20 diciembre 2015

STAR WARS VII, EL DESPERTAR DE LA FUERZA, de JJ Abrams

JJ Abrams ha demostrado en su carrera como director dos cosas, cuanto menos: que es un muy buen director de cintas de acción (Star Trek), y que su universo se nutre de la apropiación entendida como forma de arte (Super 8). Abrams domina el encadenado de escenas en una montaña rusa espectacular y adrenalínica. Sabe organizar las caídas al vacío y los giros locos con los momentos de relax para crear el ritmo que necesita el viaje. Y sus películas son construcciones narrativas especulares, reflejos desde la admiración y el cariño hacia un modo de hacer cine blockbuster que es el suyo, el de su infancia (un niño de los setenta y ochenta).
La 1ª

Yo recuerdo perfectamente el estreno en Santiago de Compostela de "La guerra de las Galaxias", un estreno que marcó culturalmente, sin proponérselo, nuestra transición. Era el "todo es posible" de un tiempo con ganas de cambio nacional, materializado en la chulería de Lucas; y de un cine que también creía que todo era posible. Es una metáfora pillada por los pelos y que desde luego no me afectó ni la tuve remotamente presente con siete u ocho años. Aquello era increíble. No, perdonad, lo que era es... creíble. Creíble como nunca antes. Un refrito de géneros (la original fue otro juego de espejos, en fin) con naves que surcaban la galaxia, cantinas abarrotadas de marcianos y armas de un poder que empequeñecía los delirios de los tebeos Marvel, aquellos que felizmente trituraba, en los setenta, la editorial Vértice.
Marvel edición de bolsillo, blanco y negro, páginas remontadas.
Magia, con todo.
Lo que yo recuerdo son las enormes colas en el cine Capitol, el "ya han agotado entradas" y para casita chafado, la emoción de los compañeros de clase que ya la habían visto (y la contaban, en 1977 no nos andábamos con "aviso, spoilers"), y sí, el día que por fin pude verla. Y el día en que por fin pude repetirla. Y el día en que por fin pude volver a repetirla. Porque yo fui tres veces al Capitol a ver La guerra de las Galaxias en aquel universo sin VHS y con un par de canales de tele, donde para recrear la película o la veías de nuevo en sala grande o te comprabas el tebeo (que también). La guerra de las Galaxias (se habrá notado que no la llamo de otro modo, a la primera) está instalada, con su mitología, en algún lugar de mi cerebro.
Cine Capitol, lujo franquista en la capital gallega

Más: recuerdo la emoción ante la tragedia oscura de El Imperio Contraataca (1980, diez años), con la congelación de Han Solo como momento emocional sin parangón ("Te quiero", "Lo sé", ese diálogo estúpido y escueto no mola, es "la molonidad" encarnada), y el poder voltáico del Emperador en El retorno del jedi en 1983 (otra vez con regusto marvelita).
Las nuevas visualizaciones, con la edad y la paternidad, ponen a esa ficción en un lugar cinematográfico concreto, que no es el de las obras maestras, pero posiblemente, cuanto menos la primera de la saga, tiene un valor indiscutible, el de generar una cosmología fantástica verista que se incrustó en una generación. Nunca antes nos habíamos creído la ficción así. No como la estábamos sintiendo en ese momento, cabalgando naves para enfrentarnos a la imbatible Estrella de la Muerte.

La segunda parte de la trilogía fue el desarrollo de las reglas del juego que ideó su creador, George Lucas. Así, como el invento era suyo, entre 1999 y 2005 Lucas se dedicó a meter efectos de alta tecnología (para su tiempo), crear incongruencias argumentales (entonces, a Luke lo escondieron de su padre Vader... en el pueblo en que Vader nació y creció... inteligente medida) y empantanar un relato pulp vistiendo al emperador con irreales abalorios palatinos, cortes "complejas", fracciones políticas y explicaciones cientifistas para el mesianismo espiritual de la primera saga. Todo en manos de actores sin chicha, personajes sin pegada y argumentos pseudo shakesperianos (reyes caídos, venganzas, cortes corruptas...). Mucho bostezo. Digamos que Lucas quería desarrollar las reglas que había inventado, expandiendo el tablero, creando nuevas fichas (Jar Jar Binks, Darth Mauld, Dooku...) etc. Pero la expansión le salió rana, mejor jugar otra vez al viejo y sencillo juego setentero/ochentero, sencillo, pero eficaz en su dinámica de tirar dados y repetir porque me toca.
Y en estas, diez años después de ver por primera/última vez a Darth Vader, vuelve la saga, tercera trilogía, lo que pasa después de Vader.
Un póster como los de antes. Espejito, espejito...
JJ Abrams, el mago de la acción, el cineasta que reivindica el reflejo del pasado como forma de arte (el sampleado, podríamos decir) ha entregado la primera de la nueva saga y creo que no podía hacerse mejor. No si ubicas la epopeya del mismo modo que he hecho yo. Abrams quiere jugar y que nosotros juguemos, sabe que las nuevas ampliaciones de Lucas no han funcionado, las obvia completamente, y hace lo que lleva haciendo desde hace mucho tiempo: diseña una nueva montaña rusa, y domina el retrovisor. Creo que estamos ante uno de los más claros y hasta logrados ejemplos de, como decía antes, cine-sampler. Igual que la música ha sabido crear a partir de muestras hurtadas, Abrans copia de la trilogía original sin pudor, indisimuladamente. Ha planeado un nuevo juego sobre las reglas del viejo: o lo tomas, o lo dejas. O te convence, o piensas que esto es una tomadura de pelo. Yo opino que es una jugada muy inteligente, porque hace lo que los fans le piden a la continuación de la saga más importante del cine infantil: revivirla, restaurar las sensaciones que la vida y milagros de Anakin Skywalker les escamoteó. Lo hace con la honradez, además, de que es lo que el propio Adams quiere, porque es lo que suele hacer: reflotar formas y argumentos del pasado, de su memoria sentimental, y darles un "barniz a muñeca" refinado, artesanal (aunque en realidad muy digital), trabajado y con resultados brillantes y pulidos.

El despertar de la fuerza es narrativamente vertiginosa, argumentalmente crea nuevos protagonistas (especialmente Rey, una fabulosa Daisy Ridley destinada a perdurar en la memoria de los fans de la saga) y para el malvado se ciñe al espejo para traer una imagen distorionada de Vader (nada de diablitos con cuernos, por favor... en Star Wars no hay más malo que el caballero de negro... hasta muerto, su sombra sigue siendo aquí la que anima al mal). malo con matices dramáticos: Kylo Ren es muy diferente al marmóreo Vader, es un chiquillo débil, irascible y a la vez temible y poderoso.
A mayores, los efectos son de traca. Al volver a casa, bien, en la televisión estaban reponiendo (es lo que hay, estos días toca) Episodio II: El Ataque de los Clones. Su textura y su paleta cromática resultan planas y hasta horteras, por comparación a la rocosidad árida de la cinta de Abrams.
Textura.
Los efectos especiales de El despertar tienen algo de artesanal, de ochentero, pero al tiempo logran un verismo que nunca se había alcanzado. Es lo que tiene el tiempo, hoy lo que se avanza en un año en efectos y posibilidades es una barbaridad. Y así el Halcón Milenario vuela, sencillamente, como nunca ha volado, ni él ni ninguna otra nave espacial en película alguna. Solo por ver lo bien que ha rodado Abrams las escenas de esa nave, sus vuelos rasantes, sus choques con la naturaleza, cómo esquiva, cómo se hunde y cómo se eleva, merece la pena ver la peli.
Solo por eso... y por su piloto, claro. Harrison Ford sabía que tenía en sus manos el deber y la posibilidad de hacer de su mítico personajes la leyenda perfecta, cerrar su ciclo, no fastidiarla, en fin. La mirada cansada, melancólica y guardiana de secretos de Solo, en primer plano o en plano general, merece la pena y debe tomarse como una victoria interpretativa: Ford ha redondeado al que siempre ha sido el mejor personaje de una saga nacida para crear mitologías hollywoodienses.
Han Solo: leyenda.
El actor que mejor ha mantenido su carrera desde aquel 77 (al menos en permanencia mediática y popularidad) vuelve a ser Han de un modo convincente, quizá porque sabe expresar mejor al personaje en lo que calla que en lo que dice y hace. Esto último es muy "lo de siempre", canallesco, seductor, noble. Lo que oculta es un hiato temporal, el que va del beso final con Leia en El retorno del jedi al presente de esta nueva película, ya incrustada en la saga sin posibilidad de aminorar su impacto.
Impacto que será enorme o mínimo dependiendo de la afinidad de cada cual hacia las cosicas de Luke Skywalker (aquí , la importansísima "presencia fantasma"), Vader, Solo y Chewaka, que ahí está, molando que es gerundio.

PD: si yo la he ponderado positivamente entendiendo lo que es y a quién puede llegar, no os cuento cómo está mi hijo de nueve años :D