10 octubre 2015

MAD MAX. FURIA EN LA CARRETERA, de George Miller.

Loco
Mad Max es un icono de la ciencia ficción, el más importante de la vertiente postapocalíptica. Yo, confieso, no tenía el menor interés en la saga. No había visto ni diez minutos de ninguna de las tres enregas que George Miller dirigió entre 1979 y 1985 –la 3ª codirigida con George Ogilvie– y el tema, la acción macarra post, me pilló en una edad en que o bien estaba demasiado verde para esas películas, o demasiado estupendo y pensando que castañas pilongas, pedantes y huecas como Birdy de Alan Parker eran el summun de la cultura cinematográfica.
Como sigo virgen cual doncella feudal en esa trilogía, no me pronuncio. Pero treinta años más tarde de la última ("Más allá de la cúpula del trueno") se estrena bajo la dirección del propio Miller una nueva entrega, "Fury Road", y todas las voces "sospechosas" afinaban sus trinos: obra maestra.
Esta semana me enfrenté a la película (visionado casero, no hubo lugar a escapada a la gran pantalla) y solo puedo decir una cosa.
BUM

Mad Max. Furia en la carretera es un canto al cine puro. Si el séptimo arte es imagen en movimiento ante todo, a la que ulteriormente podremos aplicar resortes de narrativa y contar alambicadas historias, esta carrera iracunda en constante fuga es una de las muestras más depuradas, intensas, indomadas y hermosas de cine que he visto en muchos años. Porque desde el primer fotograma hasta el cierre todo es poesía visual en la salvajada de Miller (que ojo, la rodó con 69 añitos, no con 26 eufóricas primaveras... aunque quién lo diría).
SINOPSIS. Una mujer, Imperator Furiosa, libera al harén de un sátrapa y se las lleva para concederles la ansiada libertad. El tirano se lanza, con toda su corte, a capturar al camión en el que se dan el piro con una caballería de tractocamiones. En la fuga atraviesan un mundo apocalíptico, desértico y hostil a la vida orgánica. Mad Max está en medio y ayuda a Furiosa. Se acabó, eso es todo. La chica, pues, no es meramente argumental y hay que buscarla en otros lugares. No hay profundidades psicológicas pero sí una potente construcción de personajes. Estamos ante una película que es cualquier cosa menos un contenedor vacío. Desde la exteriorización (muy David Lynch) del mal en el aspecto físico del tirano Immortan Joe hasta el discurso feminista o cuanto menos femenino de sus vestales en fuga, pasando por supuesto por ese nuevo icono cinematográfico que es Imperator Furiosa una Charlize Theron a la altura icónica del replicante Roy Batty en Blade Runner–, acabando en el propio Max, claro.
Furiosa

El personaje de Mad Max y cómo es planteado, por cierto, es otro acierto. Se convierte en secundario prácticamente, en testigo activo. Y Miller revela inteligencia fílmica en su presentación. Primero, con más pelo facial que un hippie vago, después, capturado y "aseado", anteponiendo al rostro del actor Tom Hardy una máscara a medio camino de un bozal y el contenedor de Hannibal Lecter. Finalmente sin intermedios entre su rostro y nosotros. Entre el nuevo rostro actoral de Max y el espectador Miller ha creado un juego de velos para que pasemos de identificar al icono de un modo abstracto, a asumir su nuevo rostro. Entra como un yeti sin cara, todo pelo (y enfocado desde detrás, además), luego está medio metraje semi-oculto por el arnés facial, pero vamos asumiendo sus rasgos a través del mismo, su mirada intensa, o sus gestos corporales, tan viscerales... y finalmente cuando, denodadamente logra deshacerse del bozal, bueno, es Max, lo sabemos, lo hemos estado masticando durante una hora, ya no hay otro rostro, ya no nos acordamos de Mel Gibson.
Es por detalles como este que la cinta solo es capaz de rayar a alturas de vértigo. Y sobre todo, lo dicho, por su poderío visual, por su capacidad de elevar al cine de acción muy por encima de cualquier otro producto del palo (hasta la magnífica traca final de Los Vengadores -2012- de  Joss Whedon palidecen ante esta bomba). La fuerza de las escenas que se engarzan sin respiro; los fundidos en negro sencillamente acongojantes, intensos, dilatando el tiempo y tensando al espectador; el poso de la más grande tradición genérica del cine norteamericano –el western, claro, está ahí, con John Ford a la cabeza–; la fotografía imponente; las actuaciones secas; los diálogos cortantes y telegráficos... nada falla, todo suma.
Carretera
Y añadimos la pirueta de un director que retoma su propio icono, que dormía el sueño de los justos, y lo logra resucitar sin que asome la duda de la oportunidad o la mercadotecnia: vista la cinta no te preguntas "porqué", ni "para qué". Es simplemente un acto de creación explosivo que no se parece a nada que se haga hoy pero que jugando con los códigos de la espectacularidad y la acción le da sopas con onda a todo lo que se hace hoy. Una película que brilla con tal intensidad supernova que oscurece a todo el cine del palo boddy action que le pueda rodear.
Mad Max, Furia en la carretera es una de las películas de la década.

PD: ¿más pistas de la genialidad de Fury Road? A Carlos Boyero, la empanadilla mediática del celuloide, no le ha gustado ni la ha entendido ("un mecanismo previsible, en el que los guionistas no han tenido que exprimirse mucho el cerebro intentando crear diálogos potentes, buscar matices, dotar de alma a los personajes" me parto el ojal con este hombre). Es la prueba del algodón definitiva, por supuesto.

1 comentario:

Juan Agustí dijo...

Pues sólo he leído los dos primeros párrafos, así que trataré de verla. Igual que tú, nunca tuve el menor interés en la saga. Cuando lo haya hecho, continúo con el resto del post