02 mayo 2014

Al hilo de "To be kind", sobre Swans.

Swans han vuelto y lo han hecho con algo increíble: convertir en papel mojado la idea de que "The Seer", duodécimo trabajo de una carrera de 32 años (bueno, de 29 en el momento de su salida), era un cenit.
Bueno, lo es, uno de los discos más importantes de la historia del rock, porque pocos artistas del gremio hay que construyan durante lustros una carrera macerando ideas sin pervertir el concepto primigenio, hasta dar con el perfecto equilibrio entre experiencia, intuición, talento y conocimiento de su propia criatura. Pero resulta que te escuchas "To be kind" y lo que sientes no es "fórmula asentada", "repetición" o "cambio drástico para salir de su propia cárcel sonora". Ni siquiera "evolución natural". Hay movimientos, claro, pero el secreto de Swans está en otro lugar.
Swans, Michael Gira, simplemente viven en su propia dimensión, absolutamente diferente al resto de la música popular (llamar popular a un artefacto como este disco telúrico y fiero es una ironía, en estos tiempos de música chicle, pero bueno). Lo de los cisnes es una experiencia catártica, más cercana a los mantras chamánicos más ancestrales que a estilos de pop-rock y maneras de show bisnes. Música para cambiar cosas. Música-poder. Como comentó Gira, su arte brota de "that deep sex death place in your stomach".
No es heavy metal, o gótico, o hardcore, o no-wave o doom, o blues, o... No es un estilo sino la búsqueda y materialización de cómo sacar en forma de música algo que tenemos todos: la angustia ante lo finito. Ante la certeza de que te morirás y pudrirás y tu cabeza dejará de pensar y tú dejarás de poder sentir la vida. Lo bueno es que sobre esa certeza Swans, los últimos Swans sobre todo, los que se reactivaron en 2010 tras dormir casi quince años,  no solo evidencian la trascendencia de vivir, sino que la encaran con una música para la catarsis dichosa. Catarsis como comunión. Celebración (con miedo, sí, pero también con alegría, y siempre con entrega arrebatada).
Y algo así solo puede ser muy feroz. Encontrar esa purificación en que nos abandonamos a través de una orquesta se me antoja tarea compleja. Michael Gira dirige en directo a su banda, los dirige como un director de una sinfónica, porque entiende (todos en Swans lo hacen) que para liberarse hay que controlar mucho el vehículo que nos libera. La música de Swans es un trabajo de orfebrería alucinante. Cada caricia acústica, cada estruendo de guitarra, cada regurgitar vocal, cada salmo de barítono sereno y cada alarido mántrico está clavado en su lugar con precisión absoluta.
Sus discos pueden alcanzar las dos horas de música liberadora, y nada sobra en ellos. Y lo consiguen porque en la música de Swans y en la imponencia física de su líder y en la voz tremebunda de su poderosa garganta se revela una vida donde el exceso, la pérdida, la violencia y la cárcel han estado muy presentes. Experiencias extremas. Pero donde el compromiso, el amor liberador y la creatividad como tablas de salvación parece que lo han sido finalmente todo. De esa mezcla surge algo único que muy pocos pueden dar. Y que solo alguien bendecido con el poder presencial de Michael Gira (totémico, amenazante, escatológico -en todos los sentidos-) puede llevar a las cotas que habitan Swans.

Saludar.

Orar.

Gritar.

Danzar.
Citando a Steve Albini (hablando de un sello discográfico), si alguien me descubre un grupo que transporte a la catarsis como lo hacen Swans, "le chupo la polla".

Enloquecer.
Ahora, escucha (mete cascos y más volumen que el que consideres sensato, para sentir su final)