29 mayo 2015

Ada Colau, una imagen de política 2.0

La política nos afecta a todos, siempre. Aunque no me considere un animal político si no, en todo caso, cultural (y considero la cultura como algo más trascendente -y sobre todo, bello- que la política), es evidente que a todos nos interesan los vericuetos del poder legislativo y ejecutivo. Pero en tiempos de elecciones uno observa con más insistencia e incluso interés lo que generalmente considera un foco de corrupción ética antes que un servicio para la comunicad o una delegación del poder de un pueblo. Aunque solo sea porque en los tiempos electorales deviene una ola, de cambio o de mantenimiento del estatu quo.
Y quizá porque personalmente me posicione en el grupo de quienes consideran que es hora de cambios, que la transición es un momento de necesaria revisión (de hecho la historiografía contemporánea ya lo está haciendo), hubo en estas elecciones una imagen que me ha parecido importante, significativa y simbólica para quienes albergan esperanzas de dicho cambio.
Digo "cambio" y no hablo de mera permuta de siglas en las cámaras, si no de uno más profundo y transversal, el de una vieja política modelo-transición que es demasiado útil para quienes la detentan, pero que debería mutar a un sentido del deber dadivoso, realmente entregado a la ciudadanía.
Estamos demasiado acostumbrados a políticos adictos a la frase hecha, el recurso manido, el “y tú mas” como argumento. A la nariz de Pinocho blandida insolentemente, sin disimulo. A declaraciones como “Estamos en política para forrarnos”. Nos acostumbramos (no sin escándalo, pero nos acostumbramos) a presidentes virtuales que se dirigen a prensa y ciudadanos desde un plasma, que recitan mensajes con la frialdad de Hal 9000.
Frente a todo ello, la primera aparición de Ada Colau tras confirmarse su victoria como candidata por Barcelona en Comú a la alcaldía de Barna fue un momento clave.
Lágrimas

Sonriente y llorando. A moco tendido. Lágrimas de alegría en absoluto impostadas que traspasaron mi plasma y arrojan luz en el salón de mi casa. Porque la televisión a veces puede transmitir sentimientos poderosos e impregnarnos, no es solamente un artilugio defensivo, un Muro del Norte. El pasado domingo nos brindó un momento de, sí, nuevas formas políticas, las de una alegría humana, vívida y auténtica. Esperanzadora.
Quizá la prensa neocon tenga razón, quizá Colau sea una perdición radika para su ciudad. Quizá no. Pero lo que ya es, desde el punto cero de su ruptura formal con la profilaxis post electoral de sonrisa ensayada ante el espejo, es un símbolo de las nuevas formas, mucho más cercanas, tangibles y humanas, de una política que la sociedad española, a la luz de los resultados electorales, está demandando. Ojalá los partidos “tradicionales” tomen nota.

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