25 noviembre 2016

Expediente Warren I y II


Me he dejado llevar y he visto las dos películas (vendrán más, habemus saga) de Expediente Waren. La sensación final es agridulce.
Vamos con lo dulce. Los mejores momentos de ambas cintas, y son muchos, pasan por la mirada hacia un terror que palpita en lo cotidiano. Mejor aún en la 2ª, el Caso Enfield, porque se desarrolla en la cara más dañada de la Inglaterra de los últimos setenta. Una mujer separada con hijos a cargo pero sin una economía para mantenerlos sin apreturas, y una casa adosada pequeña, vieja y en un estado de conservación cuanto menos crítico, son los mimbres sobre los que se instala el terror. Uno que juega con la duermevela hábilmente, un horror ante cosas que no se sabe muy bien si son o no son. Nada más aterrador que la duda. Una mecedora, una tienda de campaña instalada por el hijo pequeño en el pasillo... cosas normales que dejan de serlo. Lo mismo sucede con la primera parte, aunque entonces la reversión pasa por convertir una casa más o menos idílica, campestre y bastante "de luxe", en un lugar pesadillesco.
Todo lo que atañe a esa perversión de la realidad por la vía del poltergeist menos spielbergizado está a mi juicio muy conseguido. Te clava, vamos, al asiento. Sobran efectismos de grito fácil, pero si el terror es ambiente, aquí lo hay. En ambas.

Vamos ahora con el limón agrio. Si tenemos los cimientos tan bien armados, ¿porqué introducir a los Warren -matrimonio real que se dedicaba a estas cosas, purgar casas poseídas, investigar fantasmas...- como una suerte de pareja angélica, y no acentuar las dobleces de todo el asunto? Cabría la representación del matrimonio del misterio y su entorno con mayor ambigüedad, y dejar los asuntos paranormales en la tierra (muy tenebrosa, por otro lado) de la duda, lo no resuelto del todo. Pero no: Los Warren son los John Constantine de la vida real, los magos buenos que enfrentan a demonios venidos a la tierra, escapados del infierno, a tocarle las pestañas a una niña pequeña en una casa chunga de barrio pobre. We could be heroes, que cantaba el Duque Blanco...
En esta contemplación casi hagiográfica de los cazafantasmas reposa otra debilidad, a mi entender, de ambas cintas. Como esto va de glorificar a los investigadores de lo oculto y presentarlos como no-fraude sin medias tintas, los casos devienen en la ficción verdaderas demostraciones de lo paranormal y lo maligno/arcano en la tierra. Hacer explícitos a los espíritus, fantasmas y demonios, me ha parecido francamente limitadito. Más aún cuando el terrible demonio, en fin, se parece más a Marilyn Manson disfrazado de Sor Citroën que a una criatura del Infierno.
Y la irrupción explícita de lo paranormal está rodada con demasiado ruido, ganas de ser ampuloso, terroríicamente enolado. Sin demasiadas barbaridades, no resulte que al final nos salga algo gore y nos tachen la cinta de sectarismo freak, no... esto es mucho miedo, pero "para todos". Mass media horror film.

Pero bueno, quedémonos con todo lo bueno que me ha dado el díptico. El verismo enrarecido, la cámara descriptiva, la música, el sonido diegético, el crescendo de lo paranormal en espacios anodinos que mutan en laberintos para el terror crudo. Ahí está la chicha de ambas películas, y donde merece la pena disfrutar. Entre comillas.
El trailer dice bastante del tono y del mal rollo que aporta lo mejor de ambas películas. Play, gente, dadle al play, pero antes apagad las luces.