16 julio 2016

SWANS - THE GLOWING MAN


La cuestión no es ser o no ser "duro". Cuando sobrepasamos la frontera de sonido que proponen Swans la pregunta es si la música puede ser trascendente o no. Y si al éxtasis se puede llegar a través de sonido y dolor.
La cuestión es el arte entendido como pasión. Y redención.
Swans acaban de sacar su nuevo disco, The Glowing man. Nuevamente como sus dos predecesores, disco doble, y dos horas de catarsis sonora feroz, también lírica. Habrá quien no lo entienda, quien no quiera entrar en esas espirales como hachazos sanguinolentos en un aquelarre donde el Carnero del Sacrificio es la propia música. Habrá quien no entienda el trance en directo de Michael Gira, sumo sacerdote de los Cisnes. Habrá quien piense que estos 28 minutos no es que sean más o menos "cañeros", si no que son inaguantables e imposibles de disfrutar como música. 



Pero cuando traspasamos la frontera de lo técnico y nos adentramos en lo trascendente, volviendo al inicio de este post, advertimos la cegadora verdad: con su música Swans va más allá del mero hecho de componer o tocar o interpretar. Swans comulgan a través de su música, tragan la Sagrada Forma, bendecida por una pulsión que es también sacra o mágica, porque evoca no a los arpegios técnicos de superdotados músicos, si no a las danzas místicas que acompañan al hombre desde que es hombre. Música como catarsis (merece la pena fijarse en la actitud de un público que, puedes creerlo, está siendo azotado por un volumen inhumano). Y catarsis como mística, transporte y elevación. Música como comunión, con algo interno (la vibración feroz en cada órgano de tu cuerpo: la comunión con nuestra propia carne) o externo (el trance para llegar a donde cada cual decida que llega más allá de su ser material).

The glowing man es, en declaraciones de Gira, el último disco de Swans en esta formación. Vendrán más Swans, ha dicho, pero con una nueva banda, y no será lo mismo. Es un acto de ética que vuelve al mismo punto, a la música como experiencia trascendente. Y para ser trascendente hay que ser sincero. Swans no son una empresa (la "empresa" es el sello Youn Gods, de Michael Gira, desde donde editan insobornablemente, sin arrodillarse ante popes y negociantes), son un proyecto que ha resucitado (en 2010 y tras catorce años en el limbo) para cristalizar ese mensaje alrededor del sentido último de la música. En cuatro discos sin piedad lo han hecho, han completado su discruso, su evangelio sonoro, y por eso cierran con este The glowing man y una gira venidera.
Fin de una época y de un proyecto/tetralogía únicos en la historia del rock.
Vendrán más Swans, pero ya sabemos que este cisne ha ardido en su propio fuego.
Aleluya.