30 marzo 2017

NARCOS

Este artículo puede contener spoilers como el destino del protagonista (aquí es donde os reís a carcajadas, ahora).

Narcos es posiblemente la serie que, con Stranger Things, más ha quitado el sueño a los capos de HBO. Más en el caso del boipic sobre Pablo Escobar, el narcotraficante, ya que por alma y hasta por temática parece un producto propio de la casa de The Wire. Pero es de Netfix. Bueno, que se maten entre ellos, nosotros a ver tele.
Y tele buena, porque Narcos es sin duda una buena serie. Engancha desde el minuto uno por las solapas y te empuja hasta su último capítulo, de los veinte que componen sus dos temporadas.
Lo primero que aprecio de esta docu-serie es que no renuncia a la más indisimulada ficción. Los hechos, muchos al menos, son fieles a los sucesos históricos. Pero ya sabemos que la historia es eso que luego interpretamos, en ocasiones dando resultados hasta opuestos en las conclusiones d elo sanalistas. Por eso la mirada clarísimamente scorsessiana, con la mitificación del delito sin sordina (brutalidades, vas a ver unas cuantas en Narcos, en la vida de Escobar), solo puede ser el mejor de los puntos de partida. "Basado en hechos reales", sí, aunque ya se avisa al inicio de cada capítulo que... bueno, hasta cierto punto. Y podemos tirar del hilo epistemológico y divagar sobre la naturaleza contradictoria del término "cinema verité", pero joder, lo bien que lo pasas viendo cada capítulo no da para sacar las pipas y llamar a Garci si no para disfrutar el ritmo de la ficción, el tema de apertura (de Rodrigo Amarante), el hábil recurso del narrador, la interpretación del brasileño Wagner Moura.
Da para sentir que el ritmo no decae, que la era de "gloria" de Escobar es tan loca y alucinante que parece una mentira inventada, y que la caída es siempre humanamente un viaje terrible, también para el mayor criminal. Se ha reprochado la empatía, la humanización del narcotraficante más sanguinario de todos los tiempos, pero al final las ficciones solo pueden superar los maniqueismos mediante la dosificación de sentimientos complejos. ¿O queríais ver veinte capítulos de la vida de Cráneo Rojo? No, ¿verdad? Entonces nos comemos a ese Pablo Escobar genial, cruel, megalómano, amante de su familia, putero infiel, honorable, traidor, asesino, carnicero bomba va bomba viene, que canta en la ducha y que es un pertinaz porrero (basado esto sí en hechos, no paraba, según he leído, de colocarse... aunque no tocaba su piedra filosofal, la cocaina)
Quizá me queda la pena de no haber visto la serie en versión original total. Siendo la mitad en castellano de Colombia, la irrupción del doblaje es una marcianada colosal, que hasta obstaculiza alguna escena. Escenas, por cierto, hay unas cuantas que ya son antológicas. Citaré sin desubrir nada mis dos o tres favoritas: la de "el arbolito" en el 2º capítulo; la culminante con el padre de Escobar; y sobre todo la del pequeño accidente de tráfico del policía de la DEA Steve Murphy con un ciudadano medellinense y su resolución.
¿El pero? No sé cómo van a dar continuación a una serie cuya razón de ser a no existe.

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