05 mayo 2015

The National o el rock como catarsis colectiva.

El jueves pasado la más de tres mil almas que asistimos al concierto en directo de The National en el Lapso Music Festival compostelano, fuimos testigos privilegiados de algo único.

Es verdad que el sonido-globo de un recinto "born to be feira de vacas" fue un handicap que hacía necesario lanzarse a la zona de primera línea para escuchar como dios manda el evento, pero hay que hablar del concierto mucho más allá de los peros de ubicación (por otro lado fue inevitable reubicar un live que se había pensado para La Quintana, al aire libre, porque calló la del diluvio universal).
The National sobre un escenario no solo tocan música o reproducen su repertorio con más o menos eficacia.  Matt Berninger, los hermanos Dessner y los hermanos Devendorf buscan una línea casi narrativa y un crescendo orgánico para lograr una catarsis que termine por poseer a banda y público. Catarsis como rito sanador, como una "purificación, liberación o transformación interior suscitados por una experiencia vital profunda", como nos dice el dicciopinta de la RAE.
Berninger y compañía suben al escenario con pose elegante, el frontman luce traje, chaleco, corbata. Es sexy sin ir de sexy, entra a escena con copazo de vaso ancho, está calzadillo y durante las dos horas de show no dejará de zumbarle pero bien. Entra fino y acaba como las Grecas. Su actitud es tensísima, canta reconcentrado y cuando no canta deambula por el escenario con movimientos nerviosos, golpea el micro, patea un monitor... víctima de un desasosiego que no parece fingido aunque en cada actuación se repita el ritual. Es el espíritu chamánico que una vez tuvo la música y que hoy pocas veces alcanza. La tensión crece, la banda es pasmosa, versátil y rica. Suenan guitarras mutantes, tratadas, ruidosas, rasgadas o a lo fingerpicking, golpeadas, frotadas con un arco, alzadas como banderas al cielo. Suenan trompetas, pianos, electricidad, acústica y una base rítmica poderosa. Y capitaneando, el borracho con voz de barítiono, ese gemido hondo de terciopelo que en directo evoluciona a alarido primordial, cercano al Lennon de la terapia primal. Un método evidentemente catártico, sí.
El concierto resulta un viaje que va del crooner glamouroso al artista destroyer y cargado de "angst", que terminó en la purificación del propio Berninger cantando los bises diluido, desmaterializado, perdido entre el público. La cosa va, interpreto, más allá del baño de masas del divo-rock: consigue esa "limpieza ritual" que The National transmiten sobre las tablas. Una experiencia, en fin, que trasciende el gélido mundo de la percepción técnica de un concierto para convertir la música en medicina. Desafinar o no, en el contexto de lo ritual, es accesorio. The National buscan una comunión, y efectivamente su concierto fue... la Hostia.
Puedes comprobarlo en este enlace (del concierto entero en Sydney, que es maravilloso, recomiendo, pero enlazo a partir del tramo final: quince minutos para fliparlo MUCHO): pincha aquí