, los amigos del cole... la tecnología invade las querencias del niño independientemente de los gustos paternos. Y llega a ser cruel pretender dar a tu hijo lo que tu has tenido, y no lo que la moderna sociedad del consumo les da. El equilibrio se llama educar al niño.
Pero yo no quería hablar de mi chaval ni soltar moralejas educativas, sino recordar mis juguetes, algunos casi psicotrónicos, extravagantes. De una sociedad del consumo ya plena, ojo. Los primeros ochenta. Pero creo que han cambiado muchas cosas. Yo no he tenido "videojuegos" o maquinitas hasta los once o doce. O más. Un par de marcianitos, Donkey Kong y para. Nada se enchufaba a mi tele. Pero sí atesoraba los muñecos más kitch del universo íbero.
Yo tenía un Spiderman maravilloso que se desvestía.
Recordé el envoltorio al encontrar esta foto. Casi el tacto de la tela, el velcro por la espalda y las graciosísimas mangas. Pero sobre todo recuerdo su detallista máscara-cara de plástico.
Hay en sus formas, en los ojos, una suavidad tranquila que emparenta este Spiderman al de Ross Andru, por ejemplo, al de los setenta, ajeno al contorsionismo post McFarlane.
Entrañable. Como lo era mi Fray Tuck, un muñeco de la misma casa que el Spider sobre personajes de... Robin Hood. No me pregunten porqué, pero me hacían mucha gracia esas sandalias de quita y pon, así que... pa casa, Tuck.
Mezclar en una misma alfombra a Tuck y a Spiderman es algo, me temo, ajeno a los universos bien perfilados que la Play ofrece hoy a los infantes y yo creo que es bueno, que alimenta la imaginación, e inocula un espíritu pop bastante terrorista, no muy alejado del que alimenta el cine de un Tarantino (basado en la cultura omnívora y desordenada del videoclub, ¿porqué no la comparación, pues?).
Pero en mi infancia el pop y el kitch entraron vía big jim, su círculo pirata. Capitan Drake, Capitán Flint, Zorak... dignos personajes para un cómic Fleetaway. De hecho los Big Jim tuvo su serie de cómics (más cercana a Marvel que a la casa inglesa, parece).
¿John Buscema?
Pero dejadme presentaros esta serie de musculados piratamonsters de rostros cambiantes y golpes mortales (si no recuerdo mal, Jim incluía un leño que rompiá en dos de un golpe) Delirios como bíceps que crecen, o el pelo selvático de Capitán Jim, el eslabón perdido entre Sandokan y Alan Moore al que, de haber sido producto íbero, no sobraría un pelo pecho tupido y viriliter. Malditos sajones lampiños, hemos perdido al muñeco macho-alpha perfecto...
Pero aunque Jim, con su poderosa humanidad y mayor hombría, era mi pirata favorito entonces, tengo que admirarme hoy por estos dos neo Zipi y Zape del filibusterismo cuyos rostros humanos cambiaban, a un golpe de brazo, a aberraciones sacadas de una cinta de terror de Mario Bava:
Maravilloso, pero piense el lector que estas dos monstruosidades faranduleras lucían un rostro humano apolíneo y galante...
Hay algo perverso en ello: como si el galán modélico, el ecce homo sexy de disco pub setentero, escondiese (para el caso en el reverso del capuchón) a un monstruo. Entre cuentos de piratas se explica que la virtud debe ser objeto de desconfianzas y la belleza deberá ser interior. Y el interior aquí era calavérico o verde-Troma. Yuyu.
Aunque ya que estamos con el lado turbio... los juguetes de hoy carecen de esta sórdida semidesnudez, sexy, sudorosa...
Por no hablar de lo fácilmente que se unían en estos muñecos sexo y mutilación, amigos... conceptos unidos aquí de un modo sórdido y cronenbergiano.
Estos muñecos, por cierto, aportan también unas cajas maravillosas, coloridas y horteritas como tiene que ser.

En fin, la conclusión a todo esto es obvia. El juguete que empuñas y al que otorgas vida tiene una capacidad inexistente en otras formas de ocio prepúber: la imaginación como gobierno de los asuntos del juego. Imaginación para empastar un superéroe Marvel y un personaje del folclore. Para otorgar matices inexistentes en cada juguete. Para crear alrededor del Capitán Jim todo lo qeu quieras sin restricciones.
No quiero decir, ojo, que una buena sesión de Wii o de X-Box no tenga bondades enormes. Pero sí que, dado lo cómodo que resulta para todos enchufar el juguete (ausencia de desorden, abstracción potentísima, posibilidad de olvidarte de tu hijo ya que no se reclama la participación paterna...) terminar, por dejadez y comodidad, olvidando todo lo bueno que hay en el juguete tradicional sería una pena. Además, jugar a piratas en la alfombra de tu hijo... eso no tiene precio.
Por no decir que yo siempre puedo aportar al juego mi gorila de Big Jim, que sí, aún conservo (sin red ni catapulta, eso sí... lo digo porque si me persono en tu casa para una timba no me lo recrimines).

3 comentarios:

Int dijo...

Las películas que me montaba yo con los G.I.Joe. Con guión y elección de encuadres (imaginarios, claro) incluidos.

Y sí, cada vez que veo anunciar por TV un juguete más o menos tradicional (los bebés qu elloran y tal, incluso muñecos de superhéroes) me pregunto si hay un mercado para ellos. Supongo que sí, si no no los fabricarían.

Pero los vídeo-juegos no me parecen un mal sustituto. Se les ha demonizado mucho, pero siempre desde el desconocimiento. Hoy en día, con los avances tecnológicos y artísticos, un vídeo-juego es una puerta abierta a mundos imaginarios como lo pueda ser un libro, donde nos cuentan historias fantásticas y emocionantes. Y, a veces, muy tradicionales. Además que está estudiado que ayudan a desarrollar los reflejos y las habilidades de respuesta de los niños.

La lectura es indispensable, qué duda cabe, pero los vídeo-juegos son un buen complemento siempre que se elijan con responsabilidad de cara a la edad del niño. Como los cómics, vamos.

Octavio B. (señor punch) dijo...

sí, yo también veo bien muchas cosas en los videojuegos, como comento en el post. El problema, de haberlo, no es el objeto sino su administración: no se compatibiliza, absorbe a otras formas de ocio y puede quedar como la única. Hace un mes mi chaval fue a casa de un amigo del cole. Dos horas. Las pasaron en el salón jugando a la wii, ¡ni siquiera vio el cuarto del amigo! solo wii, wii, wii.
Eso no es bueno tampoco.
Ahora, yo soy el 1º en jugar a la wii con mi hijo
Por cierto que rondo Monster Hunter tri. Para papá, caro.

Int dijo...

Toda la razón. El problema de los vídeo-juegos es la cantidad de horas que les tienes que dar. Y buen juego ha elegido usted: los Moster Hunter son chupadores de horas como ellos solos.

En no pocas ocasiones, cuando mi blog ha quedado desierto de actualizaciones durante tiempo ha sido por estar absorbido en algún JRPG.