31 julio 2016

SILICON VALLEY

Pied piper es la bomba. Tras ese nombre se esconde una nueva era de la compresión con incalculables aplicaciones en línea, y también un producto nacido de la mente socialmente disfuncional pero brillante para estas cosas infornáuticas de un genio, Richard Hendriks, que rodeado de una minúscula panda de freaks (pero de verdad: un satanista, un fumeta, un emigrante inadaptado...) funda “El flautista”, mucho más eufónico en inglés, “Pied piper”. Aunque igual de ridículo.
Todo ello nace, cómo no, en Silicon Valley, la meca de la hytech y del nuevo empresarialismo, ese que nace en pequeños cuchitriles denominados “incubadoras”, y en mentes privilegiadas que sacrifican los hábitos sociales (estar a la moda, salir de juerga, tener sexo, casi hasta el comer...) por desarrollar esa genialidad que les pondrá a la cabeza de un imperio. Puedes llamarlo Google, Apple o... El flautista.
Silicon Valley es la serie que nos habla de todo esto, del nacimiento, crecimiento y de momento quién sabe si caída de una idea en un entorno que convierte las ideas en acciones bursátiles e imperios monopolísticos. Viva el mal, viva el capital. Y esta nueva Pax Romana mundial donde la calzada es sustituida por la red la encabezan, es la tesis de esta comedia, gilipollas y tarados. Que Dios nos coja confesados.

Esto es lo primero que me ha conquistado de la serie de HBO, un discurso poco amable, vestido con galas de sitcom. Lo segundo, es que como comedia de situación hereda directamente los patrones de un Friends pero actualizados, limpios de vicios pero aprovechando los logros: efecto culebrón de continuidad (una mucho más elaborada que las meras tonterías sentimentales de seis amigos de pisito), personajes carismáticos (interpretados eso sí, sin amaneramientos de estudio de grabación) y masterpieces de comedia pura (como la escena del cálculo masturbatorio en la primera temporada... no digo más, hay que verla). Y se agradece que apenas existan tensiones sentimentales y la serie valla al grano: ver cómo nace y crece un proyecto en el Valle del Silicio, la meca de las industrias de alta tecnología. En manos de personas bastante poco admirables, en términos generales (no, aquí no hay un tipo guay o una chica cool que convertir en icono de moda).

Es cierto que el impacto de la primera temporada, ocho concisos capítulos, no se verá superado por la segunda y menos aún por la tercera (la que muestra quizá signos de confort y fórmula) pero de momento el montante total de 28 capítulos arroja un balance fabuloso, tanto que puedo jurar que hacía tiempo que no me reía a carcajadas delante del televisor, y ha tenido que llegar un grupo de flipados con talento para las tecnologías para lograrlo. Alguna de las escenas más cafres y divertidas de la televisión las vas a encontrar en Silicon Valley.
El anuncio de la 2ª temporada:

La cultura, las lecturas obligatorias en el colegio, la apertura.

[Estos comentarios LARGOS hay que aprovecharlos y llevarlos al blog personal, compartirlos como reflexión autónoma, ¿no?]
Como padre, pienso: lo importante de ciertas asignaturas, en edades tempranas al menos, no es academizar su disciplina. Está claro de Hª del arte o de la literatura con una orientación bachillerato y más con destino a pruebas de acceso a universidad, tienen una función definida, pero ahí hablamos de un grado de estudios determinados, casi "elevados" y pragmáticos. A un niño de 13, 15 años, lo importante es inculcarle la pasión. De nada sirve obligar unos recorridos literarios cerrados a un niño y hacerle saberse cada título de cada capítulo de La Celestina (ejemplo de títulos breves donde los haya, por cierto) si dentro de tres años, pasado lo "obligado", no va a leer un libro más en la vida.
Por otro lado ¿Quién decide la "calidad" de un libro, una película, un artista? Os recuerdo que Zurbarán era tenido por mediocre, que fue "descubierto". Los clásicos existen, Shaqkespeare y Bernini son impepinables en los estudios de humanidades y según qué recorrido hagas en tus estudios, está claro que en determinado momento llegarás a ellos. Pero lo bonito, o mejor, lo importante, sería que un alumno de ciencias purísimas llegara a Homero gracias a haberse enganchado a los 14 al vicio de leer, aunque fuese gracias a la saga Crepúsculo.

Saga que no he leído y por tanto que no voy a criticar, aunque evidentemente es un tipo de literatura generacional que ha enganchado para "la causa" a cientos de miles de almas, así qué... ¿les dejamos leer Crepus, o se lo impedimos sobre la base de un "canon" de lo que es bueno o no, "Alto" o "Bajo" (fuck it)?¿Les metemos plan "por mis cojones" algo que no les habla de su mundo ni les interesa un rábano pero que "ES UN CLÁSICO QUE HAY QUE SABERSE"... y así no vuelven a leer un libro en su vida? Porque si se convierte en lector de verdad por su propia vía, incentivada desde el colegio pero respetando dicha voluntad, curiosidad, gusto generacional, pienso que finalmnete llegará a los clásicos. Y si no llega pero devora cien libros al mes, ni falta que hará que conozca la obra de Dante (aunque sería fantástico para ella/él conocerla, claro).
Por otro lado la pedantería global impide un acceso en la enseñanza obligatoria al campo vastísimo de la cultura narrativa más allá de esos "benditos clásicos": el cine, el teatro (digo teatro interpretado, no leído), la música del siglo XX (de Tin Pan Alley a los Strokes, del minimalismo al tecno) o el cómic, son todos campos culturales excitantes que pueden consolidar a un futurible adulto culturalmente activo con mucha más eficacia que una lectura obligada de Fuenteovejuna.

25 julio 2016

MOZART IN THE JUNGLE

A veces necesitamos cosas como Mozart in the jungle. Ficciones fast food, pero que no equivalgan a comida basura, que aporten la dosis proteínica necesaria al cerebro, o al alma, si somos gente de Fe.
No todo en la vida es ver absortamente The Wire VO sin siubtítulos. Y Mozart in the jungle no es más que una comedia sencilla de capítulos breves y adictivos con trama amorosa de fondo. Toma cositas de Girls, por ejemplo, pero sin vitriolo. Y de Woody Allen pero sin densidad, y crea personajes más o menos tópicos.
Pero donde escapa al tópico es en su entorno y en la recreación más o menos verista de dicho entorno: basada en el libro autobigráfico Mozart in the Jungle: Sex, Drugs, and Classical Music, escrito en 2005 por la oboísta Blair Tindall sobre su carrera profesional en Nueva York, retrata la vida cotidiana de la Orquesta Filarmónica de Nueva York a través de una sosias de la músico/escritora. Un entorno atractivo que es desgranado sin demasiada misericordia en la teleserie.
La historia arranca cuando una joven oboista consigue (más o menos) penetrar en las estructuras de la citada y prestigiosa Sinfónica, en el preciso momento en que en esta se produce el relevo entre un director de orquesta consagrado y un nuevo y volcánico talento, Rodrigo, trasunto poco disimulado del gran director Gustavo Dudamel. Y a partir de aquí, enredos sentimentales bien hilvanados (que nadie se confunda, he hablado de ligereza e incluso de obviedad, pero no de memez: esto no es una sitcom de los noventa) en el marco de un protagonista atractivo como es el genio singular de Rodrigo o el entorno de estudiante precario de Haley, la oboista. Y por supuesto, en medio de las tensiones y miseria (y también las glorias) de algo tan grande y plagado de "artistas" como es una sinfónica. Problemas salariales, huelgas generales, pluriempleo de los músicos, egos, amor por la música... un retrato por tanto nada obvio de un entorno laboral escasamente tratado en las ficciones catódicas, y menos con esta intención quirúrgica y afecta a las entrañas y las vísceras del objeto a retratar.
Los actores lo bordan, los personajes caen muy conscientemente en los tópicos -cf. Rodrigo, y sus charlas con...¡Mozart!- y esto es así porque la serie nunca pierde pie, y sabe que se mueve siempre en el género de la comedia. Como ya he dicho, sentimental. Todos queremos que esos dos acaben liados, ¿lo harán?
Y si te gusta la música "culta" (¡arg!) no puedes dejar pasar los cameos de gente como Lang Lang o el mencionado Dudamel, entre otros, que algo de aval a la veracidad de lo narrado vienen a otorgar, pienso.
La serie consta de dos temporadas y ha renovado para una tercera.

22 julio 2016

Los consejos musicales del Octavio Pasajero 01

Si tienes un día fofito, amoroso hacia alguien, puedes dedicarle por redes sociales este precioso vídeo de Villagers, "Everything I Am Is Yours". Una canción tan bonita y con un título tan bonito también, como duro y hermoso y agrio es su videoclip. El amor es entregarse, amigos.

16 julio 2016

SWANS - THE GLOWING MAN


La cuestión no es ser o no ser "duro". Cuando sobrepasamos la frontera de sonido que proponen Swans la pregunta es si la música puede ser trascendente o no. Y si al éxtasis se puede llegar a través de sonido y dolor.
La cuestión es el arte entendido como pasión. Y redención.
Swans acaban de sacar su nuevo disco, The Glowing man. Nuevamente como sus dos predecesores, disco doble, y dos horas de catarsis sonora feroz, también lírica. Habrá quien no lo entienda, quien no quiera entrar en esas espirales como hachazos sanguinolentos en un aquelarre donde el Carnero del Sacrificio es la propia música. Habrá quien no entienda el trance en directo de Michael Gira, sumo sacerdote de los Cisnes. Habrá quien piense que estos 28 minutos no es que sean más o menos "cañeros", si no que son inaguantables e imposibles de disfrutar como música. 



Pero cuando traspasamos la frontera de lo técnico y nos adentramos en lo trascendente, volviendo al inicio de este post, advertimos la cegadora verdad: con su música Swans va más allá del mero hecho de componer o tocar o interpretar. Swans comulgan a través de su música, tragan la Sagrada Forma, bendecida por una pulsión que es también sacra o mágica, porque evoca no a los arpegios técnicos de superdotados músicos, si no a las danzas místicas que acompañan al hombre desde que es hombre. Música como catarsis (merece la pena fijarse en la actitud de un público que, puedes creerlo, está siendo azotado por un volumen inhumano). Y catarsis como mística, transporte y elevación. Música como comunión, con algo interno (la vibración feroz en cada órgano de tu cuerpo: la comunión con nuestra propia carne) o externo (el trance para llegar a donde cada cual decida que llega más allá de su ser material).

The glowing man es, en declaraciones de Gira, el último disco de Swans en esta formación. Vendrán más Swans, ha dicho, pero con una nueva banda, y no será lo mismo. Es un acto de ética que vuelve al mismo punto, a la música como experiencia trascendente. Y para ser trascendente hay que ser sincero. Swans no son una empresa (la "empresa" es el sello Youn Gods, de Michael Gira, desde donde editan insobornablemente, sin arrodillarse ante popes y negociantes), son un proyecto que ha resucitado (en 2010 y tras catorce años en el limbo) para cristalizar ese mensaje alrededor del sentido último de la música. En cuatro discos sin piedad lo han hecho, han completado su discruso, su evangelio sonoro, y por eso cierran con este The glowing man y una gira venidera.
Fin de una época y de un proyecto/tetralogía únicos en la historia del rock.
Vendrán más Swans, pero ya sabemos que este cisne ha ardido en su propio fuego.
Aleluya.