17 agosto 2014

EL LOBO DE WALL STREET, de Martin Scorsese

¿Reiteración y agotamiento o pulso maestro del discurso de un "Autor"? Lo segundo, para mí lo segundo.
Scorsese mueve ficha sin cambiar la estrategia y dirige su bisturí a la "alta sociedad" bursátil. Los brokers de la Calle Wall. Y la lía parda, claro, a partir de un texto ajeno (autobiografía del delincuente financiero Jordan R. Belfort) que colma de su propia mirada, siempre afilada, nunca en relax a la hora de enfrentarse a las miserias de Nueva York como definitivo espejo del mundo capitalista moderno.
Y al mirar a un espectro del pantone neoyorkino inaudito en su filmografía, aleja la sensación de repetirse, agudiza la bilis, completa su discurso sobre la manzana podrida que es el sistema en que nos movemos, y antes que reiterativo se nos ofrece agudo y feroz.
En "El lobo de Wal Street" tenemos el pulso único del director de "Uno de los nuestros", cinta con la que veo mucha relación en el estilo fílmico y eso es discurso también: telita por parte de Scorsese aplicar el estilo de filmar y narrar de Good fellas al ambiente bursátil de su última cinta, eso es mensaje y viene a decir que quienes habitan la cúpula financiera del capitalismo son unos mafiosos del copón.
Unamos al mejunje un Di Caprio brutal y algunas escenas de lo más delirante de Scorsese (todo el pollo de la droga caducada y los teléfonos pinchados es sencillamente de lo más cañón que recuerdo en la carrera del autor de "Toro Salvaje") y zasca, tenemos otro clásico instantáneo de quien hace 38 años entregó "Taxi Driver". 100% Maestro, 0% polillas.

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