31 diciembre 2016

Algo de música de 2016

Nada de listas, que tampoco me he vuelto loco a escuchar discos yo, este 2016. Pero por resumir qué me ha gustado o defraudado, venga post.

Los caballos ganadores han sido este año dos clásicos impepinables: por un lado el estremecedor Skeleton Tree de Nick Cave, forjado  a la sombra de la tragedia personal, ahumado con sonidos serenos pero de tristeza y solemnidad abrasivas. Un clásico en un particular apogeo que va a quedar como referente insalvable dentro de su ya larguísima carrera.
Y por otro lado el epitafio de David Bowie, Blackstar, una obra que además de ser histórica por lo que es, resulta que ha supuesto uno de los discos mayores del artista, a la altura de sus joyas clásicas: una kermesse de jazz experimental y sonoridades angustiosas, más cercano a los últimos Portishead o a Scott Walker, que a las radiofórmulas que en las últimas décadas nublaron su gusto. Cerró el telón y nos puso a todos de rodillas.
En ese podio solo ha conseguido entrar un cachorro (en el puesto uno, dos o tres, al gusto) Bon Iver, que se enredó con 22, A Million en un laberinto de creatividad tan absorbente como, quizá, moderniqui. Pero no es una modernidad sonora impostada, sino prueba de su capacidad para absorber lo que le rodea, tras colaborar con gente como Kanye West o James Blake.
Otro clásico rondó las palabras mayores con otro broche histórico. Michael Gira "clausura" su nueva etapa de Swans con The glowing man, completando lo que quedará como la más asombrosa, brutal y chamánica tetralogía de la historia del rock. Puede que como cuarto disco de su nueva etapa no nos sorprenda ya, pero entendidos los Swans del s. XXI como un work in progress es un a obra ineludible. Aquí más solemne y formalmente relajado (bueno... entre comillas), pero cualquier zigurat sonoro de estos Swans sigue transportándonos a una celebracion telúrica de apocalipsis y vida. Terroríficos y sanadores. E insobornables: con un éxito como jamás ha tenido Gira, decide que las cosas son lo que son y no deben alargarse. Swans no muere, pero se transformará en otra cosa, si queremos creer las declaraciones de su líder.
Angel Olsen hace rock clásico con un pié en el folk espectral y otro en la primera PJ Harvey, según el humor de cada canción de su fabulosos My Woman. Revelación en esta casa.
Y hacía mucho que el hardcore, o el postcore, no me sorprendía tanto como con el cuarto disco de Touché Amoré. Conceptual (surge tras la muerte de la madre del cantante, víctima de un cáncer), supura angustia verdadera, no se siente como mero ejercicio de estilo (que es lo que me estaba sacando del género, tanto screamo de postín... la gran diferencia del core y el metal, en general para mi gusto, pasa por lo que distancia las tripas del diafragma, pero lo que picoteaba últimamente de hardcore esa más técnico que regurgitado, para entendernos). Feroces, intensos y con un pie siempre entre la violencia y la melodía más accesible, Stage Four merece ser señalado como importante para el género.
Ruido guitarrero, psicodelia y melodía. Otra cosa que me gusta bastante. Este año han cubierto el cupo tres obras, curiosamente, dos de eelas de España. Ya que Mogwai están delicados últimamente, uno se ha lanzado de cabeza a Minor Victories, la súper bandaza compuesta por  Rachel Goswell (Slowdive), Stuart Braithwaite (Mogwai) y Justin Lockey (Editors). Trío de experiencia contrastada, entrega un producto (homónimo) estilizado, sugerente, primorosamente producido y que intersecciona la épica de Editors, el ruido evanescente y sensual de Slowdive y el toque cinemático con descarga de alto voltaje de Mogwai. Sin inventar nada demuestran estilazo y entregan varias canciones gloriosas.
Tampoco inventan nada Linda Guilala, pero su "angst" convertido en reflujo sónico para Psiconáutica es perfecto para quitarte el mono de Los Planetas, My Bloody Valentine o los primeros Silvania. Y al final la tarta en esto del ruido cafre se la llevan otra vez Triángulo de Amor Bizarro, la apisonadora gallega que en Salve discordia derivan hacia sonidos matizados (de New Order a psycho rock) sin perder un átomo de intensidad. Abrumadora cuarta lección bizarra.
No puedo decir que el de TAB sea "el mejor disco nacional" porque esa chorrada se la dejaré a quien haya escuchado mucha música nacional este año. Yo apenas me acerqué, a mayores, a lo nuevo de Espanto, que cuanto menos han parido una canción como un pepino de grande: "Atravesado por el rayo".
Y así entramos en confesiones: no he escuchado ni el último Cohen, ni el debut de la banda Whitney, Anohni o el último Radiohead, de los que canciones sueltas me han llamado mucho la atención.
Y puestos a confesar pequeñas decepciones, bien, parece que mi momento Animal Collecive ha pasado. Su Painting with no ofrece argumentos para decir que sea "malo": melodías primorosas y muy marcianas, sonidos subacuátcos imposibles, experimentación y accesibilidad... lo que sea: si el año pasado el último de Panda Bear no dejaba de sonar en mi cabeza, el de la banda completa creo que no ha llegado a reproducirse entero y del tirón nunca.
Y no defraudan, muy al contrario, ni Bob Mould, ni el retorno de Pixies. Mould, padre del cordero (del hadcore, del grunge, del indie rock, hasta del indie folk si tal existe y miramos a Workbook), sigue en la brecha con rock de alto voltaje. Pixies tras Indie Cindy (una mierda de disco, en plata) recuperan tono y no entregan autoparodias o discos de Frank Black. Ninguno de ambos, sin embargo, logra un peso, o da un paso que marque un momento especial para quedar como parte de lo más disfrutado en 2016 para quien esto firma. Alegres reencuentros, eso sí.

2 comentarios:

Carlos Marin dijo...

Pues sí, un año en el que estos músicos nos han llevado de la mano hasta el umbral de la muerte. Disfrutemos de su obra los que todavía estamos por aquí. Muchas nuevas ilusiones y energía para llevarlas a cabo. Happy new year!

Octavio B. (señor punch) dijo...

¡Igualmente!